9 may. 2010

CRISTO Y EL ESPÍRITU


1. Dejarse Guiar por el Espíritu.

"El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido" (Hechos 15, 28). Es la expresión de los Apóstoles que encontramos en la primera lectura de hoy y que nos inquiere: ¿y nosotros cómo decidimos nuestras acciones y planes?, ¿solos o con la presencia del Espíritu Santo?, ¿solos o con la presencia del Resucitado?. Es muy importante ver cómo en la primitiva comunidad cristiana habían diversas opiniones pero eso no era causa de división sino de riqueza, al final los Apóstoles dejan actuar al Espíritu Santo, para que les congregue y les ilumine y por ello con autoridad pueden decir " el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido". Sólo desde Dios, desde su Espíritu, podemos encontrar solución a los problemas, fuerza para las dificultades y unidad para las discrepancias. Pero no una solución a medias; ni una fuerza nacida en la debilidad humana, que a la larga sería como una apariencia de fuerza, pues siempre será debilidad; ni una unidad asentada en la voluntad humana, que sería muy fluctuante, sino en la Voluntad Divina, que es perenne y plena.

¡Cuán importante es tener la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas!, ella nos evita tantas situaciones degradantes o “desdignificantes”. Pero ojo, la expresión que encontramos en los Hechos de los Apóstoles no sólo se queda en el ámbito de la propia persona, o sea, en el individuo; va todavía más allá, pues se imbuye también en el ámbito de la comunidad, es decir, en la sociedad. ¡Cuántas leyes realizadas por hombres, para, supuestamente ayudar al desarrollo de los hombres!; ¿pero qué es lo que realmente pasa?: el hombre no se desarrolla, se desdesarrolla; o lo que es lo mismo, leyes que en lugar de ayudar a que el hombre y la mujer vayan creciendo en su dignidad, a partir de lo que ya son y poseen, lo que hacen más bien es minar, quitar lo que ellos ya son y poseen como personas, como imágenes y semejanzas de Dios (Cfr. Génesis 1, 26-27. 5,1-3), como hijos e hijas de Dios (Cfr. Efesios 1, 5). ¿A qué nos referimos con esto?, pues a que cuando el ser humano decide solo, esto es, cuando decide al margen de lo querido por Dios, entra entonces a formular conceptos vacíos y equivocados sobre el ser de sí mismo, a promulgar leyes inicuas, injustas y contrarias a la misma dignidad de la persona humana. Cuando el hombre decide aislado de Dios, sus decisiones engendran debilidad, sinsentido, embrutecimiento, injusticia, odio, rencor, etc. No porque del ser humano nazca todo lo malo, sino porque el ser humano, para ser ser-humano necesita del SER antes que de lo Humano. El ser humano tiene un fundamento y dicho fundamento es Dios, el Ser por antonomasia. Sin Él, el ser humano podrá ser humano, pero no en el correcto sentido, sino en el equivocado y esto traerá como efecto concluyente la destrucción a la propia humana.

El autor latino Plauto ha escrito: "Lupus est homo homini" (Lobo es el hombre para el hombre) (1) y esto desgraciadamente se actualiza siempre que el ser humano decide su vida sin la luz de la verdad que procede del Espíritu de Dios; si decide sólo, sin el Espíritu Santo. En este sentido están las leyes revestidas de mucha iniquidad como las del aborto, las que versan sobre una economía que devora los bienes de lo más desprotegidos, o la más reciente ley promulgada por el Estado de Arizona en los Estados Unidos, en donde se ve como delincuente al emigrante. Leyes, decisiones que en lugar de ir forjando la comunidad de la gran familia humana, van forjando en los seres humanos asesinato, irrespeto, injusticia y división. Por eso, la frase de los hechos de los Apóstoles es válida para hoy y urge el que la actualicemos en todos nuestros ambientes y situaciones.

