1 jun. 2014

Ascendiendo




Ver
 
«Cuando vieron a Jesús, lo adoraron» (San Mateo 28, 17). Algunos traducen también «Cuando vieron a Jesús, se postraron», de todos modos la postración es un gesto de adoración. Después de cuarenta días de apariciones posteriores a su Resurrección, Jesucristo va al Padre para enviarnos su Santo Espíritu. Esta realidad la resume muy bien San Lucas en el Libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11 que leemos en este domingo como primera lectura. La frase a la que al inicio hemos aludido nos pone de manifiesto lo interesante y modélico de la actitud propia del discípulo para el creyente de todos los tiempos. El texto nos indica que inmediatamente los discípulos ven a Jesús lo adoran. El verbo «ver» no debe ser entendido solamente en el sentido físico: como simple capacidad de captar colores, tamaños, luz, oscuridad, etc. La palabra «ver» tiene en los Evangelios un alto contenido simbólico-espiritual. «Ver» significa conocer, pero no conocer únicamente por el intelecto, sino también por la experiencia del espíritu; «ver» significa tener un conocimiento de Dios a través de la experiencia de su amor, de ahí que el Papa Benedicto XVI recordará a su tiempo que El Resucitado quiere llegar a toda la humanidad «solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta», por ello «no cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de ver» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Ediciones Encuentro 2011, p 321). En este sentido podemos decir que Dios se hace el encontradizo cuando alguien le ha buscado por el don de la fe, fe que abre al amor y amor que da capacidad para ver la acción de Dios en la vida y en la historia del ser humano.

Puede surgir entonces la pregunta: ¿Por qué Dios no se muestra de modo más claro, así le creeríamos más fácil? El mismo Benedicto XVI nos lanzaba hace un par de años atrás un haz de luz sobre esta inquietante, diciendo que Dios no quiere «arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor» (Ibíd., p 321). Otro pensador cristiano contemporáneo, Mons. Bruno Forte, también expresa en cierto modo esta misma idea en su libro Dónde va el Cristianismo, cuando relata la leyenda de un río en Alemania, el cual a sus orillas tenía una población judía muy creyente que resaltaba la «religiosidad» del río diciendo que los sábados, por respeto al Señor y a la Ley, no corría. Claro que Dios no permite cosas como esas, pues si así fuera, cualquiera creería, o mejor dicho, cualquiera estaría obligado por Dios a aceptar lo que él dice. Pues quién no va a creer viendo semejante acción religiosa del río. Ante tan espectacular acontecimiento se dudará a lo mucho unos momentos, pero la evidencia se terminará imponiendo y se creerá, o mejor dicho, se aceptará lo que se comprueba por evidencia física, pero eso no sería ya fe sino comprobación empírica. Dios no actúa así, obligando a creer, obligando a aceptar lo que él propone. Dios actúa invitando a creer, invitando a aceptar. De ahí que pide fe en sus discípulos, no la obliga. La suscita, la da, pero a quien se muestra dócil a recibirla y aceptarla no pidiendo, como el apóstol Tomás, pruebas físicas y seguras de todo en primer lugar para luego creer. Dios nos llama a una relación de amor, de Padre a hijo, no de servilismo, como pasa en la relación de amo a esclavo. Y si es relación de amor se entiende el motivo por el cual no obliga a creer sino que nos pide creer. El amor no es obligado es dado, suscitado y por ello pedido. Dios nos pide amor, porque él en primer lugar nos ha amado (1 San Juan 4,10). La fe es necesaria pero Dios quiere que el ser humano se dé cuenta de esa necesidad y busque satisfacerla. Dios quiere que el hombre quiera. En este querer podríamos hablar de un dejarse querer por Dios, amar por él y dejarse guiar por su mensaje.

