27 sept. 2015

No al encerramiento, no a la idolatría de las riquezas, no al mal

No encerrarnos en nuestros "grupos"
La Iglesia la construimos todos. Cada persona, cada grupo, cada movimiento, cada asociación no es «la Iglesia», sino que juntos formamos la Iglesia de Jesucristo. Tanto en la primera lectura (Números 11, 25-29) como en el santo Evangelio (S. Marcos 9, 38-43. 47-48), se nos invita a considerar este punto. Cuando nos creemos mejores que los demás, cuando consideramos nuestro grupo como superior o mejor que el de los demás, es entonces que nos alejamos del mandato de amor de Nuestros Señor (S. Juan 13, 34ss.). De la unidad, que es un fruto del amor de Dios presente en nosotros (S. Juan 17, 21-23).
En la lectura del libro de los números se nos presentan dos hombres, Eldad y Medad, que sin ser parte del grupo de los que estaban junto con Moisés, profetizan. El texto indica que Josué, hijo de Nun, le pide a Moisés que les prohíba profetizar. A lo que Moisés responde: «¿crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor» (Números 11, 29). La actitud de Moisés es digna de admiración y de mucha enseñanza. En él observamos una apertura de espíritu, capaz de reconocer el bien de donde venga. Capaz de valorar ese bien, sabiendo que en último término todo bien viene de Dios. Similar actitud es la que observamos en Jesús. El texto de Marcos es un paralelismo con el del libro de los Números. Juan le dice a Jesús que le han prohibido a un hombre que expulse los demonios en el nombre del Señor. ¿El motivo?, por no ser “de los nuestros”, explica el mismo Juan (S. Marcos 9, 38). De modo muy semejante a como había respondido Moisés a Josué, Jesús responde a Juan: «No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar de mi» (v. 39).
Nuestro Señor remarca también la bondad de esa actitud de apertura al bien, venga de donde venga. La enseñanza mosaica del antiguo testamento sobre este tema es reafirmada por la enseñanza del Mesías. Es como un recordar, confirmar. La apertura del espíritu nos sugiere abrirnos a la aceptación gozosa del bien, incluso si ese bien no viene de mi grupo, de mi sistema de ideas, de mis preconceptos. Ante la verdad del bien, estamos siempre invitados a tener una actitud de apertura, sin prejuicios mentales, culturales, e incluso, sin prejuicios religiosos. Jesús había dicho «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Juan 8, 32). El bien está íntimamente unido a la verdad. No hay bien sin verdad. Por lo mismo, el cristiano está llamado a valorar y aceptar el bien, venga de donde venga. Quedarse anclado en los propios grupos de personas, de ideas, de actitudes personales por el miedo a que la verdad y bondad me venga de alguien que no es de mi grupo, de mi cultura o profesión, sería caer en un grave error. La apertura del Espíritu es también apertura a los demás, apertura a la verdad de la bondad.
La idolatría de las riquezas
Las riquezas por sí mismas no pueden ser consideradas como un pecado. El pecado consiste más bien en el apegamiento a esas riquezas, en la codicia de ellas, en el deseo desordenado de avaricia. En la injusticia que se comete con el afán de obtener dinero y más dinero. En ese empobrecimiento de la vida interior por un deseo imperioso de alcanzar riquezas. En el desprecio de los otros, en el aplastamiento de la dignidad de los otros, con tal de obtener las ganancias necesarias para el propio yo. Es de este tipo de obtención de riqueza de la que habla Santiago con voz de denuncia: «Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de enmohecidos y su moho será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos» (Santiago 5, 1-3). Pareciera que en algunas sociedades si hay dinero hay felicidad, todo es bonancible; si no lo hay, todo es crisis. En muchas otras se mata, se explota, se margina, se pierde la sensibilidad por los más pobres, porque el corazón está lleno de ese espíritu idolátrico en favor del dios dinero. Pero Jesús fue claro y enfático, sin medias tintas, por mucho que a veces queramos suavizarlo: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lucas 16, 13; Mateo 6, 24). ¡¡No se puede!! Es imposible.
