21 nov. 2016

Los detalles de Dios


«Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos». (Lucas 12, 7) 

En el año 2005 el papa Benedicto XVI recordaba: «Dios nos ama no porque seamos nosotros buenos, sino porque él es bueno. Nos ama, aunque no tengamos nada que ofrecerle» (Audiencia General, 15-11-2005). La expresión Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados quiere remarcar que Dios se interesa incluso de nuestras pequeñeces. Como bien sabemos, los cabellos de la cabeza, si bien cumplen una función, no son algo de orden vital: podemos vivir sin ellos. Pues bien, hasta esos cabellos Dios ha tenido la delicadeza de contarlos. La pregunta es: ¿Por qué? La respuesta: por amor. El amor se interesa de los detalles. 

Ahora bien, este Dios que siempre está pendiente de nosotros, no lo está en ocasiones en las maneras humanas que nosotros esperamos que lo esté. Pues su interés no radica sola y exclusivamente en guardarnos detalles físicos o materiales, sino que, ante todo, en procurarnos aquellos detalles más profundos e interiores para el bien de nuestra vida. De allí que, si bien en ocasiones no permite que perdamos un cabello de la cabeza, sí permite que perdamos algo mucho más importante que un cabello. Sin embargo, en esto se esconde siempre su voluntad que busca darnos lo mejor para nuestra vida, aun cuando eso implique en ocasiones “quitarnos” bienes lícitos y nobles. 

En este sentido, aun cuando en ocasiones nos toque afrontar caminos oscuros y tortuosos; senderos llenos de escabrosidades, no por ello hemos de perder la esperanza y el sentido de nuestras vidas. De allí la recomendación evangélica: No temáis; valéis más que muchos pajarillos. Esto es, aun cuando pasa lo que pasa o no pasa lo que debería de pasar, no debemos temer. No debemos sucumbir ante la angustia y desesperación. ¡Dios no mide el valor de una vida humana en cuanto vida humana, sino en cuánto amor ha colocado para que sea vida humana! De allí que no hay vida humana olvidada, no existe ninguna vida humana inútil. Aunque eso parezca en ocasiones, sobre todo cuando afloran situaciones trágicas, situaciones límites (enfermedades, muertes, etc.), rechazos, marginaciones. Porque la última palabra no la tiene nunca el mal.

16 nov. 2016

Situaciones problemáticas


¡Quién en la vida no ha experimentado problemas! Desde nuestra primera infancia experimentamos problemas. Cuando éramos niños experimentábamos el sufrimiento por causas de diversa índole: por la pérdida de nuestro juguete favorito, porque alguien nos dijo o hizo algo que nos dañó, por la ausencia física de un ser querido, etc. Si bien es cierto que algunas de estas experiencias pueden ser demasiado infantiles, lo cierto aquí es que desde niños hemos experimentado situaciones problemáticas. Ante ellas cabían dos opciones: o bien afrontábamos, sobrellevábamos y hasta superábamos aquella situación, y con ello, terminábamos alcanzado cierto grado de madurez; o bien buscábamos escondernos, nos encerrábamos en nosotros mismos y nos hundíamos, y con ello, dábamos cabida en nosotros a un trauma más.

Y esto es algo que vivimos en diversa y mayor escala durante toda nuestra vida. A medida crecemos, seguimos experimentando situaciones que pueden quitarnos la paz, la tranquilidad, la serenidad. Conscientes o inconscientemente los problemas nos dañan y acongojan. En definitiva, nos quitan la presencia actuante de Dios, pues Dios no actúa en un alma acongojada. Pero como ya se dijo, ante los problemas solo caben dos opciones, dejar que nos hundan o debiliten; o hacer de ellos unas catapultas para crecer y fortalecernos.

