19 jul. 2014

Ser trigo, ser granito de mostaza, ser fermento



DOMINGO 16° TIEMPO ORDINARIO

Mateo 13, 24-43
 
Seguimos leyendo los pasajes sobre el Reino de los cielos, en los cuales Jesús hace uso del relato sencillo y práctico para explicar realidades profundas y misteriosas. Tres son las parábolas que hoy escuchamos en el evangelio: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura que fermenta. En medio del texto hay una especie de justificación del porqué nuestro Señor habla así. El texto evangélico termina con la explicación por el propio Jesucristo sobre la primera de las parábolas, la del trigo y la cizaña.

Desde la parábola del trigo y la cizaña, Nuestro Señor deja claro que no sólo existe el Buen Sembrador, como ya escuchábamos el domingo pasado con la parábola del Sembrador, y como también se vuelve a decir hoy, porque se dice que «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo» (Mateo 13, 24), sino que también existe otro sembrador, pues se dice que «mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue»(Mateo 13, 25). Es decir hay un sembrador bueno pero también está el sembrador malo. De este modo Jesús habla de cómo hace su entrada el misterio del mal en la historia del ser humano. El diablo quiere ocupar el lugar de Dios. Ha sido, es y será siempre su lucha. Buscar ser seguido él y que no se siga a Dios. Ya el relato del pecado original en Génesis 3, 1-24 nos presenta al enemigo como aquél que le dice a Eva otras cosas, distintas a las que Dios les había dicho respecto al Jardín del Edén. Porque él busca ser escuchado, quiere que el ser humano le obedezca. En la parábola del Trigo y la cizaña Jesús vuelve sobre este punto. Dios siembra el bien, pero el enemigo, mientras encuentra una oportunidad, simbolizada en el texto con el término “sueño”, aprovecha también para sembrar su semilla, la semilla del mal, que busca crecer a la par del bien. Igualarse al trigo. Trampa muy clásica del demonio, hacernos pensar a los seres humanos que el pecado es algo bueno, algo con lo cual se puede convivir y vivir, que no pasa nada. Trampa suspicaz y atractiva en no pocas veces para el ser humano. Sin embargo, los efectos son los que al final siempre terminan aclarándonos su causa. El mal aunque “satisfactorio” en no pocas veces en sus inicios, termina dejando un vacío y tristeza terrible en lo más profundo del ser humano; el bien aunque costoso en ocasiones, siempre acaba dando plenitud de vida, siempre.
 
 
También podemos decir que esta parábola nos pone en sobre aviso, el demonio siempre busca arruinar lo bueno que Dios ha creado y dado al ser humano. Todo lo bondadoso, laudable, noble, digno, etc. el enemigo del Reino de Dios, trata de mancharlo, de hacerlo ver malo, poco laudable o despreciable, innoble y no digno de ser seguido y valorado. Es su lucha constante y sin tregua. Él busca arruinar la belleza y utilidad de la creación, la dignidad del ser humano, el proyecto de Dios. Busca hacer ver poco atractivo lo querido por Dios y súper atractivo lo querido por él. Él busca manchar, entorpecer aquello que es bueno y nos lleva a Dios. Por eso debemos estar alertas, ya la misma Sagrada Escritura nos lo dice: «hermanos estad alerta que vuestro enemigo el diablo, ronda buscando a quien devorar, resistidles firmes en la fe» (1 Pedro 5, 8-9). El mal acecha, por eso debemos estar atentos, siempre y en todas circunstancias. Sin duda la mejor manera para tener este continuo estado de alerta es vivir actuando nuestra fe. La Escritura dice que la manera de estar alertas es resistir con firmeza en la fe. Este resistir no es mero soportar sino un evitar que el enemigo del Reino de Dios siga sembrando más cizaña. Esto se logra sembrando en el posible espacio de la siembra de cizaña, el trigo, símbolo de la vida; o mejor, de aquello que da vida, pues el trigo es materia para hacer pan que alimenta. La firmeza en la fe indica madurez en la fe, y como sabemos, la madurez en la fe es caridad vivida y esperanza que actúa. La firmeza en la fe se traduce de modo auténtico en la siembra del amor, de la verdad, de la justicia, esperanza; en fin, de todo aquello que edifica desde ya las prendas del Reino de Dios, que si bien encontrará plenitud después nuestra muerte, puede irse ya haciéndose presente. No vale caer en conformismos, ni en pesimismos espirituales. Pensando que ya está bien con que llevemos una vida más o menos buena delante de Dios sin buscar ser luz y transformar algo de nuestro entorno; o pensar que es demasiado el mal que nos rodea y que por mucho que hagamos es imposible hacer algo que se note. Respecto a la primera actitud vale decir lo que dijo el apóstol: «no os canséis de hacer el bien» (2 Tesalonicenses 3,13); y respecto a la segunda, lo que decía la beata Teresa de Calcuta, «A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota». Debemos, por tanto, no ser presa ni del conformismo, que nos hace llevar un cristianismo cómodo; ni del pesimismo, que nos hace llevar un cristianismo acobardado. Ambas actitudes no son las de un cristiano verdadero y al mismo tiempo, dejan la entrada libre para que el sembrador de la semilla del mal siembre por medio de sus secuaces. Es más, al ser conformistas y pesimistas en el espíritu, somos un modo de sus secuaces, pues Jesús es radical: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mateo 12,30). No hay medias tintas, o colaboramos o no somos colaboradores del bien sino del mal.

