27 jul. 2014

Entendimiento y Tesoro




DOMINGO 17 TIEMPO ORDINARIO
 
«Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal, pues ¿Quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo tan grande?» (1 Re 3,9). Esta es la famosa petición que hace Salomón a Dios para gobernar a su pueblo. Un corazón que entienda, dice. Hay otras traducciones que hablan de un corazón dócil. Es interesante cómo esta petición que trasmite el texto sagrado es una necesidad siempre actual para el hombre y mujer de todos los tiempos. No se gobierna sólo con los grandes razonamientos, con los bien elucubrados proyectos, con el poder del dinero, sino que antes de todo ello, con el corazón. El término «corazón» en la Sagrada Escritura hace referencia a la interioridad profunda del ser humano, donde la inteligencia no sólo conoce la verdad sino que acepta lo que conoce y se mueve a vivir eso que acepta y conoce. «Un corazón que entienda» es, pues, sinónimo de prudencia, prudencia que a su vez llega a la verdad de las cosas, por eso el texto además dice «para discernir entre el bien y el mal». Discernir es la función de este «entender con el corazón» y significa saber ubicar, saber distinguir qué es bueno y qué malo, qué primero y qué secundario. De hecho la confusión, para el pensamiento clásico, era signo de ignorancia, de no tener la sabiduría y, por lo mismo, de caminar a convertirse en un ser no virtuoso y malvado. Quien distingue sabe qué es cada cosa, y eso ayuda para que nuestra voluntad sepa valorar en su verdad cada cosa. La capacidad de entender con el corazón los acontecimientos, a las personas, es lo único que nos hace comprender estos acontecimientos y personas en su verdadero sentido en y para nuestra vida, así como para la historia humana. Porque no se puede gobernar sin prudencia y sin verdad, éstas anteceden incluso a la justicia. No puede haber justicia si tampoco las decisiones no se amparan en la verdad, sino que en meras opiniones, en gustos individuales o de grupos y no en aquello en lo que realmente debe apoyarse.

La capacidad de entender con el corazón nos evita caer en el rigorismo de la razón, en la debilidad del sentimentalismo, en la vaguedad de la simple opinión. La capacidad de entender con el corazón es prudencia para vivir lo que nos acontece y lo que acontece a nuestro alrededor según su verdad. Dándonos cuenta de que esa realidad que está frente a nosotros nos pide algo. San Pablo nos ha dicho: «Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Romanos 8, 28). Efectivamente, este «en todas las cosas», se expresa que todo lo que está a nuestro alrededor y en nosotros es una oportunidad para crecer, para poder caminar en el camino de Dios, para poder responder. Por eso, esa realidad que acontece es, como dice el apóstol, «para bien de los que le aman». Las personas, los acontecimientos que están a nuestro alrededor y que de algún modo nos afectan, no están sólo por estar frente a nosotros, sino que están para que sepamos actuar según verdad, es decir según la voluntad de Dios. Buscando transformar lo que haya que transformar, sanar lo que haya que sanar, eliminar lo que haya que eliminar, construir lo que haya que construir, perdonar lo que haya que perdonar, callar lo que haya que callar, denunciar lo que haya que denunciar, evitar lo que haya que evitar. En resumen, decir y hacer lo que se haya que decir y hacer. La realidad, podríamos decir, pide nuestra respuesta, exige nuestra actuación adecuada. Pero para ello, necesitamos saber distinguir, sólo así sabremos qué hacer y con qué. En la confusión no se sabe qué hacer, y hay casos incluso en que hacemos, no lo que se debe, sino lo que el impulso nos lleva a realizar. Hacemos cualquier cosa, pues pensamos que es mejor hacer algo que nada. 

 Ahora bien, debemos tener presente que no hay fórmulas plasmadas para responder, es el ser humano quien debe ir dándose cuenta, en la medida se abre a la sabiduría que procede de Dios, qué debe hacer y cómo hacerlo. Tengamos en cuenta que otra posible traducción de la expresión «entender con el corazón» es la frase «un corazón dócil». Porque no es el ser humano quien impone de modo absoluto el cómo proceder. El ser humano, más bien, debe ser dócil para darse cuenta que la ley primera viene de Dios, que el modo en cómo debe proceder, viene de Dios. Dios es quien va iluminando. Si esto se olvida, el ser humano está condenado a ser esclavo de su falta de docilidad, de su propio error, de su imprudencia, y por qué no decirlo, de su falta de saber entender con el corazón no sólo lo que le acontece, sino lo que acontece a su alrededor. Lo que nos pasa y está a nuestro alrededor no está para hundirnos, para aplastarnos, está para hacernos capaces de responder, de ser seres en continua respuesta (responsables, es decir, seres que responden). De allí la gran importancia de que hoy también nosotros pidamos, como Salomón, ese entender con el corazón, para saber gobernar nuestra vida y lo que nos pasa y está a nuestro alrededor; esto es, sabiendo ser respuesta ante lo que está y acontece frente a nosotros y en nosotros. Esto nos permitirá no hundirnos, no frustrarnos, no tomar decisiones desesperadas o en el peor de los casos, no hacer nada ante lo que está pasando y pasándonos, o hacer sólo algunas cosas de modo tímido, pero sin la firme convicción de querer, como hemos dicho, responder a esa realidad que nos pide respuesta. Por eso debemos evitar a toda costa el caer en la falta de fidelidad a esa docilidad del corazón a Dios en la que cayó Salomón, pues una vez que se sintió un tanto seguro, su corazón cesó de ser dócil para Dios y fue dócil para sus gustos; ya que eso, acarrea males peores.

