17 jul. 2010

Amabilidad, o el Amor Atento


En la primera Lectura de hoy encontramos un bello relato de la amabilidad o de la hospitalidad. “Un día, el Señor se le apareció a Abraham en el encinar de Mambré". Nos dice el texto de la primera lectura. Y continúa: "Abraham estaba sentado en la entrada de su tienda, a la hora del calor más fuerte. Levantando la vista, vio de pronto a tres hombres que estaban de pie ante él. Al verlos, se dirigió a ellos rápidamente desde la puerta de la tienda, y postrado en tierra, dijo: "Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte. Haré que traigan un poco de agua para que se laven los pies y descansen a la sombra de estos árboles; traeré pan para que recobren las fuerzas y después continuarán su camino, pues sin duda para eso han pasado junto a su siervo". Ellos le contestaron: "Está bien. Haz lo que dices". ( Génesis 18, 1-5).

Como podemos notar, Abraham se muestra muy atento y servicial con el Señor. Pero aquí lo novedoso es de dónde nace ésta amabilidad y el modo en que se hace operativa. Podríamos decir que la amabilidad presentada hoy por el texto del Génesis no es una amabilidad nacida meramente de actitudes humanas, tampoco el Libro Sagrado nos habla de un simple valor social sin más; más bien, se nos quiere dejar plasmado que toda acción del creyente redunda en el hacer el bien por amor, “viendo” en los demás a Dios mismo. Así, ésta amabilidad-hospitalidad nace en Abraham a partir de su profunda fe en Dios y se realiza a través de la caridad. No nos olvidemos que Abraham es el Padre de la Fe (Cfr. Hebreos 4, 13-25), ésta fe es la que le capacita poder pensar primero en los tres personajes, que representan a Dios mismo, antes que en sí mismo. Recordemos cómo dice la Escritura: Abraham estaba sentado en la entrada de su tienda, a la hora del calor más fuerte. Había, pues, un ambiente climatológico incómodo; la mucha calor, sobre todo en el desierto, es bastante asfixiante. Abraham muy bien pudo haberle dado más importancia a su calor pero piensa en la incomodidad mayor que pueden estar pasando sus visitantes (o Visitante). Pues ellos vienen de camino, probablemente su calor es mayor y, por ende, su necesidad de hidratación y alimentación es también mayor. Abraham logra ver a Dios en aquellos misteriosos personajes por medio de su fe. Él es caritativo con aquellos Tres personajes, y su caridad es rápida y concreta. "Al verlos, -Dice el Libro del Génesis- se dirigió a ellos rápidamente desde la puerta de la tienda, y postrado en tierra, dijo: Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte. Haré que traigan un poco de agua para que se laven los pies y descansen a la sombra de estos árboles; traeré pan para que recobren las fuerzas y después continuarán su camino, pues sin duda para eso han pasado junto a su siervo" (Génesis 18, 2-5). Y más adelante continúa diciendo el texto que "Abraham entró rápidamente en la tienda donde estaba Sara y le dijo: Date prisa, toma tres medidas de harina, amásalas y cuece unos panes. Luego Abraham fue corriendo al establo, escogió un ternero y se lo dio a un criado para que lo matara y lo preparara" (Génesis 18,6-7). Esta caridad manifestada por Abraham es causada a partir de la fe. Es por su fe que logra descubrir que esos tres jóvenes son Dios, de ahí la expresión "Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte” (v.4). Recordemos que el término Señor es aplicado a Dios. No queremos detenernos aquí en el aspecto de la posible interpretación Trinitaria y su respectiva unicidad que ya han mencionado algunos Santos Padres. Pero sí desearíamos poner de relieve hoy el hecho de que Abraham tiene una amabilidad muy profunda, pues ésta no está en el Patriarca con características meramente sociales o tradicionales, su amabilidad nace de su fe y se práctica con amor y por amor. La amabilidad, pues, no puede ser reducida por el creyente a simple formalismo social, esto es, a un sin número de normas de etiqueta, maneras de decir, actitudes a tener ante los demás o acciones a realizar frente a los otros por el mero hecho de quedar bien con ellos, para en el fondo quedar bien con consigo mismo. La amabilidad del creyente nace desde su fe y ésta va íntimamente unida a la caridad; no es por quedar bien que hacemos el bien, sino porque la otra persona necesita estar bien y ser tratada bien, independientemente me lo agradezca o no, le conozca o no, tenga mis ideas o no, corresponda con amabilidad o no. La amabilidad cristiana nace del “corazón”, no de contratos sociales o costumbrismos (porque así me lo dijeron que se hacía o porque así me lo enseñaron), sino por la convicción de que el otro merece siempre respeto, aunque éste incluso no me respete, amor aunque no me ame. Esto sólo se entiende desde la fe y del amor cristiano. Aunque la lectura es veterotestamentaria nos da pie para hablar de lo anterior y de la amabilidad como fruto de la virtud teologal de la caridad, lo ideal es que viviéramos todos como lo que realmente somos, como la gran familia humana, los hijos de Dios.

La perícopa del Evangelio que hoy hemos escuchado podría ser interpretada desde esta lógica. En el Evangelio de hoy (San Lucas 10, 38-42), Jesús no pone en contradicción oración y acción, ni en tela de juicio la actitud de la persona amable que hace una serie de cosas (como es el caso de Marta) (San Lucas 10, 40), ante la persona que se dedica a orar (como es el caso de María)( San Lucas 10, 39). Lo que Jesucristo quiere indicar es que la acción “amable” o “caritativa”, es fruto de la actitud orante, y recordemos que para orar necesitamos un minimun de fe como base para poder hacerlo. Así, desde la oración se engendra mejor la acción, es decir, desde la fe se vive la auténtica caridad, la verdadera amabilidad.

