6 abr. 2015

Resurrección


Dios en Cristo resucitó para el ser humano, ¡resucitó para nosotros los seres humanos! Sí, ¡¡¡Cristo no sólo murió por amor a nosotros, sino que también resucitó por amor a nosotros!!! He aquí la plenitud de su amor. Esto significa que el amor de Dios es un amor no sólo en el pasado (murió por mí), sino un amor de presente (¡resucitó!, ¡sigue vivo y me sigue amando porque resucitó por mí!).
 
La muerte llegó a Cristo y llegará también a cada ser humano, a cada cristiano, pero el amor rompe los límites de la muerte; y ese amor no es el limitado amor humano, sino el infinito amor de Dios al ser humano. Un amor creador y redentor, un amor audaz y permanente. Dios es Dios de vida, nunca lo es de la muerte.
 
La muerte de Cristo en la cruz manifiesta hasta dónde puede llegar el poder del odio, de la mentira, de la injusticia, del fanatismo, del engreimiento, de un malsano afán de protagonismo, etc. Pero al mismo tiempo, la muerte de Cristo es manifestación de hasta dónde puede llegar la coherencia de vida, la verdad, la humildad, el amor. La Resurrección del Señor, nos indica que sólo pervive la verdad, sólo pervive el amor, sólo pervive la justicia. Porque cuando más se atenta contra la verdad, más llega ésta a resplandecer; cuando más se va contra el amor auténtico, éste manifiesta aún más su grandeza. Cuando más se aplasta al inocente, más llega a resaltar su inocencia.
 
La resurrección de Jesucristo no es mera idea consolatoria, sino la fuente de donde dimana el compromiso por la vida y el sentido de ella. No es terapia mental para soportar momentos difíciles, es la fuente de gracia para afrontar y transformar esos momentos difíciles.
 
¡¡¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN, ALELUYA!!!

"Para entrar en el misterio se necesita humildad, la humildad de abajarse, de apearse del pedestal de nuestro yo, tan orgulloso, de nuestra presunción; la humildad para redimensionar la propia estima, reconociendo lo que realmente somos: criaturas con virtudes y defectos, pecadores necesitados de perdón. Para entrar en el misterio hace falta este abajamiento, que es impotencia, vaciándonos de las propias idolatrías...Sin adorar no se puede entrar en el misterio".  (Papa Francisco, homilía de Pascua 2015)
 


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