2 ago. 2014

Integralidad de la vida


DOMINGO 18° TIEMPO ORDINARIO
 
Isaías 55, 1-3
Romanos 8, 35.37-39
Mateo 14, 13-21
 
En la primera lectura de este domingo leemos las siguientes preguntas: «¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia?» (Isaías 55, 2) Sin duda que aunque pobres, todos tenemos bienes materiales, espirituales, corporales, etc. Pero cuántas veces utilizamos mal esa «plata» que tenemos, ese «jornal» que a veces nos hemos forjado en nuestra propia historia con la ayuda de Dios. Todo por querer adquirir algo que no nos conviene o centrarnos demasiado en ello. Es increíble por ejemplo cómo a veces se invierte dinero en cosas que no valen la pena, o incluso que nos inducen al pecado. Otras veces el que se gasta de un modo desconsiderado es el tiempo. Cuántas horas en el internet sin razón de peso, cuánto tiempo frente a una pantalla de televisor, frente a una revista que en realidad no trae más que noticias superfluas. Cuánto tiempo, dinero, cuántas cualidades humanas y espirituales desperdiciadas, a veces por no querer utilizar todos esos bienes en acciones que realmente nos llenan el alma, que nos desarrollan como personas y nos hacen más agradables como hijos e hijas de Dios. 

La Escritura por eso además nos insiste: «Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso». Lo sustancioso. Detengámonos en esta palabra. Lo sustancioso es lo que es fundamento, lo que una cosa es. Lo sustancioso, es aquello que sustenta, es decir, sostiene, porque es la verdad de algo. No sólo una parte de ella sino la integralidad de ella. No la parte que yo llego a conocer o mirar, sino que lo sustancioso me lleva a darme cuenta de todos los elementos que componen una realidad, al menos si no los logró entender en su totalidad, sí llego a descubrir que una realidad no es uno de los elementos que la componen, sino que me doy cuenta de sus varios elementos que la integran. Aplicado a nuestra vida humana, esto quiere decir que es un error anclarnos en un aspecto de nuestra naturaleza humana o en un momento de nuestra vida, porque eso no nos hará ningún bien. Debemos mirar nuestra vida y nuestra condición humana en su integralidad, en su totalidad. Si esto no se tiene en cuenta el ser humano no puede creer ni esperar lo que le puede acontecer y lo que está llamado a ser según el plan amoroso de Dios. Su vida corre el riesgo de quedarse pegada en un punto y no avanzar. Ya sea este punto un momento de su historia, un aspecto de su ser, una inclinación de su voluntad, etc.

La Escritura dice «Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso». Disfrutar con lo sustancioso es el gustar de la vida sin reducirla a una etapa, ni a un momento, tampoco a un aspecto o situación; sino ir a todo lo que ella tiene y es. Y para ello es importante la integralidad o totalidad. El vivir la vida de modo integral, es no quedarse en partes o en algún aspecto de ella, o en algo que en ella acontece. El Autor sagrado se pregunta «¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia?» Efectivamente, este gasto innecesario, este gasto sin sentido ocurre por no vivir y ver la vida en su integralidad, en su totalidad. Perdón la insistencia en esto, pero es algo clave. Esto de vivir la vida en su integralidad significa no quedarnos estancados en un aspecto de ella, sino en ver algo que tenemos o nos pasa dentro de todo lo que ella es. Pues quedarse en un aspecto de la vida es empobrecerse. Sea este aspecto bueno o malo.