«Ver» consiste entonces en darse cuenta de la cercanía de Dios, de la cercanía de su amor, consiste en dejarse iluminar por Él, de ahí que la Escritura diga «los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (San Mateo 28,16). Los discípulos se dejan educar por las palabras del Maestro, por eso van donde les había indicado. No van donde les inclinan sus apetencias, donde sugiere la opinión de moda. No van donde no deben ir. «Ver» significa darse cuenta de verdades que otros no ven, porque ver significa tener fe y sin fe la historia y la vida se ve de otro modo. El increyente por estar tan ocupado en ver con el «lente» del desprecio a la fe no se da cuenta que la fe es otro «lente» con el cual se puede ver, y ver el sentido más profundo de la realidad. Pero para ver a través de la fe a Dios, debemos subir, como los discípulos, y recorrer el no tan fácil camino de la obediencia a la fe: «los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (San Mateo 28, 16). El texto indica que los discípulos subieron al monte que Jesús les había indicado, haciendo ver con ello que no es la simple pretensión individual la que logra alcanzar la fe, no es la simple voluntad humana la que llega a la fe, no es por el simple esfuerzo del hombre que éste llega donde su Creador; es también, y ante todo, por la motivación amorosa de Dios, por la que el ser humano puede trascender su propio espacio y aspirar a algo más que su vida física, a comprender más de lo que está en su entorno y a preguntarse por cuestiones que ningún otro ser de la creación se pregunta. ¡El Ser humano tiene hambre de felicidad!, ¡tiene hambre de vida!, ¡¡¡tiene hambre de ser ascendido!!! Hambre que su Creador ha colocado en lo más profundo de su ser, pero el camino para ascender no lo pone el ser humano lo da Dios, por eso cuando el ser humano quiere ascender en su vida por otro camino distinto al propuesto y donado por Dios, «asciende» a su propia autodestrucción, asciende sí, pero a su derrota y a la anulación de su propia dignidad moral. En el fondo, más que un ascenso, hay un descenso; más que un subir, hay hundimiento terrible.

Por eso, el ser humano está llamado a obedecer primero a lo indicado por Él y luego lanzarse con su inteligencia y voluntad al encuentro Humano-Divino, encuentro que puede ser posible porque Dios ha obrado antes el encuentro Divino-Humano con su humilde nacimiento en Belén y con su Muerte y Resurrección en Jerusalén. Esto es lo que resuena en las vocaciones de los patriarcas, de los profetas, de los santos del Antiguo Testamento; es lo que resuena en los apóstoles y en los testigos del Nuevo Testamento; es lo que ha seguido resonando en la historia de la Iglesia, desde aquél día en que ascendió Jesús al Cielo, a través de los santos y santas; en todos Dios actuó primero, salió a su encuentro, pero ellos también salieron, y se encontraron con él, porque el amor consiste en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados ( 1 Juan 4, 10) y por ello ha suscitado el amor en el ser humano. Dios da su amor y el amor quizás no obligue respuesta, pero siempre pide respuesta. El silencio es la mejor manera de matar el amor. El no responder significa ausencia, significa un negarse al amor que salva.