No olvidemos que cuando a Jesús le preguntan sobre la explicación de la parábola, el responde: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo» (Mateo 13, 37-39) De tal modo que no debemos esperar ver al diablo para darnos cuenta que él existe y que su plan anti reino se sigue ejecutando, él tiene también secuaces. Es más, nosotros mismos, podemos ser cizaña con nuestras palabras, maneras de pensar, a veces más ancladas en propias opiniones y gustos, que en la verdad del evangelio. Podemos ser sembradores de cizaña con nuestras formas de vivir el cristianismo, de modo débil y sin compromiso alguno. Pero no cabe duda que también los secuaces del maligno se ubican en todos los estratos de la sociedad y buscan siempre influir desde donde más daño pueden hacer. No hay que hacer un gran esfuerzo para ver cómo se siembra cizaña cuando se hacen políticas mezquinas y tendenciosas, cuando se proclaman derechos inexistentes, cuando se persiguen riquezas a cualquier precio, cuando se busca poder a todo costa, cuando prima el propio beneficio, cuando se habla de un cristianismo acomodado al espíritu del mundo, cuando se proclama la mentira como el pan de cada día, cuando se busca ocultar la verdad, cuando se aplasta y rompe en pedazos la dignidad de los otros por ideales terrenales de grupo o intereses egoístas. Cuando la vida del otro importa poco mientras no sea la mía. Cuando vale más un poco de droga, de poder, de dinero, en detrimento de la misma dignidad humana y su existencia.

¡Cuánta cizaña sembrada a veces en nuestras casas, calles, pueblos, países, oficinas, incluso en centros de estudios, de atención o asistencia!. Cizaña que es símbolo de la muerte, símbolo del odio, rencor, desprecio, injusticia, mentira, hipocresía y todo lo que viene del reino oscuro. Cabría recordar las palabras tan iluminadoras y tan actuales de Monseñor Romero. La cita es larga, pero vale la pena. Él decía: «La vocación del hombre pues, primigenia, original, es la bondad. Todos hemos nacido para la bondad. Nadie nació con inclinaciones a hacer secuestros; nadie nació con inclinaciones para ser un criminal; nadie nació para ser un torturador; nadie nació para ser un asesino; todos nacimos para ser buenos, para amarnos, para comprendernos. ¿Por qué entonces Señor, han brotado en tus campos tantas cizañas? El enemigo lo ha hecho, dice Cristo. El hombre dejó que creciera en su corazón la maleza, las malas compañías, las malas inclinaciones, los vicios. Queridos jóvenes, ustedes que están en el momento en que la vocación se decide, piensen que todos hemos sido llamados a la bondad, y que lo que está dejando a ustedes los jóvenes, esta edad madura -a la que yo también pertenezco y tengo que lamentar dejarles en herencia tanto egoísmo, tanta maldad. Ustedes renueven, trigo nuevo, cosechas recién sembradas, campos todavía frescos con la mano de Dios, niños jóvenes, sean ustedes un mundo mejor, obedezcamos en cambio todos, a la segunda vocación: La conversión. Miren qué nos ha dicho en la primera lectura, que Dios espera la conversión de los hombres y el la parábola del trigo y la cizaña, Cristo, Dios entre los hombres, anuncia que no hay que arrancar la cizaña, que hay que esperar a la hora de la siega. Aun el más viejo se puede convertir. El buen ladrón también ajusticiado junto a Cristo en el Calvario, se convirtió y a la última hora recibe el perdón y el cielo. Nunca es tarde para convertirse». (Mons. Romero, Homilía, 23-07-1978)

