18 jul. 2015

Descansando en Él para ser buenos pastores



El texto de Jeremías 23, 1-6 está referido a quienes ostentan un cargo público. Jeremías reprocha, en nombre de Dios, sus políticas egoístas y sus comportamientos alejados del verdadero querer de Dios. Pero si bien el texto se refiere dichas autoridades, eso no exime que puedan aplicarse estas palabras a todos aquellos que en Israel ostentaban una responsabilidad de gobierno o liderazgo para con el otro. En este sentido, también las autoridades religiosas tenían una cierta responsabilidad de «pastoreo» de la cual Dios les pediría cuenta.

Actualizando el mensaje de la primera lectura podemos decir que cada cristiano tiene también una cierta responsabilidad para con el otro; en cierto modo, cada uno estamos llamados a ser pastores, es decir, llamados a cuidar, a alimentar, a curar, a animar, a saber guiar al otro, al prójimo . Pero este servicio solo se puede ejercer siempre y cuando somos también verdaderas ovejas del rebaño de Aquel que es el Buen Pastor. Dios es el verdadero y único Buen Pastor, por eso todo «ejercicio de pastoreo», es decir, todo auténtico servicio al otro solo es posible si imitamos sus gestos, actitudes y acciones. Esto solo es posible si antes somos capaces de ser ovejas que saben escuchar, vivir y compartir su palabra con los demás. Es decir, si somos capaces de dejarnos cuidar por él; alimentar por su palabra y obras; si nos dejamos curar por su misericordia y amor; si nos dejamos animar por su fuerza y alegría; si nos dejamos guiar e iluminar por su sabiduría infinita.

En la segunda lectura tomada de Efesios 2, 13-18, san Pablo nos recuerda: «Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca de los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz» (Efesios 2, 13-14). Todo lo bueno, todo desarrollo espiritual, toda aptitud de acercamiento afectivo y efectivo para con el hermano, no es fruto del mero esfuerzo humano. El apóstol quiere remarcar a la comunidad de Éfeso la gratuidad de todo lo bueno que han alcanzado. Quiere evitar que dicha comunidad caiga en la autosuficiencia, en pensar que todo lo bueno que han logrado y hacen es solo por mérito propio. El apóstol san Pablo quiere evitar que la comunidad cristiana de Éfeso caiga en el engreimiento, o en palabras más actuales del papa Francisco, en «el pecado de la auto-referencia»: ese darle demasiada importancia al “yo hice”, “yo dije”, “yo propuse”, “yo opino”, etc.

Hoy pidamos al Señor que nos guarde en la humildad. Es famosa la afirmación de Santa Teresa de Jesús: «andar en humildad es andar en verdad». En esa verdad que busca siempre que sea glorificado Dios y no la propia persona, que busca siempre lo que Dios quiere. Esa verdad evangélica que nos enseña a saber reconocer que lo más grande de la vida siempre es una gratuidad que viene de lo alto.

Por último, del santo Evangelio (Marcos 6, 30-34), destaquemos uno de los varios puntos que contiene: el descanso. El evangelio nos señala que Jesucristo dice a sus discípulos: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco» (Marcos 6, 31). Es una invitación que se da después de que los discípulos «volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado» (Marcos 6, 30). Si bien en este episodio ni Jesús ni los discípulos pudieron descansar, tanto porque mucha gente los siguió como por la gran disponibilidad de nuestro Señor para quien lo busca, es más que interesante darnos cuenta que muy probablemente esto era parte de una praxis cotidiana que tenían Jesús y sus discípulos.


Descansar, para interiorizar lo hecho y dicho, para examinar lo dicho y hecho, para mejorar y corregir si era necesario eso que habían hecho y enseñado. Descansar para dejar espacio a que sea Dios con su Espíritu el que hable y actúe en el interior, valorando lo que se ha dicho y hecho, lo que sufrimos y nos alegra en nuestra vida. Es un descansar para seguir trabajando. No es un descansar para cansarse más. No es un descansar para abrir la puerta a los demonios interiores y exteriores, sino para abrir las puertas al Espíritu. No es un descansar para caer en la pereza y acedia, sino para levantarnos en la sana diligencia y en renovado ánimo.

Vivimos en un mundo agitado, lleno de informaciones, de trabajos, de problemas que son como una especie de lluvia incesante que pareciera que ahoga aún más nuestra capacidad para «retirarnos a un sitio tranquilo» (Marcos 6,31). Vivimos tan pendientes de tantas cosas. A veces aun cuando no tenemos situaciones críticas o difíciles, son tantas las cosas que nos impiden retirarnos a ese sitio tranquilo: televisión, noticias, redes sociales, un uso excesivo del teléfono, actividades familiares y laborales, la falta de voluntad para descansar en Dios, nuestra propia falta de fe, etc. Todo ello ahoga esa posibilidad de descansar, de interiorizar, de encontrarnos con el Buen Pastor de nuestra vida.

Este retirarse a un sitio tranquilo, más que un lugar es una actitud de cara a Dios. Es un buscar estar con él, un poner todo en sus manos, un examinar todo desde él; ya que él es el único que tiene la última palabra de todo cuanto trabajamos, sufrimos, proyectamos y padecemos. El evangelio es una dulce invitación a ser conscientes de la necesidad que tenemos de saber descansar, pero de descansar en el Buen Pastor, ese del que nos ha hablado el salmo 22: «El Señor es mi Pastor, nada me falta: En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: Tu vara y tu cayado me sosiegan». Porque solo descansando en él se renuevan las fuerzas, se corrigen los errores, se potencia lo bueno que se ha hecho, se curan las heridas que van dejando el caminar y el trabajo, se sanan todas las enfermedades.

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