4 abr. 2016

Para actuar la misericordia

Ser cristianos no consiste solamente en evitar el mal, sino ante todo en hacer el bien. El cristiano verdadero no es solo aquel que evita ofender a los demás, sino aquel que en primer lugar busca hacer el bien a los demás. Por eso el apóstol Santiago se pregunta «hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe?» (Santiago 2, 14) Y la respuesta es que no, pues «la fe: si no produce obras, está muerta» (Santiago, 2,17). Esta idea está también presente en el evangelio de san Mateo. Dios no nos juzgará esencialmente por lo que sabemos, ni por lo que creemos, sino por lo que hicimos de bien a partir de la fe que tenemos (Cfr. San Mateo 25, 34-36). Cristo nos juzgará según las obras. De allí la importancia de practicar las obras de misericordia. Que no son solo una forma de evitar el mal, sino una de las mejores formas para evitarlo, porque la mejor manera de evitar el mal es haciendo el bien que se ha de hacer.
El papa Francisco, nos ha dicho en su carta para este Año de la Misericordia: «Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Papa Francisco, Misericordiae vultus, n.15). Siguiendo este anhelo del papa colocamos a continuación una breve enumeración de ellas para su posterior reflexión personal.
Según la tradición cristiana, las obras de Misericordia, llamadas también obras de la caridad, son 14. Siete corporales y siete espirituales. Manifiestan el reinado de amor de Cristo entre nosotros, mediante el buen trato de unos con otros.
Obras de misericordia espirituales
1. Enseñar al que no sabe. Consiste en enseñar al prójimo todo aquello verdadero, y por ende bueno, que podamos enseñarle. Nadie lo sabe todo, todos sabemos algo que al otro le puede ayudar para su bien espiritual o corporal. El evangelio nos presenta a Jesús enseñando en las Sinagogas o a las orillas del Lago (Cfr. S. Mateo 4, 23; S. Lucas 4, 14; S. Lucas 5, 1-11). También mandando a sus discípulos a que enseñen todo lo que les ha mandado (Cfr. S. Mateo 28, 19-20). Ya en el libro de los Proverbios aparece esta obra de misericordia, cuando se aconseja: «muéstrale al niño el camino que debe seguir, y se mantendrá en él aun en la vejez» (Proverbios 22,6). Enseñar la verdad al que no la conoce es la primera obra de misericordia espiritual, porque aquí se esconde una de las tendencias más nobles del ser humano: conocer la verdad.
2. Dar buen consejo al que lo necesita. Otra forma de ser misericordiosos entre nosotros es aconsejar a nuestros hermanos. Esta segunda obra de misericordia se desprende en parte de la primera, pues consiste en aconsejar con la verdad. Se necesitan de cristianos que aconsejen bien, es decir, con verdad y bondad. Por eso San Pablo dice «que la palabra de Cristo habite y se sienta a gusto en ustedes. Tengan sabiduría para que puedan enseñar y aconsejar unos a otros» (Colosenses 3,16). Es tan importante la acción de aconsejar que el libro de los Proverbios dice: «cuando no hay dirección, el pueblo va a la deriva, la salvación depende del número de los consejeros» (Proverbios 11,14) Por eso se advierte: «miseria y vergüenza para el que rechaza los consejos» (Proverbios 13,18)
3. Corregir al que se equivoca. Es la llamada corrección fraterna. Se hace con amabilidad y dulzura, de preferencia en privado (Cfr. Mateo 18, 15-17). Es una santa obligación que tenemos cuando vemos que podemos ayudar diciendo que algo no está bueno. Si callamos nos toca aquello de “hechor y consentidor, pena igual”. No se trata de obligar a la gente a corregirse, pero sí a invitarlos. San Pablo dirá: «hermanos, si alguien cae en alguna falta, ustedes, los espirituales, corríjanlo con espíritu de bondad. Piensa en ti mismo, porque tú también puedes ser tentado» (Gálatas 6,1). Es decir, debemos corregir con humildad, pues nosotros también podemos caer. Con humildad, porque también nosotros necesitaremos que alguien en ocasiones nos ilumine el sendero de la vida. Nadie debe pensar que jamás se puede equivocar, más bien todos debemos tener disponibilidad para saber corregir y apertura para ser corregidos.
