12 jul. 2014

El Sembrador

DOMINGO 15° DEL TIEMPO ORDINARIO

Mateo 13, 1-23
 
El evangelio de este domingo nos vuelve a poner delante de nosotros la parábola del Sembrador. Meditemos al menos en los siguientes puntos. La parábola da inicio con la frase: «salió el sembrador a sembrar…» He aquí el primer punto de reflexión que podemos considerar. El Sembrador es Cristo, el Hijo de Dios, que ha salido en cierto modo de su eternidad para hacerse presente y cercano en la historia del ser humano. Lo divino se ha hecho humano para llevar lo humano a lo divino. Un misterio grande sin duda, que por más que lo razonemos siempre nos sobrepasa. Lo cierto es que Dios no nos deja. La gran trampa del demonio es hacernos pensar que estamos solos, que vamos solos en nuestro caminar y lucha cristiana del día a día. El pecado puede hacernos pensar que eso que se nos dice en la Escritura es mentira, pues la propia experiencia nos remarca que es demasiado difícil cumplir con lo que Dios indica. Sin embargo, el Sembrador, o sea Dios, está saliendo siempre. Cada día, cada hora, cada minuto. Él sale para sembrar en nosotros su perdón, su gracia que lo renueva todo, su fuerza, su ánimo, su alegría; en fin, todo aquello que realmente necesitamos para no sabernos solos, aun cuando por las circunstancias de la vida solemos sentirnos solos.

Dios camina con su pueblo. Siempre lo hace, pero ojo, sólo los que realmente son «su pueblo» le ven, se sienten y saben acompañados por él. Y para pertenecer a su pueblo, es necesaria la fe viva, y ésta se obtiene pidiéndola con humildad. Se aumenta, pidiéndola con humildad y viviéndola con perseverancia. No se nos olvide, que también él puede ir vivo, ¡totalmente resucitado por y para nosotros!, ¡a la par nuestra! y nosotros no darnos cuenta, como les pasó a los discípulos de Emaús, por su falta de fe y perseverancia en ella (Cfr. Lucas 24, 13-35). Es lo que en cierto modo se nos indica en el evangelio de este domingo, cuando también se dice que a veces hay personas que «miran sin ver y escuchan sin oír ni entender» (Mateo 13,13). Por tanto, no se nos olvide esto: no estamos solos, el Sembrador, que es Dios, está siempre saliendo a nuestro encuentro, para sembrar en nosotros su perdón, su gracia, su fuerza, su sabiduría, su luz, su amor, etc. Para sembrar lo que necesitamos para seguir creciendo, pero hay que pedir fe, para ser «tierra buena», capaces de entender los modos, circunstancias, personas en las que Dios se nos hace presente. Cuidado con la soledad interior, esa que nos hace pensar que Dios nos deja, que no nos perdona, que se ha cansado de nosotros. Más bien pasa lo contrario, Dios nunca se cansa del ser humano, es el ser humano que con demasiada facilidad se cansa de Dios y de sus «cosas» divinas, como a veces decimos. No se nos olvide que quien tiene soledad interior o del espíritu, cualquier compañía le resulta buena, incluso la pecaminosa, pero para quien se sabe acompañado por Dios en sus luchas, sólo la compañía que le hace no apartarse de él le resulta sana y buena.

Otro aspecto interesante que encontramos en tan suave y hermosa parábola para el iluminar nuestra alma, es la cuestión referente a la acción propia del Sembrador, y ésta es el sembrar. «Salió el sembrador a sembrar», se nos dice. Sembrar, hermoso verbo, con el que el Maestro Divino nos enseña algo importante. La Gracia que procede de Dios no es magia, la gracia es su vida, su presencia en nosotros, pero esta dará su fruto si la cultivamos, es decir, la gracia que siembra el sembrador es algo que crece y llega a dar fruto si la voluntad humana colabora, pero esto es poco a poco. El sembrador siembra, pero también no basta su siembra para obtener fruto, hace falta que la tierra sea buena, es decir, que el ser humano también quiera. Dios quiere siempre, es el ser humano que a veces no quiere. Dios siempre ama, es el ser humano quien a veces no siempre ama como debe y en el orden que debe. La vida del espíritu no es una cuestión sólo de Dios, es algo en donde también cuenta la voluntad humana, sin ese concierto de voluntades no hay frutos, es decir, no hay bondad en el ser humano, no puede haber santidad.

