14 feb. 2015

Elogio de la amistad



En este día de la amistad, que humanamente es, sin lugar a dudas, la virtud más alta de la voluntad humana, y la que más cerca está de la caridad cristiana. Quiero hacer un elogio de la amistad. Amistad, una palabra que, como ha dicho Siegfried Kracauer, es «débil para un contenido desbordante» (Über die Freudschaft, 1971). Y esto sobre todo en nuestras sociedades, en donde en no pocas veces, se banaliza la palabra «amistad». Se les llama amigos a los compañeros de fechorías, a los que callan la verdad, a quienes simplemente me agrandan, a los que simplemente me agradan, por el mero hecho de agradarme. O simplemente, a quienes han aceptado una solicitud de alguna red social. Pero hay que decir que la amistad es algo más profundo y noble. Es la relación interpersonal capaz de brindar el aprendizaje y desarrollo de las virtudes. Es la que capacita, si es verdadera, el desarrollo de todas las dimensiones humanas. Sin amistad sería imposible realmente ser lo que somos, seres humanos. La amistad no es solamente una relación de cuerpos, es relación de personas, provistas de alma y cuerpo. Por eso, es también una relación espiritual.

Cierto es también que los amigos son un don y no algo que nos ganamos, pues cada persona humana es don. No es cierto eso que dicen algunos, «hay que ganar amigos». Los amigos verdaderos se reciben y aceptan, no se ganan. Se ganan adeptos a una idea, a un proyecto socio-político. Pero los amigos, los amigos de verdad se reciben como don del Cielo. Por eso en la Escritura se lee: «Un amigo fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra ha encontrado un tesoro» (Eclesiástico 6, 14). No se nos dice, quien ganó, se nos dice quien encontró, porque se encuentra el don, lo ganado se conquista. Y la amistad no es fruto de una conquista, algo que nos merecemos; es un regalo, algo que  recibimos como presencia del apoyo de Dios en nuestras vidas. Pero claro, una sociedad tan dada a mirar todo bajo la lupa de los derechos y de la autonomía personal, piensa que todo es por mérito propio. Pero hay que decir que lo más grande de la existencia, es siempre un don, y no un fruto del mero esfuerzo humano. Aunque eso sí, el esfuerzo humano debe aparecer para aceptar, desarrollar y conservar ese don. Pero lo más grande siempre es un don. Te enorgulleces de lo que has logrado en tu vida, pero antes de eso debes aceptar que esa vida la has recibido. No se trata de no sentir satisfacción por lo alcanzado con el esfuerzo; se trata de tener, además, conciencia de lo donado, que me ha capacitado para poder alcanzar lo que he alcanzado.

La amistad  no es una utopía, no es algo que sea imposible vivir. ¡¡¡Existe!!!. Y es posible vivir. No caigamos en la trampa. En ciertos ambientes de nuestro mundo humano, con sus concepciones erróneas de la naturaleza humana, ha dejado a la amistad reducida al sentimiento, cuando es muchísimo más que eso. La ha reducido al «amiguismo», que es más una especie de cooperación para el mal, pero nunca verdadera amistad. La han confundido con el «preferentismo» egoísta, cuando es una preferencia que está siempre abierta a los demás, ya lo decía C.S. Lewis, «la amistad muestra una gloriosa "aproximación por semejanza" al Cielo, donde la misma multitud de los bienaventurados (que ningún hombre puede contar) aumenta el gozo que cada uno tiene de Dios» (C. S. Lewis, The four loves, 1960). Los verdaderos amigos son fuente para aprender a valorar mejor a los demás. Otras veces, no se cree posible la amistad verdadera por esa mentalidad mercantilista, en donde sólo vale lo útil para mis ganancias, pues se piensa que si procuro siempre hacer el bien seré un fracasado en cualquier parte. O esa sociedad que valora en exceso una mal entendida excelencia humana. Excelencia que es entendida como aquella capacidad para ser mejor que los otros, pero en detrimento de esos otros, aplastando a esos otros. Esa endiablada voluntad de buscar siempre ser mejor, superior que esos otros, con el grave riesgo de mirar por ello en esos otros a rivales y a enemigos de la propia excelencia. Pero la verdadera excelencia humana no tiene que ver con eso que nos venden. La excelencia humana, mira siempre al otro. La excelencia humana, es según, decía Aristóteles, «vivir según la virtud». Y esa vida según virtud se vive compartiéndola. La mayor riqueza no está en guardarse la vida para sí, sino en tener la capacidad de donarla a los demás. Porque compartir es signo de riqueza. No comparte quien nada tiene, sino quien tiene algo que compartir. Y en la amistad no se comparte sólo algo, sino la propia vida, lo más grande.

