16 nov. 2014

Seguridad,paz y talentos


Seguridad y paz: tarea y don

Seguimos escuchando en la liturgia una serie de textos que nos hablan de las verdades últimas del ser humano: Muerte, Juicio, Infierno, Vida Eterna, Purgatorio. Hoy se nos habla del Juicio Final. Sin duda, ese día llegará, lo creamos o no. Lo esperemos o no. Eso sí, estamos invitados a no ser inconscientes sobre algo que es parte de nuestra condición humana. Puesto que uno de los peores males es no tomar consciencia de lo que somos y nos espera. Aunque tampoco hace bien caer en ese milenarismo de pensar que el fin del mundo ya está cerca, y con ello, ser presa de una psicosis. Por tanto, ni inconsciencia, ni consciencia enfermiza; sino vivencia consciente de lo que nos espera. Vivencia, porque se trata de vivir todo según la fe, la esperanza y la caridad que Dios nos da para caminar hacia ese día. Consciente, porque se trata de nunca dejar de tener presente todo cuanto hacemos de cara a ese momento.

Llama la atención cómo la palabra de Dios habla de cuándo es que vendrá ese día: «cuando estén diciendo “paz y seguridad”, entonces, de improvisto, les sobrevendrá la ruina» (1 Tesalonicenses 5,3). Si bien esto se refiere al Juicio Final, no podemos dejar de considerar, sin embargo, el hecho de que a veces por querer edificar la propia «paz» o «seguridad» sin fundamento en Dios, antes de que acontezca ese Juicio Final, el ser humano experimenta una «ruina» por adelantado.

Se ha llegado a pensar que la paz y la seguridad se obtienen sólo con la sabiduría humana y que, por eso, no hace falta la fe. El sabio tendría la solución para todos los problemas que la vida le presenta. Lamentablemente no son pocos los que consideran que sólo mediante la sabiduría humana se puede ser feliz. Pero la verdad es que si bien es necesaria la sabiduría humana, ella tiene sus límites. No siempre se puede llegar a conocer y prever todo, para llegar a tener absolutamente afirmadas la paz y seguridad ante los acontecimientos de la vida. Pues como decía Santo Tomás de Aquino, refiriéndose a cada situación de la vida, «nadie es tan sabio que pueda prever todos los casos particulares».

Otras veces, la paz y la seguridad se suele buscar en la tecnología, en el poder sobre los otros, en el dinero, en el reclamo de la propia opinión como verdad que los otros deben respetar, etc. Son tipos de «paz» y «seguridad» que el ser humano busca con anhelo o se le dice que las busque con anhelo y fuerte voluntad, puesto que sólo así, se dice, podrá alcanzarse la felicidad. Pero si notamos bien, en todos estos casos de paz y seguridad que se buscan, esta de fondo la idea de que la paz y la seguridad son algo que el ser humano se da así mismo y que construye para sí mismo, sin ninguna ayuda de Dios. Es más, Dios aparece a veces como estorbando con sus mandamientos, pues hay muchos que piensan que son un límite para la felicidad.

En el ámbito espiritual esta mentalidad afecta más de lo que se puede pensar a primera vista. Pues la paz ya no se concibe como don, la seguridad ya no se concibe como una gracia. Sino sólo como fruto del propio esfuerzo. La paz y seguridad humana son esfuerzo humano, pero también gracia divina. Ambas dimensiones son necesarias, pues «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (salmo 126,1). Por eso, si bien estamos llamados a procurar esa paz y seguridad, tanto en nuestro interior como en nuestro exterior; en las cosas temporales y en las que versan para la Eternidad; en el bienestar para nuestro cuerpo, como para nuestra alma; en la vida de familia, como en la vida social. No debemos olvidar que esa paz y seguridad que buscamos para nosotros y para los nuestros, es también un don de Dios, y como don también se pide, se ora, no sólo se trabaja.

Esto nos ayuda mucho para no ser presas de la desesperación cuando vemos que en medio de nuestras luchas, no tenemos ni paz, ni seguridad en nuestros asuntos o en nuestro ambiente, y menos aún, felicidad. Nos ayudará para no abandonarnos a nuestras solas fuerzas, que son tan limitadas o inconstantes muchas veces. Nos otorgará la paciencia para saber esperar los «tiempos de Dios», pues podemos caer en la impaciencia de pensar que ya es tiempo de tener tal o cual paz y seguridad, o cierto grado de ellas. También, será un auxilio para no ser presa de la angustia, al pensar que no tenemos ni siquiera paz en nosotros mismos; puesto que abriéndonos a esa dimensión de don, llegamos a darnos cuenta que la paz y la seguridad, en nuestro interior, las otorga sólo Dios. A nosotros nos toca buscarlas, aceptarlas y vivirlas.

