1 may. 2010

NOVEDAD


El evangelio de hoy (Juan 13, 31-33.34-35) es también muy breve, como el del domingo anterior. La escena narrada acontece en el cenáculo, donde Jesús, antes de su pasión, dice a sus apóstoles, “... todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por ese amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos.” Si existe un solo mandato Divino, ése es el del amor; un precepto que cobra enorme fuerza dado el momento en el que Jesús lo dice, sabiendo lo que le espera. Hay una palabra en esa exhortación de Jesús que llama la atención. Es eso de “un mandamiento nuevo.” Existe algo igual en la segunda lectura. En el Apocalipsis (21, 1-5), San Juan dice, “... vi un cielo nuevo y una tierra nueva y la primera tierra había desaparecido y el mar ya no existía...”

Poco más adelante, en esta misma lectura, se habla de “... la nueva Jerusalén, engalanada como novia...” Y cuenta Juan, “Oí una gran voz, que venía del cielo, que decía, ‘Esta es la morada de Dios con los hombres... ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó’.” A continuación, dice, “Entonces, el que estaba sentado en el trono dijo, ‘Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas’.”

Puestas juntas, las dos lecturas tienen en común la idea de una cosa nueva traída por Dios mismo a los hombres. Jesús coloca esta idea como un mandamiento nuevo, el amarse unos a otros como Él nos ama. Ese nuevo mandato es el que nos lleva a esa nueva tierra, a ese nuevo cielo, en los que Dios hace nuevas todas las cosas.


En la primera lectura (14, 21-27) se añade significado a lo anterior. Allí se cuenta que Pablo y Bernabé, en diversos lugares, donde “... animaban a los discípulos ... los exhortaban a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.” En cada lugar que visitaban, “...designaban presbíteros, y con oraciones y ayunos los encomendaban al Señor...” Pablo y Bernabé se entienden ahora como responsables de llevar al resto de los hombres ese nuevo mandato de Jesús, con la promesa de que ese nuevo mandato será el que los lleve a la nueva tierra, donde Dios hace nuevas todas las cosas; pero advirtiéndoles que para entrar a ese Reino será necesario pasar por muchas tribulaciones.

En gran medida así es como debemos entender a nuestra religión, como una buena noticia, la de tener en nuestro futuro la posibilidad de estar en esa Nueva Tierra y ese Nuevo Cielo, con cosas hechas de nuevo por Dios. Para llegar a eso nuevo, resulta natural que debamos seguir un nuevo camino: el de amarnos unos a otros como Él nos ama. Pero hay una advertencia, ese camino no es sencillo, está lleno , hemos dicho, de mortificaciones. Por eso en ese camino necesitamos guías, a esos presbíteros y a todos esos, como Pablo y Bernabé, que nos exhortan a tener fe.

Más aún, también otros nos necesitan como sus guías, pues si nos amamos unos a otros, entre todos nos ayudaremos a seguir en el camino a Dios. Todos somos guías de todos. Si alguno desfallece, es nuestro deber ayudarle recordando que somos portadores del nuevo mandamiento. Y si somos nosotros los que desfallecemos, agradeceremos que otros nos ayuden.

Y es que la única manera de llegar a ese Cielo Nuevo es el cumplir con ese nuevo mandato de amarnos unos a otros, animándonos y exhortándonos, ahora en este momento, pero también el resto de nuestros tiempos, no solamente cuando estemos dentro del templo. Como bien lo dicen las palabras del salmo de hoy, “Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey... Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad” (Salmo 144).

Recordemos también que en este domingo se nos remarca mucho la idea de "ahora". El Apocalipsis dice: "Entonces el que estaba sentado en el trono, dijo: "Ahora Yo voy a hacer nuevas todas las cosas" (Apocalipsis 21, 5) . Y en el evangelio se nos transmite que Jesús dijo: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en El" ( San Juan 13, 31). Y es que las cosas se hacen nuevas a traves del amor, del amor del Resucitado, que se hace presente "ahora", se hace presente en el "ahora" de nuestra vida, la renovación no es ni cosa del pasado ni del futuro, es también del "ahora" de nuestra historia y es posible si nos dejamos guíar por la gracia de Dios. Es así como "ahora" damos gloria a Dios, a través del amor.


3 comentarios:

  1. Mi querido hermano, le confieso algo que vengo rumiando últimamente y que no deja de asombrarme: el "hoy" de la Salvación, ese Dios que es y está siempre presente, el Yo Soy que también expresa el Yo Estoy... Quizás la conversión comience no tanto por lo que sucederá en tiempos finales, sino por el aquí y el ahora de la donación de la vida a los hermanos.
    Allí, como usted gtatamente lo expresa, glorificamos al Dios de la Vida a través del amor.
    A pesar de no comentar con la asiduidad que quisiera, usted mi hermano y amigo está siempre presente en el corazón y la oración de nuestra familia.
    Un abrazo en el Resucitado y en María Madre de Todos.
    Paz y Bien
    Ricardo

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  2. Veo que también ha cambiado el diseño de su blog. Me gusta mucho.
    Estoy de acuerdo con rgr: la conversión se hace cada segundo de nuestra vida, porque la Redención se está haciendo continuamente.
    ¡Saludos desde España!

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  3. Sin embargo yo creo que la conversión es cuestión de un fogonazo de gracia, de un instante. Luego ya nuestra labor debe ser mantener el rescoldo encendido, amando y obrando, NO DEJAR QUE SE APAGUE aquella luz inicial. ABRAZOS.

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