9 ago. 2015

Cuestión de pan

 
Elías sufre la injusta persecución de la malvada reina Jezabel, que lo busca para matarlo. El profeta huye para salvar su vida. Después de caminar por el desierto y estando cansado se recuesta, y sintiéndose sumamente frustrado por su situación exclama: « ¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» (1 Reyes 19,4). El gran profeta se siente triste, frustrado, sin ganas de luchar. El texto también añade que «se echó bajo la retama y se durmió». Elías ha perdido la fuerza, él ánimo para seguir caminando. Prefiere su muerte a seguir caminando para salvar su vida.

Ante este desolador panorama el texto del libro de los Reyes relata que por ello Dios envía a su ángel: «De pronto un ángel lo tocó y le dijo: “¡Levántate, come!” Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”». (1 Reyes 19, 5-7).

Es esta una escena que puede seguir siendo en cierto modo muy actual. ¡Cuántas veces no nos sentimos como el profeta! ¡Cuánta pena, cansancio, tristeza experimentamos en ciertas circunstancias de la vida! La vida misma se vuelve en ocasiones una pesadez, una especie de tortura diaria por todo lo que en ella nos toca sufrir. Como Elías, pareciera que lo único que queremos es morir o quedarnos dormidos para no experimentar nada negativo, pues incluso el vivir o estar despiertos se convierte en una especie de terrible agonía.

Pero centrémonos en un detalle. El profeta escucha por dos veces la invitación de comer aquél misterioso pan, en la primera ocasión lo come pero se vuelve a tumbar. Por eso se hace necesaria la segunda invitación del ángel de Yavé, que le anima nuevamente a comer pero le recuerda que debe comer para caminar, no para dormir. El camino es superior a sus fuerzas y por eso debe comer de aquel pan. Este pan no se come para dormir, se come para vivir, para despertar, para caminar hacia el Horeb, símbolo de lugar donde Dios habita.

En el texto del Evangelio según San Juan, Jesús es criticado por haber dicho que es «el pan bajado del cielo». Ante la negativa de los judíos de aceptar tal verdad, Jesucristo reafirma que lo es, y añade todavía otro detalle más, que es el «Pan de Vida». Jesús se presenta como ese pan que da vida, pero no la vida física, de ese tipo de vida proveía el maná, por eso Jesús recuerda a los judíos que los israelitas murieron: «Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron» (S. Juan 6, 48). Pero el pan del que Jesús habla es de otro tipo. Él es el pan que da alimento de sentido, alimento de valor, alimento que capacita para ofrecer la propia vida, por eso es el «Pan de Vida» (S. Juan 6, 35). Es el alimento que nos ayuda mirar todo lo que somos y tenemos de otra manera. Es un pan espiritual. Un pan capaz de sostener y transformar el mundo: «Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (S. Juan 6, 51).

Siguiendo con el texto sobre Elías y aplicando la noción de «pan de vida» de la que se ha hablado, podríamos llegar a decir que también el pan eucarístico, que es Jesús mismo dado en alimento para nuestra vida, no debe ser algo que nos adormile, que nos lleve a tumbarnos en la cama de la pereza, de la falta de compromiso, de entereza por trabajar por el reino, etc. Eso sería concebir nuestra relación con Cristo eucaristía como mero cumplimiento de un requisito simbólico. Sería caer en una actitud que nos llevaría a pensar que bastaría solo con asistir a la eucaristía y comulgar para ser buenos cristianos

La verdadera espiritualidad eucarística conlleva contemplación, adoración y acción. La auténtica espiritualidad eucarística lleva consigo avanzar, seguir caminando, solo así podremos llegar a nuestro propio monte Horeb. A nuestra salvación. El texto indica que «Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios».( 1 Reyes 19, 8). Una sana espiritualidad no se queda en la comunión sacramental, sino que de ella estamos llamados a partir para poder realizar las obras que alimentan los cambios en nuestros entornos. Por lo mismo, estamos llamados no solo a recibir el Pan de Vida, sino también a ser nosotros un pan de vida para nuestros hermanos, ya con nuestras ideas, actitudes, gestos o acciones.

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