Cuestión de talentos

Hoy también se nos propone a consideración la parábola de los talentos. La parábola está dentro del marco temático del Juicio Final. Se ha dicho al inicio de esta reflexión que la actitud que debemos tener ante este juicio es la vivencia consciente de lo que nos espera. Una forma que reviste esta vivencia consciente es la de luchar, con la ayuda de la gracia, para dar el máximo de bien en la propia vida. Poniendo al servicio los dones que Dios nos ha dado. Viviendo esos dones, no renunciando a ellos. Sufriendo incluso las consecuencias que lleva a veces el poseerles, pues no son pocas las circunstancias que el tener un don nos exigirá renuncias, incomprensiones, rechazo, o hasta envidia de parte de otros. En fin, se trata de un vivir eso que Dios nos ha otorgado pase lo que pase, teniendo presente que Dios nos lo ha dado a nosotros, pensó en dárnoslo, no para que nos sintiéramos orgullosos y altaneros, pero tampoco tristes o desgraciados por tenerlos.

Lo cierto es que todos tenemos dones (talentos) de diversos tipos. Algunos naturales: el ser mujer, el ser hombre, el ser hijo, padre, madre, el tener un modo de ser, cualidades, etc. Otros quizá son más trabajados, pero siempre son don, pues Dios los permite para nuestro bien y edificación de la sociedad: la propia profesión, oficio, arte, etc. Dentro de estos también hay dones materiales: casa, utensilios, pertenencias, dinero, etc. Hay dones más de la vida del espíritu: virtudes, gracias especiales, carismas, etc. Todos a la larga dados por Dios para bien nuestro y de los demás, para edificación del Reino de Dios. Nadie es tan pobre que no tenga ningún talento. Ninguna persona, por limitada que consideremos que sea, está carente de riqueza. Dios no ha creado «errores», ni seres esencialmente fracasados, muchísimo menos seres inservibles o sin sentido.

La parábola de los talentos tiene este hermoso mensaje: a todos se nos ha dado algo; es más, cada uno de nosotros ya somos en sí un don de Dios. Nadie puede decir no tengo nada que dar, no poseo nada con que ayudar. Esto queda remarcado en la parábola con la imagen de aquel, que si bien no recibió ni cinco, ni dos talentos, pero algo recibió, al menos uno. Claro, la parábola es una figura, porque en la realidad existencial de cada hijo de Dios, de cada hija de Dios, todos tenemos más de un «talento», por muy poco que tengamos. De allí se sigue, que siempre podemos dar algo, y ojo, que ese algo no será nuca poca cosa delante de Dios. A eso se refiere la parábola cuando se le reprocha a uno de los criados: «debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses» (Mateo 25, 27), pues siempre se puede dar, no valen las excusas.
 
Además, Dios no nos pide a todos lo mismo, ni tampoco que seamos calco de lo que otros han hecho. Esto se representa en la parábola con las diversas cantidades de lo devuelto por los siervos que aparecen en escena: uno devuelve 10 talentos, otro 4; incluso al último, el Señor le dice lo que pudo haber hecho, ponerlo en el banco para que ganara intereses. Es decir, cada uno debe hacer lo suyo, cada uno aporta a partir de lo que ha recibido, pero de un modo muy particular. Buscar hacer exactamente lo mismo que otro ha hecho, no es el mejor camino. A cada uno Dios nos pide algo muy propio, aun cuando algo de similitud pueda tener con lo que les pide a los otros. Porque cada ser humano es un don, es una riqueza siempre nueva.

Pidamos, pues, que el señor nos otorgue la capacidad para poder servir con los dones que él nos ha dado. Así tendremos esa vivencia consciente para saber esperar su segunda venida. Pero no lo olvidemos, nos viene a juzgar en el amor, en lo que hayamos hecho de bien por los otros a partir de los dones que de él mismo hemos recibido. ¡Bendiciones!. ¡Feliz y santificadora semana!

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