La Sagrada Escritura nos invita a tomar la segunda opción. El apóstol Pablo después de experimentar sendos problemas y sufrimientos exclama: «la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2 Corintios 4,17). Es decir, el problema, por grave que parezca, no es lo más grande junto a nosotros. El problema no es para hundirnos sino para producir un caudal de gloria. Por otra parte, la carta de Santiago recuerda: «Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento». (Santiago 1, 2-3). De nuevo, la prueba es presentada no como fuente de desgracia sino de perfeccionamiento de la fe. También, ante un estado presente de tribulación o de problemas, la Carta a los Hebreos aconseja: «No pierdan ahora su confianza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitan paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hebreos 10, 35-36).

Y las citas pueden ser más. Y muchas veces no es que no lo sepamos, el problema es que solo lo sabemos. Nos solemos olvidar con facilidad que creer en Dios no consiste en conocer un cúmulo de verdades o dogmas, sino pensar, experimentar y proyectar la propia vida desde esas verdades. Necesitamos creer como hijos y discípulos, y no como meros alumnos. Solo así tendremos una fe que impregne pensamientos, sentimientos, actitudes y acciones.

La escritora holandesa Corrie ten Boom, que estuvo recluida y sufriendo en un campo de concentración nazi, llegó a decir: «Si miras al mundo, te afligirás. Si miras tu interior, te deprimirás. Pero si miras a Cristo, ¡reposarás!». ¡Reposar!, para saber vivir la tribulación. ¡Reposar!, para saber afrontar con Cristo. Reposar, que no significa de ninguna manera no hacer nada y dejarse aplastar, sino tomar conciencia de que todo es posible teniendo la mirada fija en él que fortalece nuestras debilidades: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4,13). Solo así podremos luchar con entereza y serenidad; solo así no nos hundiremos. Solo así podremos, incluso, hacer realidad el consejo paulino: «den gracias a Dios en toda situación, porque esta es la voluntad para ustedes en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5,18)

12 nov. 2016

17 oct. 2016

Cuestión de búsqueda


«busquen y encontrarán» (Lucas 11, 9) 

El buscar es parte de nuestra existencia humana. Estamos, en cierto modo, continuamente buscando muchas cosas, situaciones, personas. Buscamos la verdad, buscamos el bien. El ser humano, y más aún el cristiano, es un ser-buscador. Ahora bien, la búsqueda de la que se nos habla en el evangelio de San Lucas, no es búsqueda sin sentido o movida por la mera curiosidad, pues tiene que ver con ese anhelo que Dios ha colocado en lo más íntimo del ser humano: el anhelo del encuentro del alma con su Creador. Tampoco es una búsqueda fallida, pues la promesa de Dios es que el que busca encuentra. Es decir, si el ser humano busca sinceramente a Dios, lo terminará encontrando. Esto es lo que en buena medida afirma el apóstol San Pablo cuando dice que Dios «creó, de un sólo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros» (Hechos 17, 26-27). 

Sin embargo, esta búsqueda no le resulta fácil al ser humano; por esto mismo, hemos de buscar con ahínco, con perseverancia y buen ánimo. Sin caer en la tentación de querer encontrar a Dios rápidamente; de encontrarlo según nuestros presupuestos humanos, pues Dios se hace el encontradizo a quien lo busca con humildad, paciencia, perseverancia y esperanza. 

Es clave buscarle cada día en la propia vida, en la vida de nuestros semejantes. Y, sobre todo, buscarlo en nuestro interior, pues solo así llegaremos a darnos cuenta que él es quien primero nos busca y está cerca de nosotros, aguardando que le busquemos y encontremos. Es lo que logra experimentar San Agustín, cuando exclama conmovido: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo» (Las Confesiones, X, 27, 38). 

Esta búsqueda interior de Dios también es remarcada por el mismo San Juan de la Cruz, cuando comentando una de las estrofas de su Cántico Espiritual anota: «grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que está en gracia. ¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca el alma?» (Cántico Espiritual, Canción 1, Declaración, 8) Busquémosle, pues, sin desmayo, sin desánimo, porque él mismo nos ha dicho: busquen y encontrarán.