 Adorar

Hasta el momento nos hemos centrado en el primer verbo, «ver», pero no es el único que encontramos en la frase evangélica que intentamos meditar, también está «adorar» o más textualmente, el plural «adoraron». La actitud de adoración indica sumo respeto a la persona de Jesús y reconocimiento de su primacía, la primacía de Dios. Adorar no es sólo un acto externo y aislado, es algo mucho más profundo; adorar hace referencia a lo existencial, a lo vital. Adorar es ante todo un programa de vida. El ser humano sólo puede ser feliz plenamente en la medida en que toda su vida se convierte en adoración a Dios. Cada momento, cada proyecto, cada palabra, cada gesto, cada pensamiento debe constituirse en acto de adoración hacia Dios, porque adorar es volcarse a Dios, vivir en Él y para Él, no vivir encerrado en el propio yo y para los propios gustos y maneras de pensar. Adorar es, en palabras del papa Francisco «salir a las periferias». Ser Iglesia en continua salida. Por eso, la acción de los discípulos nos indica para qué Dios se hace cercano al ser humano. «Cuando vieron a Jesús, lo adoraron» dice el texto. Se hubieran equivocado los discípulos si al verlo le hubieran comenzado a pedir cosas, los discípulos han entendido que Dios lo es todo, lo ven a Él y con ello saben que también verán cumplidos su anhelos y saciadas sus necesidades; no sin antes, claro está, poniendo su esfuerzo; pero sin duda, con Él el esfuerzo humano tiene mérito y da frutos. Esto es importante tenerlo en cuenta, porque a Dios no se le debe buscar «ver» sólo para pedirle cosas, sino en primer lugar para adorarle, es decir, para dejarlo ser Dios en nuestras vidas, dejar que su Reino se instaure en nosotros y por nosotros en el devenir de la historia. No se busca a Dios sólo para los propios planes, a veces tan egoístas y narcisistas, se busca a Dios para hacer presente su Plan Divino en nuestros momentos humanos. A Dios no se le busca «ver» para pedirle cosas, en primer lugar es para adorarlo. No se le busca para simplemente poder conocer y decir más sobre Él, es para adorarlo. No se le busca para servirnos de Él sino servirle a Él, pues lo demás viene por añadidura (San Mateo 6, 33). Los discípulos ven a Dios y les brota adorarle, ven a Dios y le brota ponerse a su disposición, ven a Dios y les brota servirle. He aquí el primer gran signo que nos indica si vamos caminando para ser «ascendidos», elevados a Dios: la obediencia a la fe. Quien adora, sana; quien adora es ayudado; quien adora es alentado; quien adora, nunca estará solo o sola; quien adora, no fracasará.

Mandato misionero

El Evangelio de este domingo, en su segunda parte también nos habla de la Autoridad Divina de Cristo que él mismo da también a los Apóstoles. Cuando Jesús dice a los discípulos: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (San Mateo 18-19). Ya hemos apuntado que en el versículo 16 de este mismo evangelio se nos decía: «Cuando vieron a Jesús, lo adoraron». Dicha expresión evangélica unida al mandato que encontramos en los versículo 19 nos pone de manifiesto que el camino espiritual no consiste en ver a Dios para la simple satisfacción propia sino para agradarle a él, o sea, para hacer su voluntad y hacer su voluntad también es buscar la salvación del otro. Lo último que apuntamos es clave para nuestra relación social, para la construcción de un mundo más humano, para hacer presente el Reino de la vida, de la justicia, de la paz, del amor; en una frase, para hacer presente el Reino de Dios entre los hombres y así ser ascendidos con Cristo a la gloria Eterna, pero también para ascender por medio de Él la historia humana a una mayor dignidad, para que en ella exista el respeto mutuo entre los hombres, la ayuda mutua. Adorar es sinónimo de amor, pero amor es sinónimo de servicio, ya Jesús lo había dicho (San Marcos 9, 35) y lo había hecho (San Juan 3, 16. 13, 1-15) y sigue haciéndolo (San Mateo 16, 20), pues se ha quedado con el ser humano también para ello. El mundo necesita elevarse al nivel del amor, del servicio. «Cuando vieron a Jesús, lo adoraron», dice el Evangelio, y los discípulos entendieron que adorar es también servir, por eso Jesús una vez se postran ante Él les indica el camino del servicio, «vayan y hagan discípulos», y para hacer discípulos se necesita la oración, la predicación y obrar la caridad. Nadie que está prostrado ante el verdadero Dios permanece sin interesarse por el otro, nadie que adora al verdadero Dios debe estar indiferente ante al otro, por eso Jesús les exhorta a que vayan y les comuniquen a los demás el Evangelio, les comuniquen la gracia, les comuniquen el amor, de tal modo que aquellos que «Cuando vieron Jesús, lo adoraron» sean capaces de volverle a ver en sus hermanos y puedan servirle.