2. Cristo en la Vida Terrena y en la Vida Eterna.

En la segunda lectura de hoy (Apocalipsis 21, 10-14. 22-23 ), se nos vuelve a hablar de la visión de Juan. Es la contemplación del Cielo Nuevo y Tierra Nueva de la que se nos hablaba el domingo pasado. Ahora Juan pone de manifiesto que el Cordero es la Luz de esta Tierra Nueva y Cielo Nuevo. En ellos ya no hay templo, pues el templo es el mismo Dios, el Cordero: “No vi ningún templo en la ciudad porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el Templo”. (Apocalipsis 21, 22 ). Esto significa que estaremos en Dios, ¡qué grande es la dignidad del ser humano!, no sólo somos creaturas de Dios, somos también su imagen; más aún, ¡somos sus hijos!, y por si esto fuera poco, estamos llamados no sólo a vivir por y para Dios sino a vivir en Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerda cuando dice: “ Vivir en el cielo es ‘estar con Cristo’ (cfr. Juan 14, 3; Filipenses 1, 23; 1 Tesalonicenses 4, 17). Los elegidos viven ‘en Él’, aún más tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad su propio nombre (Cfr. Apocalipsis 2, 17)” (2). Otro dato que San Juan nos trasmite es que los santos se ven iluminados por la luz del Cordero, o sea, Cristo (Cfr. Apocalipsis 21, 23; San Juan 8, 12). En Cristo el ser humano alcanza su plenitud: las tinieblas de la duda son destronadas por la seguridad de la Verdad de Cristo, las tinieblas del sin-sentido dejan espacio a la plenitud de Sentido en Cristo, las tinieblas de las falsas esperanzas son disipadas por la Luz de Aquél que es la Esperanza, las tinieblas de la muerte ceden su espacio a la Luz de la Vida, que es Cristo (San Juan 14, 6). Ahora bien, San Juan se está refiriendo a la Vida Eterna, pero eso no quita que ese Cordero que ilumina a todos los salvados con su amor, perdón y bondad, no pueda iluminar a nuestra historia. Es más, ilumina en la Vida Eterna a los santos, en cuanto que ha iluminado la historia humana que vivieron los que ahora, según el relato del Apocalipsis, son salvos.

El Cordero no solamente ilumina post mortem, no sólo nos iluminará, sino que nos ilumina hoy, nos ilumina in vita ad Vitam Aeternam (en la vida para la Vida Eterna). De ahí que desechar su Vida, su Palabra, sea desechar nuestro sentido más profundo y nuestro Fin último.


3. Dios: Espíritu que habita, enseña y pacifica

El texto del Evangelio de este domingo Sexto de Pascua pertenece a los discursos de despedida de Jesús que San Juan coloca en los capítulos 13-17 de su evangelio, inspirado en el género bíblico llamado "Testamento"(3). Se nos presentan de modo fundamental tres temas: la cuestión de la Presencia de Dios en el Creyente, El Espíritu y el Don de la Paz de Jesús (4).


Con respecto al primer tema la frase clave es: "El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada" (San Juan 14, 23). En ella se nos muestra que de parte de Cristo no hemos recibido sólo una sabiduría para "conocerla", sino ante todo para vivirla. La aceptación de la Palabra sin más no sirve de mucho; es más, nos atrevemos a decir que no sirve de nada, pues clave y necesario es el cumplirla, no basta el conocerla, aceptarla o incluso creerla, si todo ello no nos mueve a la práxis. Ya Santiago lo recordaba: "muéstrame tu fe sin obras y yo por mis obras te mostraré mi fe" (Santiago 2, 18). Para llevar a la práctica la Palabra de Dios, es necesario amar a la Palabra hecha carne (Cfr. San Juan 1, 14), "El que me ama, cumplirá mi palabra" ha dicho el Señor. La Palabra de Dios no es sólo Idea, es La Persona, de ahí que mi relación con ella no debe ser sólo una relación entre sabio y fuente de sabiduría, sino también relación de amor entre personas.

"Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto Yo les he dicho" (San Juan 14, 26) . Esta frase hace referencia al segundo punto tratado en el Evangelio: El Espíritu Santo. ¡Qué privilegio! Tener a Dios Espíritu Santo como maestro (“les enseñará”) y como apuntador (“les recordará”). Para tener al mismo Dios como maestro y apuntador, es necesaria, muy necesaria la oración. En la oración genuina el Espíritu Santo nos guía, nos enseña y nos recuerda todo lo que debemos saber. Y nos va mostrando la Voluntad de Dios. Así hacían los Apóstoles. Oraban. Por eso vemos en la Primera Lectura cómo se atreven a decir: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido ..." (Hechos 5, 1-29). Sólo la Iglesia que se deja guiar por el Espíritu Santo es la Iglesia de Cristo, sólo la persona que se deja aleccionar por el Espíritu es quien encuentra la paz verdadera.

