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Primer Domingo de Adviento

El Padre no nos deja.

El texto de Isaías 63,16-17.19 forma parte de una oración para implorar a Dios su ayuda. Si bien la revelación de Dios como Padre la dará a conocer en plenitud Nuestro Señor Jesucristo, eso no quiere decir que en el Antiguo Testamento no encontremos  referencia alguna sobre la paternidad divina. El texto de Isaías nos invita a tener en cuenta la hermosa actitud de Dios para con el ser humano, él es también Padre de todos. En este primer domingo de Adviento la primera frase que escuchamos de la Sagrada Escritura, por la cual Dios nos sigue hablando hoy, es la exlclamación del profeta: "¡Tú eres nuestro Padre!". Sí, Dios es nuestro Padre, por eso nos envía a su Hijo, por eso el ser humano puede tener esperanza, por eso las adversidades tienen sentido, por eso toda circunstancia que pasa a nuestro al rededor,  por negativa que sea, no tiene la última palabra. Claro, aunque también conviene que tengamos en cuenta que no es padre en el modo en que deseamos a veces los humanos: aquél que soluciona siempre todo, que no deja que aprendamos por medio de la pedagogía del sufrimiento, sino que enseña por la vía fácil, que termina dejando que vivamos y hagamos lo que nosotros queramos y no lo que Él quiere. Dios es el Padre, no un padre más. Su paternidad hace referencia a la paternidad humana, pero la trasciende, ya que la suya es paternidad divina. 

La exclamación "tú eres nuestro Padre, aunque Abraham no nos reconozca, ni Israel se acuerde de nosotros, tú Señor, eres nuestro Padre" (Isaías 63,16), expresa hermosamente, desde lo más íntimo del ser de Isaías, que Dios es nuestro Dios aún cuando aquél que pensamos que no nos fallará nos puede fallar, de ahí que se hable de Abraham como ejemplo; sin duda, Abraham no lo haría, es decir, nos reconocería por su sentido de fe profunda, pero el profeta lo dice para dejar claro que la paternidad de Dios es verdadera e infinitamente fiel con el ser humano. Aun cuando todo el pueblo de Israel, es decir, aun cuando social o incluso eclesialmente las cosas puedan ir cabeza abajo, Dios siempre vuelve por sus hijos. Actualizando la Palabra podemos decir: ¡Tú eres nuestro Padre, aunque muchos hombres y mujeres no te reconozcan como tal!; ¡tú eres nuestro Padre, aunque sigamos viviendo, por voluntad propia, huérfanos de tu amor y misericordia!; ¡tú eres nuestro Padre, aún cuando muchos sienten que la vida es sin sentido!, ¡cuando muchos piensan que eres fruto de la imaginanción!; ¡tú eres nuestro Padre, aunque para muchos tus mandamientos son sólo estorbo!, ¡tú eres nuestro Padre, aunque con facilidad huimos de tu amor y queremos erigir nuestras vidas en la arena de nuestra voluntad e inteligencia y no en la Roca de tu Eternidad y de tu presencia humilde en medio de nosotros!.¡Tú eres nuestro Padre, aunque nosotros no te reconozcamos como tal, ni nos reconozcamos como un ser-hijo!. Tú siempre lo serás, lo has sido y lo eres. El vivir como hijos es lo único que nos pides, pues al vivir como tales te reconocemos; al reconocerte, te amamamos; al amarte, te servimos; al servirte, te anunciamos, al anunciarte, te haces presente. 

Velar es actuar 

"Manténgase despiertos y vigilantes" (San Marcos 13, 33). El cristiano debe saber que su esperanza no le hace estar tan tranquilo que hasta se duerme; sino que estando seguro de que al final las luchas y esfuerzos no quedarán en el vacío, eso mismo le impulsa a siempre estar alerta para ejercer el bien, a siempre estar despierto para estar atento a las mociones de Dios, a siempre estar despierto ante los signos de los tiempos y ante un mundo que es adormecido por lo rápido, fácil, relativo, por las idolatrías del placer, del poder, de la injusticia y de la muerte.

Estar vigilantes y despiertos es estar actuando nuestro ser  de hijos de Dios. Por eso el pueblo de Israel pasó esperando al Mesías, por eso también el gran Pueblo de la Humanidad de hoy espera algo mejor, algo nuevo. Aunque si bien algunos no creen que pueda venir de Dios, la verdad es que cuando el hombre se abondana a sus fuerzas, queda abandonado realmente, pues solo Dios puede con la historia maltrecha del ser humano. El ser humano la sigue, cuando lo intenta solo, complicando más.

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