27 sept. 2014

Humildad y acción



DOMINGO 26° TIEMPO ORDINARIO

La humildad como guía

La humildad como guía. Así nos presenta el apóstol San Pablo a esta virtud en este domingo. La humildad es guía para no extraviarnos en el embelesamiento del triunfo alcanzado, de la sabiduría adquirida o en las propias cualidades, por buenas que estas sean. La humildad nos ayuda a no perdernos en lo que logramos. El papa Francisco nos lo ha dicho a los sacerdotes: «para ser buen sacerdote no cuenta el currículum sino la humildad». Hace unos meses atrás una persona muy amiga me ha recomendado hacer todo con humildad, de hecho me ha escrito «no se le olvide hacer todo con humildad». Interesante esto de no olvidar lo que hacemos con humildad, puesto que como humanos somos tan frágiles para olvidar que todo lo bueno que logramos no es por mero esfuerzo propio sino ante todo por un don, y olvidar esto es olvidarnos de la humildad. La soberbia, es fuente de extravío, de perdernos en el encanto de lo que vamos logrando sin referirlo a Dios. En estado de soberbia el ser humano se queda sólo con su obra, con su lucha. Se siente grande por lo que ha logrado, pero no logra darse cuenta con toda la conciencia adecuada del caso, quién se lo ha permitido. A lo sumo se llega a una aceptación teórica de que Dios está detrás de todo cuanto se logra, pero siempre pesa más esa idea de que se ha logrado por sí mismo, con el propio esfuerzo. Es en estos casos cuando la persona comienza a ver a los otros con menosprecio, a criticar lo que dicen y hacen, a no escuchar lo que dicen, a no valorar lo bueno que los demás hacen y a no comprender con misericordia lo que otros no han hecho del todo bien. El ser humano inserto en esta esfera, por muchas cualidades que tenga, poco a poco comienza a entorpecerlas, pues la soberbia entorpece lo bueno que somos y tenemos. Lo afea. La soberbia nos extravía, nos pierde en el callejón de un yo sin referencia a Dios y a los hermanos. Nos enrola en una actitud autorreferencial mezquina y limitante, de ahí se entiende la exhortación del apóstol san Pablo en la primera lectura: «no os encerréis en vuestros propios intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Filipenses 2,4).

El apóstol también nos dice en este domingo: «No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás» (Filipenses 2, 3). Entender la humildad como guía significa, pues, que por medio de esta virtud no nos perdemos ni en el triunfo efímero ni en la derrota que pasa. Si no que logramos aceptar con verdad aquello que logramos o no logramos; que nos acontece o no nos acontece. Lo vemos con verdad y lo juzgamos con mirada humilde, es decir, reconociendo los límites y cualidades en su sitio adecuado.

Otra cuestión que nos remarca el apóstol es que la humildad nos hace capaces de considerar a los demás como superiores. A veces lo que hacemos es lo contrario.  Nos presentamos como más sabios, con más experiencia, con mayor valía, con más prestigio que los otros, y esto, de entrada, en lugar de ser camino de unidad, es encierro «en los propios intereses», muro a la unidad. Una de las cualidades más hermosas en una persona es la humildad, pues una persona que posea o no grandes conocimientos, por ejemplo, pero que sea humilde, que acepta sus límites, es una persona que está abierta a los otros, porque se deja ayudar, porque sabe respetar, y por ello mismo, puede ser capaz de ayudar al otro. De tal modo que  este considerar a los demás como superiores no tiene nada que ver con sentirnos menos que los otros, eso no sería humildad. El considerar superiores a los otros, es más bien, un modo de expresar la reverencia y respeto al otro por ser lo que es, una persona, un hijo de Dios. El otro es superior en el sentido que es destinatario de mi cercanía, comprensión, respeto, caridad. Es lo que también recuerda el apóstol: «tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Filipenses 2, 5-7). Como vemos, el considerar superiores a los otros consiste en no caer en esa actitud soberbia de pensar que siempre son los otros los que deben ayudarnos sino en comprender también que yo puedo ayudar, no haciendo alarde de mis propias categorías, esas que a veces presentamos para no hacer el bien al prójimo, «es que yo soy...» «es que yo tengo...»,« por eso no puedo…» «por eso no debo… »¡Pidamos al Señor tan hermosa virtud, pues siempre nos hace falta y siempre podemos crecer cada día más en ella! Y como me decía esta persona amiga, no nos olvidemos de hacer y vivir todo con humildad.

La importancia del actuar

En el evangelio, leemos la parábola de los dos hijos, la cual nos habla de uno que dice a su padre que no irá a trabajar a su viña, y sin embargo va. Y de otro que le dice que sí irá, y luego no va. Nuestro Señor nos recuerda con este ejemplo la importancia de actuar, de no quedarnos en simples palabras o proyectos. Cuántas veces no nos pasa lo del segundo hijo de la parábola, que dice que sí iría a trabajar a la viña y no lo hace. Cuántas veces proyectamos que cambiaremos en esto, en aquello, que haremos esto o aquello otro, pero siempre vamos poniendo excusas, retrasando para después eso bueno que Dios nos ha suscitado que hagamos en nuestro interior. El consejo del evangelio es que hay que actuar. Haciendo algo concreto, para ir edificando ya eso que se nos pide hacer. No decaigamos en nuestra lucha cristiana, pues puede que nos pase como pasa con el primer hijo de la parábola, que con nuestros sentimientos, digamos no, pero digamos sí con nuestra voluntad, actuando lo que Dios quiere que actuemos a pesar de que no lo queramos o no nos guste eso que Dios nos pide hacer en un primer momento.

Es hermoso como la parábola del evangelio de este domingo nos indica cómo aquél hijo que había dicho que no en un primer momento luego dice sí, no con sus palabras, sino con sus hechos, y esto a la larga es lo más importante. No tanto el llenar nuestra boca de promesas sino llenar nuestra historia personal con acciones concretas de bien. Además, recordemos lo que nos dice nuestro Señor: «os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios» (San Mateo 21,31). ¿Por qué? Porque si bien en un primer momento han dicho no, si llegan a ser humildes, reconocerán sus errores y esto le llevará a recapacitar y luego a decir sí al Señor con su vida. De nuevo, el tema de la humildad. Jesús recuerda que podemos cambiar, no importa cuántas veces y de qué modo, por grave que sea, le hemos dicho no con nuestra vida, pues el pecado es un «no» despreciativo a Dios, pero podemos darle nuestro «sí», si cambiamos. Ánimo, pues, que nunca es tarde para cambiar nuestro «no» por un «sí» actuante.

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