26 abr. 2016

La cautividad interior

 
En uno de los salmos, concretamente en el 102, se lee: «se ha inclinado Yahveh desde su altura santa, desde los cielos ha mirado a la tierra, para oír el suspiro del cautivo, para librar a los hijos de la muerte» (Salmo 102, 20-21). El texto nos muestra a Dios como liberador, atendiendo el suspiro triste del cautivo. Si bien el pasaje se refiere a esa cautividad física, lo cierto es que no existe sólo ese tipo de cautividad. Muchas veces el corazón del ser humano es prisionero de muchas cárceles interiores. Cárceles que provocan cautiverios que llevan a la tristeza, a la pérdida de la paz interior, a la angustia, y a una ansiedad sin límites que nos puede llevar al sin sentido y a no ver horizontes alentadores. El cautiverio más triste y destructor no es el que le puede acontecer al cuerpo, sino aquel que le sucede a la razón, a la voluntad, a los afectos, a los sentimientos y emociones, en una palabra, a nuestra alma. Ese cautiverio viene para el ser humano por culpa del pecado propio o del pecado de los otros. Pero es aquí donde debemos saber confiar en aquel que se ha inclinado desde su altura -como ha dicho el salmista-, ya que no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Y se ha inclinado para oír el suspiro del cautivo. Pero tal oír no es inoperante, Dios escucha al ser humano en sus diversos cautiverios para librarle de ellos, de allí que también se nos diga que tal escucha es para librar a los hijos de la muerte. Dice de la muerte porque hay cautiverios que matan. Matan la ilusión, la esperanza, la alegría de vivir, la fuerza de luchar, el entusiasmo por  alcanzar nuevas metas, la capacidad de perdonar, la valentía de saber pedir perdón.
 
El texto del salmo 102 nos muestra, de modo muy gráfico, la actitud misericordiosa de Dios para con quien experimenta cautiverio cuando dice: se ha inclinado Yahveh desde su altura santa, desde los cielos ha mirado a la tierra, para oír el suspiro del cautivo. Texto de una belleza profunda y sin igual. Dios no es aquel que se queda «allá arriba», viendo cómo se pudre y se deshace nuestra vida, sino que se abaja; se abaja a la pobreza del culpable para quitarle su culpa; se abaja a la condición de aquel que por culpa de otros se siente sin paz, sin amor, sin presencia en este mundo. Dios baja de «su cielo». Y esto es así porque como dice otro de los salmos, concretamente el 69: «Porque Yahveh escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos» (Salmo 69, 33-34).
 
No nos quedemos, pues, en nuestras cárceles interiores, como pueden ser: la cárcel del recuerdo de lo tortuoso, en la cárcel del pasado no superado, del presente no aceptado y del futuro que se espera con recelo; en la cárcel del afecto enfermizo, del espíritu sin fe; en la cárcel del resentimiento, del odio; en la cárcel de una voluntad sin razón y en la de una razón sin voluntad, etc. Escuchemos a aquel que quiere liberarnos de tantas cosas negativas que subyacen en nuestro interior. Él se abaja para escuchar nuestro lamento y condición, pero también es necesario que nosotros nos elevemos, por medio de la fe, para saber escucharle a Él; para poder ser liberados y curados por su presencia interior en nuestras vidas.

3 comentarios:

  1. Esto que nos brinda tiene una enorme significación para mí. Permítame que le cuente: hace una buena cantidad de años -unos treinta-, antes de descubrir mi vocación de padre de familia, de laico en este mundo, fuí religioso de la orden de la Merced. Como sabrá, el núcleo de su espiritualidad es precisamente el corazón redentor de Cristo, y María de Nazareth como Madre redentora de cautivos, de todas las cautividades, hasta dar la vida por ello.
    Esos valores felizmente persisten conmigo hasta el día de hoy, y por eso cuando vuelvo a leer cosas en esa sintonía no puedo dejar de espejarme ni tampoco de emocionarme.

    Le agradezco de corazón por esto.

    Le envío, querido hermano, un gran abrazo

    Paz y Bien

    Ricardo

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  2. Gracias amigo y hermano Ricardo. Hermoso lo que nos comparte. Unidos en la oración y en una misma fe. Un gran saludo.

    Estimada Ven. Gracias a usted por su testimonio. Gracias por su entrega de vida. bendiciones.

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