Si es bueno y el ser humano se centra sólo en ello, al final esta actitud se convierte en obstáculo para no crecer en otras áreas de igual o mayor necesidad para nuestro ser. Pues nos quedamos anclados en un aspecto de la vida. Y llegamos así a tener una vida disgregada, centrada en un aspecto de ella pero descuidando otros y perdiéndonos de disfrutar de esos otros. Perdiendo la oportunidad de disfrutar de lo verdaderamente sustancioso de esa totalidad de lo que la vida nos ofrece. Ahora bien, si nos centramos en un aspecto negativo de la vida, terminamos hundiéndonos. Sin fuerzas para seguir luchando, pues al no mirar la vida de modo integral, somos incapaces de ver otros horizontes; y al no ver otros horizontes, pensamos que nuestra vida es esa pena, ese sufrimiento. Pero he aquí la maravillosa noticia que nos trae el buscar ver lo sustancioso, o parafraseando la Escritura, el «disfrutar con algo sustancioso». Al disfrutar lo sustancioso de la vida, nos damos cuenta todo lo que ella es, nos damos cuenta de su integralidad, y vemos que ella no es sólo nuestros sufrimientos, vemos que tampoco es sólo ese bien único o bienes en los que nos hemos centrado. La vida es más que ese bien y más que ese mal. Nuestra vida tiene algo mayor, es algo mayor que eso. Y saber esto nos enriquece. Nos ayuda a vivir todos los dones que Dios nos da y a no centrarnos en uno solo. Nos ayuda también a no hundirnos en los males que él permite para nuestro crecimiento, y saber salir de ellos con la fuerza de los bienes que también tenemos. Pues nunca, mientras vivimos en este mundo, en nuestra vida es todo bondad, pero tampoco es todo maldad.

De ahí la importancia de darse cuenta y vivir la vida desde la integralidad, en todo lo que ella es. Con lo positivo y negativo. Ni centrándonos de modo enfermizo en un aspecto de bondad, ni hundiéndonos por uno de maldad. Si no dándonos cuenta que la vida es más rica en bondad que ese aspecto de bondad y es más que eso malo que me acontece. En gran medida es a esto a lo que se refiere el apóstol San Pablo en la lectura segunda de este domingo. El apóstol de los gentiles toma conciencia de que los males de la vida presente no son la última palabra, que lo negativo a su alrededor no es lo único que se hace presente en su vida. Más grande es su amor por Dios y, sobre todo, el amor de Dios por él. El apóstol ha sabido mirar lo más sustancioso y se nutre de ello. Su fe, su esperanza, y su amor cristiano, rebosan de esta visión integral de la vida personal y comunitaria. Sabe que aunque en él y a su alrededor haya mal, esos males no son lo único existente, por eso lucha con fuerza y valentía para demostrar que el mal no es lo único ni más fuerte. De allí su exhortación a no cansarse por hacer el bien (Gálatas 6,9; 2 Tesalonicenses 3,13) y su invitación a insistir a tiempo y destiempo en la lucha por corregir el mal (2 Timoteo 4,2). Pero también en el apóstol se nota cómo la convicción de que ningún bien en esta vida, por grande que sea, puede ser el bien total del ser humano, por eso se atreverá a decir incluso que todo es comparable con basura ante la obtención de Cristo Jesús (Filipenses 3,8).

Esto es así porque el apóstol se ha nutrido de esta sustancialidad, de esta base que le hace comprender que ni el mal es todo, ni el bien que se puede obtener en esta vida lo es todo. La vida del cristiano es más, ¡muchísimo más! Podemos decir que san Pablo logra mirar ese más. Por eso es que hasta cierto punto es bastante comprensible el que se atreva a declarar semejante convencimiento en la carta a los Romanos: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Púes estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8, 35. 37-39). Nada puede apartar del amor de Dios cuando logramos darnos cuenta que incluso el mayor mal que nos pasa no impide que nos acerquemos a él, que nos confiemos en él, que recurramos a él; ni el mayor bien creado que no sea él, puede apartarnos de su amor, pues es camino hacia él. Todo esto porque logramos alimentarnos, tanto en la bondad o maldad de lo que nos acontece, de lo más sustancioso, de aquello que hace que veamos a la realidad en su profundo sentido, y por ello, nada nos impide disfrutar de ese algo sustancioso que siempre tiene nuestra vida.