Esto nos indica también que Jesús está enseñando que él no obliga a nadie a seguir sus mandatos, su enseñanza. Él siembra, es decir, espera la respuesta libre del hombre para hacer crecer su gracia. Dios no obliga a seguirle, invita a seguirle. Por eso es el sembrador que espera que la tierra sea buena para hacer crecer la planta y que llegue a dar fruto. No es el implantador que impone la planta en la tierra, sea ésta buena o mala. No, Dios invita a su Reino, porque su reino es un reino de amor, y el amor no obliga. No obliga, sí, pero advierte. Dios no obliga a nadie a seguirle, pero advierte lo que pasa a aquel que no le sigue. En la parábola del Sembrador queda graficado con el hecho de no dar fruto, en otras palabras, en no llegar a crecer como personas que pueden ayudar a otras personas, en no llegar a ser luz para otras personas, en no llegar a madurar. Figuras como el no crecer, el ser ahogado por zarzas o el grano comido por pájaros, son modos ingeniosos que Jesús utiliza para indicar la falta de desarrollo integral en la persona humana, el grado de manipulación que ejerce el entorno en una persona sin la siembra de Dios en su vida o cómo en una persona sin la gracia, se da el constante «robo» de lo más importante de su vida: sentido de la existencia, valor de sí, autoestima, dignidad moral, pues los «pájaros» de los aprovechadores sólo vienen a explotar y a utilizar.

Por último, detengámonos en un tercer punto. La parábola también detalla cómo el Sembrador siembra en todas partes. Al borde del camino, entre rocas, entre zarzas, y en tierra buena. Un agricultor normal pensaría que en esto Jesús se equivocó al narrar su parábola, pues ningún sembrador sensato sembraría en tierra mala. Pero Jesús no se está refiriendo exclusivamente a la siembra del campo material, nos indica lo que hace Dios con el campo del espíritu humano. Él siembra en todo campo, esto es, en todo ser humano. El Sembrador siembra en todos estos singulares campos posibles, porque todos estos tienen la posibilidad de llegar a ser «tierra buena». De fondo, encontramos aquí otra enseñanza llena de ternura y misericordia. El Sembrador de la parábola es el Dios que «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mateo 5,45). En este sentido, el ser humano pecador, es decir todos, no debemos sentirnos tristes, recordemos lo que decíamos al inicio. Dios siempre está sembrado, busca sembrar en nosotros lo que necesitamos. ¡No estamos solos! Podemos pensar que somos un fracaso, que no tenemos perdón de él. Que son demasiadas veces las que le hemos ofendido y por eso ya no nos perdonará. ¡Mentira, esa es la trampa del enemigo! ¡Ánimo, Dios está sembrando siempre! A ver cuándo nos damos cuenta que él siembra en toda alma, porque sabe que todos podemos llegar a ser esa «tierra buena» que puede llegar a ser crecer la plantita del Reino hasta dar frutos. Los santos han sido y son la «tierra buena» donde Dios sembró y creció su gracia hasta dar frutos abundantes; pero no olvidemos, muchos de ellos, no siempre fueron esa «tierra buena», llegaron a ser «tierra buena» al darse cuenta que el divino Sembrador, siempre sembraba en ellos, es decir, siempre le había amado, estaba siempre dispuesto a perdonarles, a darles su gracia.

2 comentarios:

  1. Ser tierra buena, y dar los fruto que ÉL espera de mí, gracias.

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  2. Bendiciones Pensamiento. Efectivamente, que Dios nos ayude a ser cada día mejor tierra buena, capaces de hacer crecer su gracia y dar fruto. Todo es posible para quien cree.

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