4. Perdonar al que nos ofende. En el Evangelio se narra una parábola sobre aquel empleado del rey a quien se le perdonó mucho, y que él no fue capaz de perdonar a su hermano lo poco que le debía. Por eso el rey lo castigó duramente con una pena muy difícil. Jesús al final de la parábola dice: «lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, si cada uno no perdona de corazón a su hermano» (S. Mateo 18, 35). Nos gusta que nos perdonen, que no nos digan nada cuando hemos fallado, ¡pero somos tan duros para perdonar!. Le damos vueltas y vueltas a lo que nos han dicho o hecho. Sin duda el perdón no es algo sencillo y fácil. Contrario a como se pensaba en ciertos ambientes de la antigüedad o a como llegó a pensar más de algún autor moderno (F. Nietszche), el perdón no es fruto de la debilidad. No perdona el débil, perdona quien es fuerte y grande de corazón. Perdonar no es solo liberar, sino también liberarse; no solo es dar, también es recibir. Jesús por eso recomendó perdonar siempre (Cfr. S. Mateo 28, 21-22). Porque quien no perdona sigue siendo esclavo del daño que le han causado.
5. Consolar al triste. En Isaías leemos «Consuelen, dice Yahvé, tu Dios, consuelen a mi pueblo. Hablen a Jerusalén, hablen a su corazón» (Isaías 40, 1-2). Ser indiferente ante el dolor humano es un pecado. Estamos llamados a consolar a quien sufre con nuestros gestos, palabras, acciones. A veces el consuelo será por medio de una visita a un enfermo, otras veces escuchando a quien sufre un mal, otras veces el consuelo lo daremos por medio de nuestra oración. Estamos llamados a consolar, a ejemplo de «Dios del que viene todo consuelo» (2 Corintios 1,3).
6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás. Ningún ser humano es perfecto. Todos tenemos defectos y cosas que deseamos que los demás nos comprendan y nos ayuden a quitar. Por eso, una obra de misericordia consiste en sufrir con paciencia los defectos de los demás. Es bueno corregir al que se equivoca, como ya se vio, pero debemos también soportar los defectos de los otros. A veces solo criticamos, nos burlamos de los demás. De allí que la Sagrada Escritura nos diga: «Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3,13) Y también: «lleven las cargas unos de otros, y así cumplirán la ley de Cristo» (Gálatas 6,2). La falta de paciencia ante los defectos de los demás, no solo es incapaz de ayudar a erradicarlos, sino que empeora a veces tales defectos.
7. Rogar a Dios por los vivos y los difuntos. La oración verdaderamente cristiana no sólo pide por las propias necesidades, pide también por las necesidades de los demás. Esta obra de misericordia consiste en orar por quienes están vivos. En este sentido se nos pide: orar por los enemigos: «bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan». (Cfr. S Lucas 6, 28); orar unos por otros: «reconozcan sus pecados unos ante otros y recen unos por otros para que sean sanados» (Santiago 5,16); orar por quienes anuncian el Evangelio: «Por lo demás, hermanos, rueguen por nosotros, para que la palabra del Señor prosiga su carrera y reciba honor, como pasó entre ustedes» (2 Tesalonicenses 3,1) También consiste en orar por los difuntos: A ejemplo de Judas Macabeo, que ofreció el sacrificio por los muertos, pues «si no hubiera creído que los que habían caído resucitarían, habría sido inútil y ridículo orar por los muertos. Pero él presumía que una hermosa recompensa espera a los creyentes que se acuestan en la muerte, de ahí que su inquietud fuera santa y de acuerdo con la fe. Mandó pues ofrecer ese sacrificio de expiación por los muertos para que quedaran libres de sus pecados». (2 Macabeos 44-45).
Obras de misericordia corporales
1. Dar de comer al hambriento. Compartir el alimento cuando alguien necesita es una gran obra de caridad. Muchos estamos pobres, pero otros están peor. Jesús nos da ejemplo de dar de comer a quien tiene hambre. El multiplicó los panes y peces para que comieran todos los que le escuchaban, con eso no indicaba que no solo debemos orar por los demás, sino darles de comer si podemos (S. Juan 6, 5-13). Y nos recuerda en San Mateo 25 que cuando damos de comer a un hermano, es a él a quien damos de comer: «pues tuve hambre, y ustedes me dieron de comer» (S. Mateo 25, 38).
