14 dic. 2014

III Domingo de Adviento



Alegría
 
Hemos llegado al domingo de la alegría, mejor conocido en la tradición litúrgica como Domingo Gaudete (alegraos). Las lecturas nos invitan a impregnarnos de alegría: «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo» (Isaías 61,10). Isaías refleja la alegría inconmensurable de la persona que se encuentra con la bondad de Dios en su vida, aquella persona que no sólo toma conciencia de quién es ella sin más, sino de quién es ella para Dios, para los demás. Con el simbolismo del «traje de gala» y «manto de triunfo» el profeta nos recuerda lo que ya hemos recibido por el bautismo, el ser hijos de Dios. Nuestro «manto de triunfo» no son nuestras estrategias, por buenas que sean, ni lo que tenemos, sino la gracia que hemos recibido y que nos ha permitido obtener lo que tenemos. ¡Si supiéramos lo mucho que hemos recibido! ¡Si supiéramos la grandeza que se nos da por medio de la gracia! Sin duda una de las tentaciones más acentuadas del enemigo espiritual es la de hacernos pensar y creer que somos poca cosa, poquísima. De sentirnos desgraciados, no pobres, sino miserables. A considerarnos como seres llamados para vivir en la monotonía de una vida sin esperanza, sin sentido.

Cierto pensador decía que le preocupaba la gente aburrida y que eran de sumo cuidado las que siempre andaban aburridas. El aburrimiento es signo de insatisfacción, de vaciedad personal. Se aburre el que está vacío, el que no logra ver nada de novedad en la propia vida. El problema no es tener aburrimiento en un momento sino vivir con aburrimiento. Se han creado en nuestras sociedades diversas formas de diversión. Algunas de ellas no siempre adecuadas, incluso hasta moralmente contrarias al propio ser humano. Pero a pesar de ser contrarias son exitosas. Su éxito radica quizá en el hecho de que llenan los momentos. Pues cuando no se vive la vida con una visión global, lo importante son los momentos. El sometimiento a la monotonía provoca el aburrimiento, y el ser esclavo del aburrimiento existencial provoca la dependencia del querer llenar sólo momentos y no la vida entera. Pero antes de este sometimiento, está la pérdida de la libertad auténtica en el desprecio a la esperanza, a la vida en Dios. Porque para quien espera en Dios, ningún minuto es el mismo, hay una novedad que inyecta vigor, que da alegría. Se viven las mismas cosas pero no siempre de la misma manera y, aun si se viven de la misma manera, se tiene presente que son una nueva oportunidad de vivirlas en camino de salvación. La esperanza cristiana nos otorga esa alegría de la que habla el profeta, «me alegro con mi Dios». Es la alegría de saber que podemos triunfar en lo ordinario que vivimos. Y triunfar aquí es tener la capacidad de vivir siempre viendo en cada día que vivimos una nueva oportunidad para crecer, para hacer presente a Dios en nosotros mismos. Es la alegría de saber que Dios es compañero de camino.

La invitación de San Pablo está bajo esta perspectiva cuando dice: «Estad siempre alegres» (1ª Tesalonicenses 5,16). La alegría cristiana no se confunde con un estado de ánimo sino que hace referencia a una condición y a una promesa. La condición de hijos y a la promesa del Reino de Dios. Una promesa que tiene como característica el hecho de que ha sido dada ya en germen y va camino a su plenitud en la vida Eterna. La alegría cristiana no está basada en los éxitos humanos y sociales, en el tener todo bien asegurado. La alegría cristiana no se reduce en estar alegres por lo que pasa sino por lo que somos y podemos ser capaces de hacer para que lo que pasa, pase, y se vaya haciendo presente el reino de Dios entre nosotros, ese que no pasa. Recordemos, también, que la verdadera alegría cristiana no es narcótico que entorpece la mente; tampoco el escape acobardado de la realidad que necesita ser iluminada por nuestra lucha por el bien y la justicia. La alegría de la que se nos habla es la que viene de la esperanza que es capacitadora de cambios no sólo en nuestro interior sino también en lo que hacemos para los de nuestro alrededor.

Testimonio

En este sentido la alegría cristiana no es mero disfrute personal, es también compromiso con el otro. Hoy podemos decir que no sólo es el domingo de la alegría también lo es del testimonio. Pues no puede existir alegría cristiana sin testimonio cristiano. El amargado no es testigo más que de su pobreza interior y amargura. El evangelio nos dice: «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe» (San Juan 1,5-7). «No era él la luz, sino testigo de la luz». Juan es testigo, ser testigo significa no quedarse en la esfera de la mera intelectualidad del acontecimiento de Cristo. Ser testigo no consiste en ser espectador de la desgracia de en rededor. Ser testigo de Cristo es tener experiencia con su persona a ejemplo de Juan el Bautista. Ser testigo es ser agente de la transformación por medio de la gracia de Dios. Claro que para eso es necesario tener muy en cuenta la exhortación del mismo Juan: «Allanad el camino del Señor» (San Juan 1,23). Estar «llanos» es acercarnos con humildad al Dios que acontece en nuestras vidas. Sólo «allanados» podemos encontrarnos con el Dios «allanado», es decir, con el Dios que se hace presente en la humildad de la carne mortal, en la pequeñez y fragilidad de un tierno bebé. Estamos llamados, pues, a ser testigos y testigos alegres del Dios que se hace presente en la humildad de la historia humana. ¡Debemos ser testigos alegres de Dios!, ¡que ha preferido a los pobres!, ¡a los pecadores y a los humildes! Para darles su riqueza, perdón, gracia y grandeza.

De nuevo, se nos vuelve a hacer presente una hermosa relación. La de la vida ordinaria, la esperanza, la alegría y el testimonio. Es en la humildad de la vida ordinaria, allí en lo que hacemos, en lo que luchamos por instaurar el bien, en lo que proyectamos de amor, en lo que se puede manifestar el sentido de todo lo que diariamente vivimos. Pero esto a su vez tiene sentido por la esperanza, es decir, porque logramos darnos cuenta que todo tiene un propósito divino. Esto es fuente de alegría y la alegría nos impulsa a perseverar siendo testigos de esa presencia de Dios en nuestras vidas. Pidamos a Dios que nos dé su alegría, que nos otorgue la virtud de la esperanza, para ser capaces de ser sus testigos.

1 comentario:

  1. ¡ Gracias ! por recordarnos que en lo ordinario de nuestra vida podemos encontrar a Dios, esto me anima a hacer de mi día ordinario uno extraordinario con la presencia de Dios.

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