Esto es muy válido para nosotros, sin duda, nuestra oración debe llevarnos a contemplar a Cristo y así también no olvidarnos de verle en nuestros hermanos, de tal modo que su cumpla en nosotros lo del Evangelio: «Cuando vieron a Jesús, lo adoraron», es decir, respetamos su persona y mensaje, cumplimos sus mandatos, le amamos más y más. Lo anterior ayuda también a que se cumpla el «Cuando vieron a Jesús, le sirvieron», porque a Jesús se le sirve en el hermano, del cual debo interesarme por su salvación y desarrollo humano. He aquí el otro gran signo para saber si vamos por el camino correcto, si vamos por el camino del ascenso: el servicio amoroso a los otros como fruto del amor a Dios. Estos signos de la realidad del cristiano indican si vamos por el camino para ser ascendidos, el camino que recorrió el Maestro, Nuestro Señor Jesucristo, camino de obediencia al Padre y servicio a los que quiere el Padre, es el camino que debemos recorrer los que buscamos ser sus discípulos, es el camino del amor al Padre y del amor a los que ama el Padre, es el camino para ser ascendidos como Cristo y en ÉL.

Jornada de las comunicaciones

Por último, en este día, en el marco de la Ascensión del Señor, en el que hemos escuchado el mandato de Cristo que envía a sus discípulos a comunicar a otros el mensaje de salvación, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las comunicaciones. Sin duda el ser humano, por ser un ser en relación, un ser social, también es un ser en comunicación. Sin comunicación el ser humano se desvanece, pero también se debe tener en cuenta que si el contenido de la comunicación es negativo, también el ser humano está en grave peligro. En nuestras sociedades son muchos los medios de comunicación, sin embargo, lo que se comunica no es siempre la verdad, no es lo que siempre construye al ser humano, lo que edifica la comunidad de seres humanos. A este respecto son tan actuales las palabras de Monseñor Romero que decía en la celebración de una Jornada de las Comunicaciones en su tiempo: «Esos instrumentos, artífices de la opinión común, muchas veces se utilizan manipulados por intereses materialistas y así se convierten en mantenedores de un status injusto, de la mentira, de la confusión; se irrespeta uno de los derechos más sagrados de la persona humana que es el derecho a estar bien informado, el derecho a la verdad. Ese derecho es el que cada uno tiene que defender por sí mismo haciéndose crítico al manejar los medios de comunicación social. No todo lo que está en el periódico, no todo lo que se ve en el cine o en la televisión, no todo lo que nos dice la radio, es verdad. Muchas veces es precisamente lo contrario, la mentira.» (Homilía, 7 de mayo de 1978). Ante semejante lucidez descriptiva, a la que hoy podríamos añadir el uso de internet, podríamos decir que como cristianos de hoy, también nos toca ser críticos con lo que vemos, leemos, escuchamos y comentamos. No  siempre todo lo que se dice es lo que se dice. Al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que debemos usar los medios de comunicación para el anuncio de la verdad. De esa verdad que está más allá de lo meramente material o de una concepción materialista de la vida y de los acontecimientos.

Los medios de comunicación, además, no pueden ser los sustitutos de las personas, sino un camino de encuentro hacia ellas. Ahora, en no pocas ocasiones, ciertos medios se utilizan como instrumentos para evadir la realidad y el encuentro personal con los otros, más que ser medios de comunicación se utilizan como medios de individuación, de narcisismo personal. Por eso es clave tener en cuenta lo que decíamos al inicio, es importante «ver» a Cristo para adorarle y adorarle para ser capaces de ir a los demás, comunicando la vida a los otros, evitando con ello que los medios de comunicación se conviertan en fines en sí y sigan siendo siempre medios para el encuentro personal, el encuentro de amor y justicia. Dios nos ayude con su gracia y su fuerza.

3 comentarios:

  1. Pensamiento. Gracias por su visita. Dios bendiga su persona y vida. En Cristo siempre unidos.

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  2. Gracias, por su acogida.

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