El beato Oscar Arnulfo Romero se preguntaba a este respecto: « ¿qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro. Y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios. ¡Qué sacrificios enormes se hacen ante la idolatría del dinero! No sólo sacrificios, sino iniquidades. Se paga para matar. Se paga el pecado. Y se vende. Todo se comercializa. Todo es lícito ante el dinero». (Homilía, 11-09-77). Pero el arzobispo mártir todavía va más allá cuando indica que si bien no todos los males, pero sí muchos de ellos, son provocados por esta idolatría al dios dinero: «La marginación, el hambre, el analfabetismo, la desnutrición y tantas cosas miserables que se entran por todos los poros de nuestro ser; son consecuencia del pecado; del pecado de aquellos que lo acumulan todo y no tienen para los demás». Aunque no todos los males, pues también él mismo habla de que otra parte viene por la falta de lucha por hacer y construir el bien: «y también del pecado de los que, no teniendo nada, no luchan por su promoción, son conformistas, haraganes, no luchan por promoverse» (Homilía, 9-10-1977). Sin duda, esto también es verdad, pues con la excusa de no tener oportunidades se entra en esa lógica del dios dinero que lleva a matar, a irrespetar al otro con tal de no luchar por forjar oportunidades. Los pobres a veces también son presa de esta idolatría.
El mensaje del arzobispo salvadoreño se inserta dentro de la línea de los santos padres. Ya San Ambrosio decía «¡Ay ricos! ¿Hasta dónde pensáis llevar vuestra codicia insensata? ¿Es que sois acaso los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expulsáis de vuestras posesiones a los que tienen vuestra misma naturaleza y reivindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? [...] Cuanto más tienes más deseas. Y aunque lo adquirieras todo seguirías siendo un indigente: pues la avaricia se inflama con el lucro en lugar de extinguirse» (Libro de Nabot el israelita, PL 14, 765ss). San Basilio por su parte «La mayor parte de los ricos no pone tanto afán en tener dinero por razones de comida y vestido, sino que el diablo se ha dado buenas mañas en sugerir a los ricos infinitos pretextos para gastar; de modo que se busca lo inútil como necesario y nada les basta para sus necesidades imaginarias.» (Homilía contra los ricos, PG 31, 280ss). San Jerónimo denunciaba “Con razón habla el evangelio de riqueza injusta, pues todas las riquezas no tienen otro origen que la injusticia y no se puede uno hacer dueño de ellas a no ser que otro las pierda o se arruine. [...] Por tanto, si tienes más de lo que necesitas para vestir, distribúyeselo a los que no tienen y reconoce que eres deudor de ello”. (Carta a Hebidia). Los ejemplos pueden ser aún más, pero esta pequeña muestra nos pone de manifiesto que esta conciencia se encuentra desde los mismos inicios de la Iglesia. Pidamos hoy al Señor para que la idolatría del dinero no siga construyéndose más altares en los corazones de los hombres y mujeres de hoy.
El saber cortar eso que nos impide avanzar
Según leemos en algunas historias de barcos que tienen el riesgo de hundimiento, una de las cosas que conviene hacer es tirar al agua lo innecesario o menos importante. Con el fin de salvaguardar la vida, conviene hacer el sacrificio de deshacerse de ciertas cosas. De algo similar nos habla el evangelio de hoy: «Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga» (Marcos 9, 43-48). El evangelio es una invitación a examinar nuestra conciencia sobre aquello que estamos llamados a tirar, a cortar en nuestra vida. Quizá se nos pide cortar ciertas actitudes, ciertas palabras, o modos de proceder en la vida. Quizá se nos esté pidiendo despojarnos de esa visión sin fe que tenemos de las cosas y de lo que nos acontece. Tal vez se nos pide que cortemos ese modo de juzgar a los demás, sin misericordia, sin actitud creyente. O quizá se nos pide cortar relaciones que nos pueden estar llevando al pecado, cortar acciones que nos impulsan llevar un desorden y congoja en la propia vida. Quizá se nos pida cortar esa pereza que me impide orar, que me impide conocer más de Jesucristo. Tal vez se me pide cortar ese pensamiento de lo malo que he hecho y que no me deja sentirme en paz. Cortar con esa culpabilidad enfermiza, que me esclaviza y no me acerca a la misericordia de Dios. ¡Son tantas «manos, pies, y ojos» que estamos llamados a cortar! Solo si cortamos lo que debemos cortar, entonces podremos verdaderamente avanzar. Hoy podamos a nuestro Dios nos conceda la capacidad de detectar aquellos que debemos cortar para no anular o limitar en nosotros la gracia de Dios

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