Ir al desierto puede significar: ir al momento de la interiorización, ir al lugar de la oración, ir al lugar del encuentro con Dios, ir al lugar del sacrificio. Toda esta riqueza subyace en dicha expresión. Jesús va a todo ello. La Iglesia nos invita a ir también, como discípulos de Jesucristo, al desierto en el hoy de nuestra vida.
El dato de Marcos se transforma así, desde una visión espiritual, no sólo en simple dato estadístico, sino ante todo, en muestra de profunda espiritualidad. El texto dice: “El Espíritu llevó a Jesús al desierto” (San Marcos 1,12); de entrada nos damos cuenta que Jesús es movido por el Espíritu, Jesús colabora con dicha moción. Como persona ha sido llevado, impulsado por el Espíritu, y con ello, se indica que la motivación primera viene de Dios Padre. Por eso, el ser humano debe tener disponibilidad para dejarse mover y querer ser movido, para no convertirse en simple “llevado” sino en sujeto activo de ese empuje, en cuanto que quiere ser “llevado” por la gracia.
Jesús aparece, antes de ser “movido” por el Espíritu al desierto, como aquél que posee características tales como la humildad y la disponibilidad al plan del Padre (Cfr. San Marcos 1,9-11). Dios mueve al que se deja mover, lleva al que se deja llevar. Sin embargo, este “dejarse llevar” implica siempre humildad y disponibilidad, virtudes presentes en Nuestro Señor. Por lo mismo, no es solo un dejarse llevar y mover con afán de curiosidad o con actitud soberbia, buscando como retar a Dios a que muestre su acción con la vil amenaza incluso de no obedecerle en nada si no cumple todo lo prometido y en los tiempos que nosotros queremos que se cumpla eso prometido. No, el asunto no es así, este dejarse llevar conlleva la fe, la confianza en saber esperar los tiempos adecuados y el modo en cómo se nos ira mostrando el amor del Padre.
Este dejarse llevar por El Espíritu implica también la cuestión de saber dejarnos llevar por la Verdad, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, aún cuando hay algunos que no lo reconozcan como tal (Cfr. San Juan 14,16-17). El problema no radica en dejarse llevar, el ser humano continuamente se está dejando llevar por una diversidad de cosas: se deja llevar por sus ideas egoístas, se deja llevar por su pretensión de grandeza, se deja llevar por lo que los demás dicen o hacen, se deja llevar por el ritmo que otros le imponen. En fin, se deja llevar por una cantidad considerable de cosas; el punto en donde está el problema no es, por tanto, en el dejarnos llevar, sino el por qué o por quién nos dejamos llevar, aunque a más de alguno esto le suene a esclavitud y contrario a la libertad, hay que decir tajantemente que no lo es. Dejarse llevar por el Espíritu es dejarse llevar no por un simple subjetivismo, como algunos quieren hacer ver que es la naturaleza religiosa del ser humano, es común escuchar hoy frases como esta: “tú crees que así es, está bien; pero yo no creo que sea así, y también está bien, cada quien que crea como piense que es lo mejor y nos evitamos de problemas”. Pero esto es lo contradictorio, porque en la “tiranía de lo relativo”, no solo no se logran evitar los problemas de intolerancia e irrespeto, pues ellos están allí, sino que se aumentan aún más, en cuanto que cada quien ve como quiere las cosas y esto al final termina afectando la opinión del otro, porque lo que comienza como una simple postura que busca ser diferente, al final se transforma en postura que exige ser “aceptada” y “respetada”, aún cuando eso afecte a los demás. Dejarse llevar por el Espíritu es dejarse llevar por otro nivel de valores, por aquellos que no están anclados en la simple materialidad de la vida, aún cuando la fuerza de este Espíritu está presente en ella; los impulsos del Espíritu vienen de otro nivel, de un nivel que se atisba incluso en el ser humano, al contemplar su anhelo de lo eterno y estable. El nivel del Espíritu es el nivel de lo divino que enaltece y da consistencia a lo humano. Es el nivel de la verdad que no sólo transforma, también salva; no sólo dignifica, también da plenitud; no sólo revela sentido, también nos hace vivir en él.








