2 ago. 2015

El recuerdo enfermizo


Suele decirse, según la sabiduría popular, que «recordar es vivir»; sin embargo, esta máxima no es absoluta, pues depende mucho su verdad del tipo de recordar al que nos referimos. Así por ejemplo, si el recordar al que nos referimos impide avanzar hacia el futuro, si nos imposibilita desarrollar nuestra vida, se podría decir más bien que recordar es morir.

En la primera lectura del domingo XVIII del Tiempo Ordinario (Éxodo 16, 2-4.12-15) se nos presenta una escena en donde el pueblo de Israel reclama a Dios, a través de Moisés, el que los haya sacado de Egipto: «¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Vosotros, en cambio, nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre» (Éxodo 16, 3). La queja se dirige en primer lugar hacia los elegidos de Dios, Moisés y Aarón, pero en último término el reproche va también dirigido a Dios. El pueblo se niega reconocer todos los prodigios que el Señor hizo para sacarlos de Egipto. El olvido de la acción de Dios en su pasado les hace cerrarse a las del futuro, y el deseo roza lo absurdo: «ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto».

El pueblo prefiere morir en Egipto, es decir, morir en la esclavitud, que seguir luchando por su libertad. El recuerdo enfermizo consiste en recordar los tiempos de esclavitud, y verlos como mejores que los tiempos en los que se lucha por la libertad. En un sentido más espiritual podríamos decir que esta misma tentación puede anidar en nuestra vida cristiana. Podemos llegar a pensar que es mejor la esclavitud del pecado, que nuestra continua lucha por obtener la libertad de los hijos de Dios. Es la preferencia por estar anclados en los recuerdos de aquello malo. Anclados en el recuerdo del pecado que nos hace preferir la muerte y no la vida.

Este estar volviendo al recuerdo de los beneficios que se obtenían en el período de la esclavitud, es lo que lleva al pueblo de Israel a tener una falta de fe en Dios: creen más en lo poco que la esclavitud les daba, que en lo que Dios promete darles. La falta de fe les lleva, a su vez, a una desconfianza en el futuro: el pueblo piensa que es seguro solo lo que han vivido y no quieren abrirse a lo que pueden llegar a vivir. La desconfianza, además, les lleva a la desesperación, a esa pérdida de esperanza, pues solo se fijan en lo que no tienen, en los males que padecen y no en lo que Dios puede obrar por ellos. Y todo esto, finalmente, les lleva a las murmuraciones, es decir, a las quejas contra Dios.

Situación similar acontece también en el corazón del hombre y de la mujer que se centra en los recuerdos de sus pecados, que no se libera totalmente de ellos, sino que los anhela en su interior. Su fe se hace débil, su confianza en poder salir adelante decrece, su desesperación aumenta y sus quejas son como un torbellino que le hunden cada vez más en una especie de agonía prolongada que le lleva a la tristeza y a la ansiedad sin razón.

De allí la importancia de tener presente que Dios nunca abandona a nadie. El texto del libro del Éxodo termina diciéndonos que El Señor dijo a Moisés: «Mira, voy a hacer llover pan del cielo para vosotros. El pueblo saldrá todos los días a recoger la ración diaria, a fin de probarle si camina según mi ley o no. “He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: a la tarde comeréis carne, y a la mañana os saciaréis de pan; así conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios”» (Éxodo 16, 4-5). Dios no abandona a su pueblo, tampoco nos abandona a nosotros, su nuevo pueblo. Aun cuando seamos infieles con él, el permanece siempre fiel. Pidamos hoy al Señor tener la capacidad de reconocer que más que desear volver a nuestro pasado pecaminoso, seamos capaces de afrontar nuestra lucha por el bien con ánimo y valentía. Pidamos no ceder a la tentación, a veces muy atractiva, de querer volver a nuestros pecados, a nuestros criterios muy personales, sino que nos volvamos hacia la sabiduría del Señor, a renovarnos en él. Es lo que nos aconseja en cierto modo el apóstol: «debéis despojaros de vuestra vida pasada, del hombre viejo, corrompido por las concupiscencias engañosas, renovaos en vuestro espíritu y en vuestra mente y revestíos del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdadera» (Efesios 4, 22-24).

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