25 jul. 2015

En las manos de Dios hay abundancia

 
El texto de San Juan 6, 1-15, nos transmite la escena de la multiplicación de los panes. El evangelista indica que «se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos» (S. Juan 6, 1-3). La gente sigue a Jesús porque en él veían «señales» de cercanía para quienes sufrían. Jesús no permanecía indiferente ante el sufrimiento de los otros, de allí que se nos diga que la gente lo seguía «porque veían las señales que realizaba en los enfermos». ¡Cuántas enfermedades padece también hoy el ser humano! Enfermedades que no solo debilitan el cuerpo sino también la mente y el espíritu. Enfermedades que no solo están en el cuerpo, también las hay en el pensamiento y en el espíritu. En este sentido, también nosotros como cristianos estamos invitados a ser portadores de «señales» para con nuestros enfermos de hoy. La indiferencia ante el sufrimiento del otro, ante el dolor del prójimo, es un veneno que mata. En no pocos rincones y estratos de nuestras sociedades de hoy no solo abunda sino que sobreabunda la indiferencia. Como cristianos estamos llamados a no ser portadores de indiferencia sino de «señales» de cercanía para quienes padecen las diversas manifestaciones de la enfermedad. Jesucristo con su ejemplo nos invita a ser portadores de señales para con nuestros enfermos de hoy. Esas «señales» pueden ser señales de justicia, de amor, de comprensión, de ánimo, de escucha, de apoyo, etc. Quizá no logremos sanar totalmente, pero sí sanar siempre algo; no podremos explicarlo todo; pero sí dar sentido a lo que agobia.

El Evangelio también transmite un gesto interesante: «Al levantar Jesús los ojos y ver que venía mucha gente, dice a Felipe: "¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?"» (S. Juan 1, 5). El evangelista se detiene en este detalle: Jesús levanta su mirada y ve a la gente. En esta mirada levantada de Jesús podemos advertir que él no tiene su mirada centrada para sí, él levanta sus ojos hacia los demás. Es una mirada que no solo busca estar pendiente del propio yo (que sería tener una mirada baja, inferior, porque es una mirada egoísta), sino que levanta su mirada para acercarse con respeto y caridad a los demás. Esta mirada de Jesús no es una mirada superficial, sino una mirada que logra darse cuenta de las necesidades que tiene aquella gente que contempla frente a él. Porque Jesús no mira tendenciosa o maliciosamente a las personas, las mira contemplándolas con un amor puro y con el deseo de ayudar. Es desde esta actitud que surge la pregunta « ¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». No solo ve a las gentes, ve también en ellos las necesidades que tienen. Esto en gran medida explica por qué Jesús en el último momento de su vida dijo «todo está cumplido» (S. Juan 19, 30). No solo lo dijo porque moría por amor, sino porque había vivido por amor y amando. Dando lo mejor de sí para los demás, viendo en los otros que amaba no solo objetos, sino a sus amigos, personas a quien podía ayudar y amar.
 

Por otra parte, la pregunta de Jesús « ¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?» No expresa que él no sabía qué hacer ante aquella situación de necesidad. El mismo texto evangélico dice también que «se los decía para probarles, porque él sabía lo que iba a hacer» (S. Juan 1, 6). Es decir, Jesús quiere que el ser humano sea protagonista de su salvación. Que con su creatividad busque solucionar las dificultades que se le presentan. Ahora bien, si para alcanzar soluciones en la vida no debe esperarse que todo lo haga Dios, tampoco eso significa que pueden ser alcanzadas sin su ayuda. Jesucristo quiere sacar una enseñanza para sus discípulos a partir de aquella dificultad que se les presenta.
 
Ante aquella dulce pregunta del Maestro, surgen las respuestas de sus discípulos. La primera respuesta es la de Felipe: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco» (S. Juan 1, 7). Es una respuesta que podríamos decir está basada en los recursos económicos. Felipe reflexiona que incluso invirtiendo mucho dinero en comprar pan no solucionaría el problema. Lo positivo de la respuesta de Felipe es que advierte que la mera economía no solucionará el problema. El tema de las finanzas es importante en la vida del ser humano, pero lo más grande de la vida no se puede obtener por la simple estrategia financiera: amistad, salud, paz, tranquilidad, respeto, renovación interior, sentido del dolor y sufrimiento etc. no son riquezas comprables, son el fruto de un don de Dios. Desde la respuesta de Felipe podemos considerar esta gran verdad. Sin embargo, la repuesta es incompleta, pues solo nos hace ver lo que no se puede hacer y no lo que puede hacerse ante tal situación. Por lo mismo, el problema no se soluciona.

Hay una segunda respuesta, la de Andrés, quien responde diciendo «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero qué es eso para tantos?» (S. Juan 1, 9). Ahora la mirada se centra no en lo que se puede comprar sino en lo que se tiene, en los recursos con los que se cuenta. De nuevo, la respuesta no es completa. Andrés se fija en lo que tienen, dos panes y cinco peces; sin embargo, es una respuesta que mira solo la pobreza que se tiene y no lo que se puede llegar a tener a partir de ese poco.

El texto termina con el gesto de Jesús de tomar el pan y los peces, símbolo de que no se trata de solucionar ciertas situaciones esperando a tener todo los medios posibles, sino a tomar lo poco con lo que se cuenta poniendo la confianza en el Padre, que hace crecer todo con su bendición. El texto de San Juan narra con detalles aquel momento: «Dijo Jesús: "Haced que se recueste la gente." Había en un lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los partió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: "Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda. "Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido» (S. Juan 1, 10-13). Jesús agradece lo poco que el muchacho tiene y de eso poco Dios Padre hace comer a muchos.Cuando ponemos nuestro poco, Dios pone su mucho. Cuando ponemos nuestra pequeñez necesitada en las manos de Dios, todo se engrandece y se sacia. Lo que parece insuficiente, se vuelve suficiente; lo que parece una pobreza, se convierte en riqueza; lo que parece un obstáculo, se convierte en una oportunidad; lo que parece causa de tristeza, se transforma en fuente de gozo y alegría; lo que parece sin sentido, es lo que nos hace valorar lo que más importa en la vida; lo que parece muerte es principio de vida; lo que parece imposible, puede llegar a ser posible; lo que parece el fin de algo, es apenas el comienzo de algo nuevo.

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