2 nov. 2014

Hay un morir que hay que buscar, otro que hay que saber esperar


En la carta a los romanos encontramos esta frase: «Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte» (Romanos 6, 3). Se nos dice «incorporados a su muerte». ¿Pero cuál es esa muerte de Cristo?, sin duda que es aquella que sufrió en la cruz del Calvario. Pero en un sentido más amplio, esa muerte de la que se nos habla en la carta del apóstol San Pablo, puede referirse también a esa muerte que elimina el pecado, no sólo en los otros, sino en la propia persona. Cristo no sólo muere por los pecados sino también al pecado. Morir por los pecados significa que ha dado su vida santa para salvarnos. Morir al pecado significa que ha muerto al mal. De tal modo que cuando Cristo murió en la cruz, antes, durante su vida, había muerto ya al pecado. Y por eso fue capaz de morir también por los pecados. Consideremos brevemente este morir al pecado de Nuestro Señor.

En Cristo hay una muerte al pecado porque hay una vida entregada al Padre, quien es fuente de vida. Por eso esta muerte al pecado de nuestro Señor, no es tanto una cesación de la vida, sino una cesación de un tipo de vida: de esa que se vive en pecado. Cristo en su vida no admite el pecado, por eso decimos que ha muerto al pecado. Pero la palabra «cesación» puede que nos haga pensar que en Cristo hubo un momento en que existió esa vida de pecado, y que luego cesó, es decir, se interrumpió. Pero no es eso lo que queremos decir, porque Cristo, permaneció siempre muerto al pecado y por ello fue capaz y digno de morir por nuestros pecados. Si lo decimos de ese modo es para que ilumine nuestra situación humana, porque en el ser humano sí puede haber esa cesación de un tipo de vida insertada en el pecado. Pero en Cristo no, pues toda su vida es una continua muerte al pecado, ya que siempre buscó y cumplió la voluntad del Padre.

Ahora bien, como los seres humanos, podemos a veces estar insertados en la vida de pecado, por eso estamos llamados a cesar ese tipo de vida, es decir, a morir a ella, para vivir en la vida del espíritu. Por ello, estar incorporados a la muerte de Cristo debe significar para nosotros no sólo el creer en el hecho de la salvación de la que ya hemos sido objeto. Incorporarnos a la muerte de Cristo debe ser también, un luchar por estar muertos al pecado. Como cristianos, estamos llamados a buscar en el día a día, sin desesperación pero con perseverancia, este morir al pecado. Por eso el apóstol dice también: «el que muere ha quedado absuelto del pecado» (Romanos 6,7). Claro que San Pablo no está diciendo que la mera muerte física nos libra del pecado, más bien nos está hablando de esta muerte a la vida de pecado a la cual nos hemos referido. ¿Y cómo se da esa muerte? Rechazando el mal cuando nos adviene la tentación, evitando las ocasiones para no caer y saliendo de él, si hemos caído.

Pero todo esto se logra con la ayuda de la gracia. Y para obtener la gracia conviene orar, conviene reflexionar. Conviene obrar lo que nos manda la Palabra del Padre. Conviene acercarnos a esos medios que Dios nos ha dejado para nuestra santificación como lo son los sacramentos. ¡Cuán abandonados tenemos a veces los sacramentos!, ¡cuán abandonada nuestra vida sacramental auténtica! Conviene por eso también rectificar. Conviene darnos cuenta que es Dios mismo quien nos perdona y nos anima con su misericordia. Conviene valorar que él viene a nosotros en cada eucaristía, aunque muchas veces nosotros pongamos una considerable cantidad de excusas para no buscarle. Pero también conviene no desanimar en esa lucha, pues mientras estamos en este mundo estamos siempre tentados a fijar nuestra mirada y atención, no en lo eterno, sino en lo temporal. Ninguna muerte es fácil, menos la muerte al pecado. Pero recordemos que no estamos solos. Cristo va con nosotros.

Al igual que el profeta Jeremías, quien en medio de la prueba y la desolación por la destrucción de Jerusalén sabe tener esperanza, nosotros también debemos tener esa esperanza de saber siempre luchar para estar muriendo a nuestros pecados. Debemos hacer nuestras esas maravillosas palabras que el Señor inspiró al profeta, cuando dice: «Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien se renuevan cada mañana. ¡Qué grande es tu fidelidad!»(Lamentaciones 3, 21-23). Sobre todo, cuando se nos viene a nuestra mente que es muy difícil morir al propio pecado, pues vemos nuestras caídas o nuestras faltas de perseverancia. Importante es guardar la esperanza. Y también nunca olvidar el sabio consejo de Nuestro Señor «no perdáis la calma»(San Juan 14,1). Que el Señor nos ayude a buscar morir al pecado para saber esperar la muerte que un día nos sobrevendrá, con una actitud llena de fe, esperanza y amor.

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