Algunos intentan preguntarse sobre el porqué del mal, el porqué de su existencia. Quieren justificar su increencia en la falta de comprensión total de la existencia del mal si existe un Dios que es Amor; pero en la presente parábola Jesús no recuerda que más importante es luchar contra el mal que buscar comprender todo acerca de él. Para quien quiere luchar contra el mal le basta saber su efectos nocivos para darse cuenta que es el camino del bien, por costoso que sea, el único que realmente construye al ser humano. Algunos piensan que no creyendo y cayendo en libertinajes sin control, en relativismos permisivos, el mal se sufre menos. Nada más lejano a la verdad. Lo mejor más bien, es luchar porque el trigo siga creciendo, luchar porque la verdad y la bondad se desarrollen; sólo así, podremos ser capaces de «arrancar» bien el mal desde su raíz misma. Por eso también se dice en la parábola que le dijeron los siervos: «¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla? Él les dijo: No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (Mateo 13, 28-29). No cualquier modo de erradicar el mal es prudente y correcto. El mal que se busca erradicar con más mal, engendra más mal y el resultado es un mal peor.
 
Por último, una postrera anotación. Por medio de la parábola del grano de mostaza y de la levadura que fermenta, se nos sugiere la idea de que la vida espiritual se desarrolla desde lo humilde y pequeño, no desde lo rimbombante y grandioso. Un gesto, una palabra, una breve oración, una pequeña obra, unos minutos de oración diaria, pueden ser el principio de algo grande en nuestra vida espiritual, en nuestra vida personal. No caigamos en la trampa de buscar cosas espectaculares para terminar de creer, no caigamos en la trampa de buscar sentir grandes cosas para seguir con denuedo al Señor. No seamos presa de la tentación de pensar que son las grandes cosas las que cambian nuestro mundo. Es desde la pequeñez que se construye lo grande, pues sin lo pequeño, no podemos edificar nada verdaderamente grande y duradero. Recordemos las palabras del evangelio: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas» (Mateo 13, 31-32). Lo pequeño crece. O también «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mateo 13, 33). Lo poco aumenta. Por tanto, nunca cedamos ante la trampa de pensar que son demasiado pobres las obras que hacemos, porque el amor de Dios todo lo engrandece. Lejos de nosotros caer en el desprecio de eso poco que Dios nos pide hacer, recordemos que sólo haciendo primero lo poco que Dios nos pide hacer de la mejor manera posible, podremos hacer lo mucho que a su tiempo nos pedirá. Además, es clave no olvidar que el Reino de los cielos crece y aumenta, pero poco a poco. El granito de mostaza no crece de un día para otro, crece con el paso del tiempo. La poca cantidad de levadura termina por fermentar las tres medidas de harina, por hacer crecer toda la harina, es decir, poco a poco se va fermentando toda la vida. Por tanto, tengamos paciencia, que las propias caídas y las caídas de los hermanos de la fe no nos decepcionen, que las vueltas al pecado no quiten nuestra lucha, que los humildes intentos que podamos tener por agradar a Dios sean nuestra fuerza y que sepamos esperar el crecimiento de la gracia de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo. Que no seamos presas del desánimo, del desaliento, de la decepción, del mirar sólo la cizaña de nuestro alrededor. Seamos capaces de ver el trigo que también crece a nuestro lado, ¡seamos capaces de animarnos mutuamente!, ¡de siempre darnos una nueva oportunidad!, porque Dios, ¡es Dios de oportunidades! Pero ojo, que él siempre da oportunidades, lo que se acaba es el tiempo para seguir recibiéndolas, por eso aprovechemos ya, y dispongámonos a caminar con él.

2 comentarios:

  1. Al meditar este evangelio, y ver los signos la semilla y la levadura me siento invitada a vivir desde lo profundo desde dentro dónde esta Dios en lo hondo de nuestro ser, así seremos buena semilla y buena levadura, gracias.

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  2. Estimada pensamiento. Con pocas palabras usted a ido a lo central. ¡cuántas veces caemos en el afán de un vivir volcados hacia afuera! pensando que con ello encontraremos a Dios. Lo primero es vivir desde dentro como usted lo dice, sólo así nuestro obrar exterior tendrá la vida, esa de la que Jesucristo habla y que nos encamina para la eterna. Gracias por su comentario. Infinitas bendiciones, mi hermana, mi amiga. Dios la proteja.

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