En el evangelio vemos que en la actitud de Cristo acontece este tipo de visión integral de los hechos de su vida. Jesucristo mira más allá, porque tiene la capacidad de no reducir su mirada a un elemento de su vida, a un aspecto de ella, sea este bueno o malo. Sabe que en medio del mal, hay siempre un gran bien que se gesta. Por eso ante la situación trágica de la muerte de Juan el Bautista, busca reposo, meditar, para con ello mirar también todo en su integralidad, y no quedarse instalado en ese trágico episodio. El evangelio dice: «Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario» (Mateo 14, 13a). Jesús sufre la situación, pero no le abarca, sino que sabe darse cuenta que eso está dentro de algo mayor. Esta actitud viene como confirmada también con su hermoso gesto de amor ante la gente que lo busca: «En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mateo 14, 13b-14). Su actitud no es la de un decepcionado de la vida, de un triste que ya no quiere hacer nada por su decepción. Han matado a Juan, un gran amigo, a quien admiraba, pues era hombre bueno y justo, que prácticamente por hacer el bien le ha ido mal. Jesús sabe que a él le tocará la misma suerte, pero también sabe mirar más allá de todo eso, por eso no deja de obrar el bien que las personas le solicitan. No dejará de predicar desde ahora con mayor fuerza sobre el Reino de Dios y su justicia, aun cuando conoce el corazón cerrado de algunos de los que lo escuchan y de los propósitos nefastos que tendrán por ello para con su persona. Cristo no deja de actuar el bien, no deja de «disfrutar» lo que hace, porque sabe que el mal no lo es todo.


Pero también en el gesto de la multiplicación de los panes vemos esta actitud de Cristo respecto a lo bueno. Jesús no se queda instalado en ese poco de bien que son los cinco panes y dos peces, él mira más y porque mira más, obtiene más. No tiene una visión reducida, sabe que donde hay algo de bien, puede haber más. Y sin caer en una interpretación mercantilista o de negocios sobre este pasaje, el gesto transmite esa capacidad de Cristo de no quedarse en un bien concreto sino en saber darse cuenta que cuando hay fe, esperanza y amor auténticos, pueden verse otros posibles bienes. Pueden «gestarse» otros bienes. Detrás del bien del poco pan y del reducido número de peces, que de hecho era un bien, pero reducido, está el indicio de la capacidad de compartir, de la acción de Dios, del estar juntos, del crecer en fe. Cristo no quiso quedarse centrado en ese bien del poco pan y pescado, quiso hacer ver las posibilidades de otros bienes que también estaban cerca de aquellos hombres y mujeres. Pidamos al Señor, pues, saber invertir bien nuestras fuerzas, nuestros pensamientos, nuestra voluntad. Sabiéndoles invertir en lo que sustenta; es decir, invirtiendo todo nuestro ser, sabiendo que pase lo que pase, nuestra visión debe ser global y no sólo aspectual o momentánea. Sólo así podremos evitar ese error de gastar nuestra «plata» y «jornal», es decir, lo que somos y tenemos, nuestra vida, nuestra persona, en cosas que no nos dan esa integridad en el vivir como seres humanos y cristianos en el mundo de hoy.

2 comentarios:

  1. En la primera lectura descubro, como Dios me habla de no perder el tiempo en cosas que no es de Él , que no busque nada fuera de Él, en la segunda me dice que Nada puede alejarme de Él sólo yo, y en evangelio, me he quedado cuando Jesús toma el pan y lo bendice y lo da a su discípulos para que lo de a la gente, descubro como el se meda a mí para que yo sea pan partido para los demás, es decir ÉL quiere amar a través de mí, y quiere amar en cada uno de nosotros, gracias.

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  2. Pensamiento. Gracias por compartir su meditación. Dios la bendiga. Esta frase, considero es muy profunda "El quiere amar a través de mí, y quiere amar en cada uno de nosotros". Precioso, verdadero, evangélico en cada palabra. Gracias, siempre que pueda no dude en compartir su pensamiento. Un raudal de bendiciones. Mi oración para su persona.

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