24 mar. 2018

27 ene. 2017

Santo Tomás de Aquino: cultivador de la sabiduría



Probablemente sea muy conocida la siguiente expresión bíblica: “Dice el Necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14,1). La palabra necedad derivada del latín nescire, señala una negación: no conocer, no saber. En este sentido, la necedad implica falta de sabiduría, y la falta de sabiduría es, a su vez, falta de verdad. Según esto, el necio no solo es quien niega a Dios, sino también quien opta por una vida sin Dios (es decir sin la Suma Verdad). No tanto porque Dios sea inexistente, sino porque no se le deja existir en la propia vida. De allí que la ausencia de una auténtica sabiduría, es la ausencia de Dios; y la ausencia de Dios, es en último término, la ausencia del ser humano que realmente somos y que estamos llamados a ser.

Teniendo presente esto se entiende mejor porqué Santo Tomás de Aquino daba una especial importancia al cultivo de la sabiduría y afirmaba en el libro primero, capítulo dos de su obra Summa Contra Gentiles que entre todos los estudios “el de la sabiduría es el más perfecto, sublime, útil y alegre”. El santo explica diciendo que es el más perfecto “porque en cuanto el hombre se entrega al estudio de la sabiduría de algún modo participa ya de la bienaventuranza”, según lo dicho por el libro del Eclesiástico: “Dichoso el hombre que medita en la sabiduría” (Ec 14,22) . Es el más sublime “porque el mismo estudio aproxima al hombre a la semejanza con Dios” Y añade: “ya que la semejanza es causa de amor, la sabiduría une al hombre con Dios principalmente por la amistad” . Es el más útil “porque la sabiduría nos conduce al reino de la inmortalidad” según lo dicho por el libro de la Sabiduría: “el deseo de la sabiduría nos conducirá al reino perpetuo” (Sab 6, 21) . Por último, el Aquinate afirma que el estudio de la sabiduría es el más alegre “porque no es amargo su trato ni tediosa su convivencia, sino alegre y feliz”, según lo dicho en Sabiduría 8, 16 . (Cfr. Summa Contra Gentiles, I, 2, 1-4)

Santo Tomás, pues, es un fiel defensor y amigo de la sabiduría. De allí que este anhelo de sabiduría le haya llevado a interesarse por temas de orden filosófico y teológico, incluso científico (según la acepción moderna de la ciencia). Baste en este último caso mencionar cómo siendo un hombre del siglo XIII y con las herramientas científicas de aquel tiempo, logra advertir algo, que para nosotros es tan normal aceptar en la actualidad, pero no lo era tanto en su época, nos referimos a la redondez de la tierra (Summa Thelogiae, I, q.1, a.1). Y es que Santo Tomás fue un hombre de su época pero que se adelantó a su época, por el cultivo y amor a la sabiduría. Sabiduría que no ha de entenderse como cultivo de un intelectualismo solipsista, sino como encuentro y vida con Dios, con el ser humano y con el mundo.

Desde esta perspectiva Santo Tomás sigue siendo actual. Porque el deseo de saber es algo connatural al ser humano; porque la profundidad de su cultivo de la sabiduría le hace ser un autor siempre presente; y porque la sabiduría no la entendió desde su aspecto meramente intelectual sino integral, es decir, sabiduría que impregnaba toda su vida.

18 ene. 2017

Esfuércense


«Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán». (Lucas 13, 24) 

La salvación es un don. El don de Dios tiene que ver con la felicidad, pero no siempre con la facilidad. Esto incluso es así con los dones más grandes de la vida humana. Los hijos, por ejemplo, son un don maravilloso para los padres, pero eso no quita la inmensa cantidad de situaciones que en ocasiones se han de sortear para realmente valorarlos y vivirlos como lo que son: un don divino. Pues son un don, y por serlo, son también una tarea. La vida misma es un don, nadie ha comprado su propia vida. Sin embargo, cada uno es testigo que el don de la propia vida implica no pocos esfuerzos para desarrollarla como tal, y a muchos incluso, les cuesta una serie de grandes sacrificios el solo hecho de conservarla.

El esfuerzo del que habla Jesucristo tiene que ver con ese espíritu de fortaleza que no cede ante la adversidad; que no deja de perseverar ante la tribulación; que no se rinde nunca ante la caída; que no cae en la desesperación ante el error. Es un esfuerzo que nos adentra en la dinámica de lo más noble, permanente y verdadero. Nos saca de ese acomodamiento interior que no nos deja avanzar y lograr otros objetivos mayores. Que estuvo presente en los grandes personajes de la Historia de la Salvación: en la salida de Abraham hacia la tierra de Canaán cuando dejó la comodidad de su patria, familia, hábitat conocido; en la liberación de Israel que lideró Moisés para sobreponerse a la adversidad del faraón, al acostumbramiento del pueblo a su situación de esclavitud. Esfuerzo es lo que hubo también en la vida de los profetas, para no sucumbir ante las tentaciones de lo fácil y de lo políticamente correcto de su tiempo, y lograr así ser esa luz que iluminaba, ese brazo que daba ánimo, esa voz que hacía presente la cercanía de Dios. Esfuerzo hubo en los apóstoles para llevar la buena nueva ante un mundo totalmente paganizado. Y la lista puede seguir. El esfuerzo, pues, es lo que capacita al ser humano a dar el salto de calidad, a elevar de nivel su vida.

Es cierto que la salvación es un don, pero también es cierto que ese don no se puede recibir si no hay ese esfuerzo por estar capacitado para recibirlo. Vendría bien, por tanto, preguntarnos cuánto esfuerzo es el que ponemos en cada cosa que hacemos, en cada situación que vivimos, en cada lucha que tenemos. Recordando que «el Reino de los Cielos sufre violencia, y los esforzados lo arrebatan» (Mateo 11, 12).

9 dic. 2016