De hecho, Cristo después de hablar del Espíritu habla de la paz (Cfr. San Juan 14, 27), una paz "no como la da el mundo" (San Juan 14, 27); esto es, no como la construyen los hombres en donde por lo general hay vencedores y vencidos, sino una paz en donde el "Vencido", Cristo Muerto en Cruz, se ha convertido en Vencedor por su amor; la muerte ha sido vencida y ahora Cristo vive resucitado para siempre. Por eso Cristo invita a no tener miedo, pues él ha luchado contra el daño más horrendo provocado por el pecado, la muerte, y ha resultado victorioso. Ya lo decía San Pablo:"porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." (Romanos 6, 23). De ahí que, Cristo no simplemente desea la paz, Él da la paz, y el dar la paz, es propio de Dios, sólo Él la pueda dar de modo estricto, pues Él es la Paz del hombre y para el hombre ( Christus, Pax hominis et pax homini).

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(1) Tito Marcio Plauto (254 a. C. - 184 a. C.), Asinaria, acto II, escena IV. El texto dice: "Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit", "Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro" (En Cuerpo de los Antiguos Poetas Latinos, tomo 33, Milán, 1753, p. 66). Dicha frase fue popularizada por Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, en su obra Leviatán, el cual dice que el egoísmo es básico en el comportamiento humano, aunque la sociedad intenta corregir tal comportamiento favoreciendo la convivencia. Como contrapunto a la frase de Plauto, Séneca escribió que "el hombre es algo sagrado para el hombre"."Homo, sacra res homini..." (Lucio Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, XCV, 33). Pero el Cristianismo fue más allá de lo que Séneca decía, pues para el cristiano, el ser humano no es "algo" sagrado, es "alguien" sagrado, pues él es imago Dei (Cfr. Génesis 1, 26-27. 5,1-3), ¡somos hijos de Dios! (Cfr. Gálatas 3, 26; Efesios 1, 4-5; Romanos 8, 14, 17, Juan 1, 12-13, etc.). En este sentido, el Ser Humano posee de algún modo la Divinidad, porque la Divinidad lo posee a él, pues la Divinidad está presente en él, haciendo del ser humano su morada (Cfr. San Juan 14 ,23; Cfr. San Agustín, Confesiones, 10, 27, 38). De ahí que el ser humano deba ser tratado con sumo respeto, pues al tratar bien al ser humano "tratamos bien " a Dios (Cfr. San Mateo 25, 40) y el no tratar bien al ser humano significa no "tratar bien a Dios" (Cfr. San Mateo 25, 45).Con ello se tiene en cuenta la alteridad que reclamaba Plauto y de hecho se va más allá, pues él autor latino dice que el hombre es lobo para el hombre en cuanto éste “desconoce al otro”, ninguna doctrina como el cristianismo estima con semejante medida al prójimo, al otro; si es que se le puede llamar medida, pues el tratar a los otros con la medida del amor a Dios, es tratarlos con amor sin medida, ya que el amor del hombre hacia Dios debe darse siempre; y con ello el “hombre lobo”, es decir, el hombre que se aprovecha del hombre se convierte en hombre para el hombre, en hombre que ama a su semejante, porque ama a Dios. También en la doctrina cristiana se evita el error de Hobbes, pues el ser humano hace pleno su “yo” cuando éste por amor es volcado al “tú”, el egoísmo no hace pleno a nadie, es parte de la vida del ser humano pero no básico en él, lo básico es el amor y amar es entregarse al otro, a partir del Eternamente Otro, que se ha hecho cercano, convirtiéndose en uno de nosotros.
(2) Catecismo de la Iglesia Católica, n.1025.
(3) Cfr. S. J. BÁEZ, Notas Exegéticas, 6º Domingo de Pascua, en Actualidad Litúrgica, n. 214, mayo-junio, México 2010, p.37.
(4) Cfr. Ibid, p.37.

3 comentarios:

  1. En los Cursillos de Cristiandad decimos: Jesús y yo: mayoría absoluta!
    Si no contamos con Jesús para tomar nuestras deciciones, caminos, planes, no estamos comportándonos como verdaderos hijos de Dios. El Espíritu debe estar presente en todo lo que hacemos, tanto dentro de nuestra vida personal como en nuestra vida pública. Un cristiano no puede tener dos partes: es un todo y ese todo, siempre debe estar en presencia de Dios. El Espíritu es el amor de Dios que se nos derrama para que nos ayude, precisamente.
    Un abrazo en Jesús y María.

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  2. Creo, espero y confío en el ESPÍRITU SANTO, Señor y dador de VIDAAA.
    ABRAZOS.

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  3. Gracias Marisela, me ha quitado más o menos mi comentario. Sin el Espíritu Santo no podemos hacer nada bueno, él nos nuestra con sus inspiraciones, las decisiones a tomar y sabretodo nos ayuda a orar.
    Con ternura.
    Sor.Cecilia

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