De hecho el texto no quiere dejar mal presentada a Marta, ya San Juan nos revela a Marta y a María con una misma actitud frente a Jesús, cuando éste va a visitarles para resucitar a Lázaro (Cfr. San Juan 11,20-22 y 11,32) y nos transmite el profundo amor del Maestro por ambas como por Lázaro( Cfr. San Juan 11, 5); el punto aquí, en el texto de San Lucas, es afirmar que toda acción por buena que sea debe hacerse desde una actitud de fe y caridad, desde una actitud orante; si no, viene el sin sentido del hacer, que es lo que en el fondo le pasa a Marta cuando le pide a Jesús, en una clara actitud de reniego e incomodidad porque le toca hacer todo, que envíe a su hermana María a echarle una mano en los oficios. La respuesta de Jesús puede parecer injusta en cuanto que de algún modo apoya a María y deja a Marta en una mal posición, pues en lugar de decirle a María que le ayude a su hermana Marta en los quehaceres, Jesús se dirige con su voz y palabra a Marta, explicándole que una cosa es necesaria. Jesús comprende que Marta necesita ayuda, sabe también que María debe ayudarle, pero antes le quiere hacer ver a Marta la cuestión de lo necesario e importante. Así como lo más importante debe ser hecho primero y luego lo menos importante; del mismo modo lo necesario debe ser primero que lo importante. La escala de valores debe ser respetada. ¿Es importante que María le ayude a Marta?, claro que es importante; pero Jesús quiere decirle a Marta que una cosa es necesaria antes para que María le vaya a ayudar del modo adecuado, y está es la fe, esa fe que lleva a contemplar a Dios, recordemos lo que decíamos de Abraham. Y una vez que María ore y contemple por su fe, como fruto de esa oración nacerá la acción, pero no una acción sin más, y en el caso para Marta, no una ayuda a medias y por obligación sino por amor. De la oración de fe brota la acción de caridad, pues no se le hace bien al otro por quedar bien nosotros sino por hacerle bien a los otros. La caridad no se hace, como hemos dicho, para que digan que hacemos esto o lo otro, sino para que sepan que les amamos en Dios y por nuestra fe en Dios.

Claro, vivir esto implica sacrificio, pues no es fácil aunque tengamos fe; esto no deja de ser cansado, es decir, ser caritativos en todo momento como cristianos no es a veces fácil, sobre todo cuando vemos que hay tantos que no se comportan bien con nosotros, incluso se burlan de nuestra caridad, pero una vez más, es aquí donde se nota nuestro distintivo de ser-cristiano, pues el cristiano está llamado a ser otro Cristo, siempre amante y misericordioso con todos, por eso San Pablo recomendaba: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”. (Romanos 13, 8). O Como decía el mismo Señor : “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian… pues si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.” (Lucas 6, 27.32-34). Claro que el sufrimiento viene o el sentirnos mal anida en nosotros cuando vemos que hacemos esto y lo otro y no recibimos ayuda, aplauso, ni siquiera agradecimiento o respeto, y como Marta nos llegamos a sentir esclavizados, como utilizados por los demás, pero es aquí cuando entonces la fe viene en nuestra ayuda y la gracia de la oración, del diálogo con el Maestro fortalece y da energías para amar sin medida y sin esperar nada a cambio de los otros, pues nos damos cuenta que lo hecho no se quedará sin recompensa de parte del eternamente Otro, porque lo hecho de bien, aun cuando se de en medio de la desaprobación, de la falta de agradecimiento y de el cansancio propio, se convierte en un sufrir redentor, del cual nos habla hoy la Segunda lectura del Apóstol San Pablo, cuando nos comenta: "Hermanos: Ahora me alegro de sufrir por ustedes, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1, 24).

Concluyendo con nuestra reflexión dominical, tengamos en cuenta la actitud de Abraham que es hospitalario pero a partir de su fe, que le hace ver a Dios en aquél que está frente a él, pues así lo expresa hoy la lectura: Levantando la vista, vio de pronto a tres hombres que estaban de pie ante él (Génesis 18, 2); a nosotros Dios se nos aparece también como a Abraham, a través de los seres humanos y es menester tener una actitud de perenne amor sin miedo a ser perdedores cuando amamos, pues como ya lo dijo Antonie de Saint-Exupéry en su célebre obra El Principito: "El amor es la única cosa que aumenta cuando se reparte".

En segundo lugar pidámosle a Dios nos otorgue un espíritu pronto para ser amables y caritativos, y así no dejar esperar al amor, a espaciar por tiempo innecesario nuestra ayuda ante el pobre y necesitado.

Pidamos al Señor que nos aumente la fe día a día y así nuestra oración sea más auténtica y nuestro hacer el bien, perenne.

Y que no se nos olvide la recta escala de valores, que lo no-importante este por debajo de lo importante y lo necesario esté por encima de lo importante en toda nuestra vida. Bendiciones y feliz semana.

1 comentario:

  1. En el A.T era un honer tener a alguien en tu casa., se le ofrecia lo mejor de lo mejor. Hospedar es aun acoger muy entrañable, es cubrirle todas sus necesidadesa . Y ¡vaya por donde!! Nosotros tenemos en nuestro interior un amigo que se hospeda permanentemente, vive en nosotros y nos hace decir ¡Abbá!El espiritu de Dios es el único que siendo el el hospedado nos obsequia con toda clase de dones.
    Con ternura.
    Sor.cecilia
    P.D. Ya regresé de mis pequeñas vacaciones, pero sigo muy cansada-

    ResponderEliminar

Bienvenido o Bienvenida a Gaudiumlux.Tus comentarios nos enriquecen.Déjanos aquí tu opinión. Gracias