Respecto al texto del Evangelio, vemos que es continuación de un conjunto de parábolas en torno al Reino de los Cielos. Hoy se nos muestra la parábola del Tesoro escondido, la Perla preciosa y la Red. En las primeras se remarca la centralidad e importancia que debe tener el Reino de los Cielos en nuestra vida, es lo más valioso y por él vale la pena dejarlo todo, es la única fuente de plena alegría. Luego en la tercera se nos habla de que este Reino, que en primer lugar es un reino de amor y paz, es también, reino de justicia. El mal no tiene la última palabra, los malos, no serán los del triunfo final. El ser humano no puede vivir haciendo lo que le dé la gana, pues tiene en sí mismo una estructura responsable, para responder ante la realidad en la que ha vivido y la que ha vivido, sino lo hace de modo correcto, la sentencia del juicio más clave no es la que da el mismo ser humano sino la que da Dios, se crea en eso o no. El simbolismo de la red también remarca que mientras eso pasa, todos esos peces, es decir, los seres humanos, son acogidos por esta red, pero no basta con que la red nos acoja es necesario que en la elección final, seamos hallados buenos, es decir, purificados por la gracia y responsables de ella.

En el texto de las tres parábolas encontramos variados elementos que pueden ser desglosados y que nos transmiten diversas enseñanzas. Ahora nos quedamos con la primera. Jesús habla de que «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.» (San Mateo 13, 44). Se dice un tesoro, porque el Reino de los cielos solo es uno, no hay más; aunque el ser humano en ciertos regímenes ha querido ver la salvación, como equiparando el Reino de los Cielos a proyectos que por muy buenos que sean siempre serán limitados, provistos de errores, y nunca eternos, eso en el mejor de los casos. Por eso, de modo escondido se está diciendo que sólo hay un Reino de los cielos, ningún reino humano, o modernamente, ningún sistema político, puede ocupar el lugar de ese Reino, aún cuando todos deban luchar por hacerlo presente en el modo que Dios quiere hacerlo presente en esta historia. Además, es tesoro porque es lo más valioso para el ser humano, lo que le da sentido. El ser humano no es un «ser para la muerte», como se ha dicho, la muerte no es ni su fin, ni su explicación última. El ser humano ha sido creado por la Vida, y está llamado a heredar la Vida Plena. Esto no es consuelo, ni fantasía mental, es algo que late en lo más profundo de la naturaleza humana y que se expresa en ese anhelo de felicidad y de vida sin término.

Pero Jesús añade a la expresión «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro» el adjetivo «escondido». Porque en esta vida, ese Reino y sus valores no pueden ser vistos con los ojos físicos, sino con los de la fe. Con la vista del espíritu, esa que nos hace ver aquello que es lo más esencial y que está oculto a nuestra mirada o racionamiento desprovisto de fe y esperanza cristiana. Luego la parábola indica el lugar dónde está escondido ese tesoro del que se nos habla y dice que es en un campo. Símbolo de la vida con sus circunstancias, la cual debemos cultivarla, como se cultiva un campo, pero sin nunca olvidar que ese Reino se hace presente en esa vida, está en ese campo, es decir en esa vida. Y ojo, cuando Jesús habla de campo, habla de un campo, es decir, habla de algo concreto no de algo abstracto, o ideal. Efectivamente, la vida de la que hablamos no es la idea de la vida, sino la vida de cada uno, de vida, de la vida que vive cada persona; es allí, en esa vida concreta en donde está ya presente ese tesoro. Tesoro que espera ser encontrado, para que aquel que lo encuentra aprenda a ver todo lo demás con nuevos ojos; sepa verlo en su verdadera escala de valores, y pueda así, encontrar plenitud de alegría; pues también se nos dice que el hombre siente una inmensa alegría al encontrar ese tesoro: «al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel». También el texto puede traducirse diciendo «y lleno de alegría», pues lo que se nos quiere indicar es que quien tiene ese tesoro encuentra saciar el hambre de felicidad y su sed natural de alegría. La tristeza puede venir a nuestra vida, es inevitable a veces que venga, pero si es huésped habitual nos lleva a la muerte. Además, la alegría plena no la puede dar nada ni nadie de este mundo. Lo finito nunca podrá saciar una sed infinita que como humanos naturalmente tenemos. Por eso debemos ser audaces para vender, como dice la parábola, si eso es necesario, todo lo que tenemos, con tal de encontrar esta alegría; esta que viene como consecuencia de habernos encontrado con el tesoro del Reino que Dios ha colocado en nuestro ser. Sólo ella nos dará fuerza para afrontar la pena, el sufrimiento; luz para entender lo que humanamente no entendemos; paciencia y perseverancia, para sobrellevar con esperanza lo adverso; grandeza de ánimo y gratitud para saber disfrutar lo bueno que Dios nos da.

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