Los amigos verdaderos comparten los buenos momentos y los malos momentos. Se animan en lo bueno, se corrigen en lo malo. Se ayudan en las penas, y se alegran en los triunfos. Se advierten los peligros, se alejan de lo nocivo. Saben disfrutar mejor un café juntos, una película, una melodía. Juegan juntos, conversan de la vida, pasean juntos, piensan juntos, ríen juntos, oran juntos. Pero no hacen eso porque sí, sino porque detrás de esas prácticas, desarrollan su capacidad de salir de sí. De trascenderse a sí mismos para volver enriquecidos a su interior, a partir del encuentro con el otro. Por eso, los amigos crean comunidad, y la amistad se convierte no sólo en fuente de virtud, sino también de vivencia humana. Esa que tanto nos hace falta en estas sociedades nuestras. Llamadas modernas y civilizadas, pero donde pareciera que cada quien quiere imponerse, aplastar, y no compartir. No tolerar al otro, en el peor estilo de lo salvaje. Por eso, ojalá nos demos cuenta que la amistad humana sí es posible, no creer en eso también hace imposible creer en la amistad con Dios, pues «el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto»(1 Juan 4, 20).

Es cierto que el supremo amigo es Dios, el más fiel de todos, pero será muy difícil  considerarlo tal, sino no se aprende a tener amigos entre sus hijos, mis hermanos. El camino hacia Dios comienza con el  prójimo. Jean Renoir, decía: «la mayoría de gente contrasta su vida a tenor de los acontecimientos: “fue en el año en que Lindbergh cruzó el Atlántico”, “Fue en el año de la Exposición”; “fue en el año del cine sonoro”. Yo catalogo mi vida por amigos. Cada período de mi existencia ha estado dominado por la figura de un amigo» (J. Renoir, Ma vie et mes films, 1974).  La invitación es esta, a que también nosotros podamos decir y vivir eso de catalogar la propia vida por los amigos. Y sobre todo, claro está, por el Amigo con mayúscula; aquél que es fuente misma de la amistad pura y sincera. Porque «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos»(Juan 15,13). Dios en Cristo, la ha dado. 

Y para terminar, unas maravillosas frases del gran pensador griego Aristóteles, para concluir con este elogio de la amistad. «Sin amigos –dice Aristóteles– nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos parecen tener necesidad sobre todo de amigos; porque ¿de qué sirve esa clase de prosperidad si se la priva de la facultad de hacer el bien, que se ejerce preferentemente y del modo más laudable respecto de los amigos? ¿O cómo podría tal prosperidad guardarse y preservarse sin amigos? Porque cuanto mayor es, tanto más peligra. En la pobreza y en los demás infortunios se considera a los amigos como el único refugio. Los jóvenes los necesitan para evitar el error; los viejos para su asistencia y como una ayuda que supla las menguas que la debilidad pone a su actividad; los que están en la flor de la vida, para las acciones nobles: “dos marchando juntos”, así, están más capacitados para pensar y actuar. […] parece que la amistad mantiene unidas las ciudades, y que los legisladores consagran más esfuerzos a ella que a la justicia: en efecto, la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y es a ella a la que más aspiran, mientras que lo que con más empeño procuran expulsa es la discordia, que es enemistad.» (Aristóteles, Ética a Nicómaco, VIII, 1, 1155ª).

A ustedes amigos y amigas les digo en este día y siempre: «Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes, es decir, en mis oraciones por todos ustedes a cada instante. Y lo hago con alegría» (Filipenses 1, 3-4)

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