2. Dar de beber al sediento. En primer lugar esta obra de misericordia se refiere a la sed física de agua, pero en un sentido más profundo se refiere además a esas diversas “sed” que puede tener el ser humano: sed de Dios, sed de amor, sed de respeto, sed de alegría, sed de compañía sincera y respetuosa, sed de amistad, etc. Todo eso que hagamos para saciar a nuestros hermanos es a Cristo a quien se lo hacemos. Saciamos en cierto modo aquella sed suya que nos revela el evangelio: «tuve sed, y me dieron de beber» (S. Mateo 25, 35).
3. Vestir al desnudo. Jesús dice en su evangelio: «me faltó ropa, y ustedes me la dieron» (Mateo 25,36). Si bien no podemos vestir a todos los pobres, pero se trata de compartir desde lo poco que tenemos. No dar lo que no sirve, sino aquello que casi no ocupamos. O dar, si podemos, algo nuevo para una persona pobre. No se trata de dar siempre, pero sí de ayudar a quien está en una condición peor que la nuestra. El no vestir al desnudo se considera como un pecado que atrae muchos males, como queda de manifiesto en el relato en el que el hijo de Noé, Cam, no vistió a su padre que estaba embriagado y desnudo (Cfr. Génesis 9, 18-27). Una interpretación rigorista y puritana del texto puede llevarnos a pensar que Noé, por haberse emborrachado, no merecía ser vestido por su hijo Cam, pero la caridad se hace a aquel que lo necesita, no se hace solo a quien la merece.
4. Dar posada al forastero. Jesús dijo: «anduve como forastero, y me dieron alojamiento» (Mateo 25:35). En la medida en que podamos acoger a un hermano en la casa, por alguna razón, debemos hacerlo. Esta obra de misericordia en la actualidad se puede considerar como desfasada, sin embargo sigue siendo actual. En un sentido espiritual, se nos exhorta a tener una actitud abierta de ayuda hacia aquellos que necesitan un techo digno, a los emigrantes, a aquellos que aun cuando luchan por vivir en espacios adecuados, no logran alcanzar ese objetivo.
5. Visitar a los enfermos. Dice el Señor: «estuve enfermo, y me visitaron» (Mateo 25,36). Esta obra de misericordia, entre las corporales, es una de las que más posibilidades tenemos de hacer. Sin embargo, cuántas veces en nuestras comunidades hay muchos enfermos que nadie les visita. El documento de Aparecida nos recuerda que: «Cristo envió a sus apóstoles a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, verdaderas catedrales del encuentro con el Señor Jesús» (Documento de Aparecida, n. 417). Es interesante como llaman los obispos latinoamericanos a los enfermos, «verdaderas catedrales del encuentro con el Señor». Es cierto que estamos llamados a encontrarnos con Cristo en la Eucaristía, en las capillas e iglesias de nuestros pueblos, pero no olvidemos que también no debemos dejar de encontrarnos con Cristo en cada enfermito y enfermita. Allí también están esos «sagrarios vivientes» en donde Cristo se hace presente. Esos «cristos» crucificados en la «cruz» de su enfermedad.
6. Visitar a los presos. El Jesús en el evangelio exclama: «estuve en la cárcel, y vinieron a verme» (S. Mateo 25:36). Esta es una obra de misericordia que estamos, como cristianos, invitados a realizar. Sin embargo, debemos hacerla de modo ordenado y obteniendo los permisos adecuados. En principio, es una de las obras de misericordia que no es tan sencillo realizar por el hecho de las normativas legales establecidas, pero siempre que se nos dé una oportunidad, es bueno visitar a los presos. De todos modos, si no podemos visitarles, sí podemos orar por nuestros hermanos internos, por su conversión, por su renovación interior. Dios no rechaza a nadie.
7. Enterrar a los muertos. La dignidad humana es muy grande. Por eso, incluso muerto, el cuerpo de un ser humano merece sumo respeto, pues resucitará al final de los tiempos. En la Biblia hay varias narraciones donde se enterraban a los muertos. Se nos habla, por ejemplo, del entierro de San Juan, el Bautista (Cfr. S. Marcos 6, 21-29); de Lázaro, el amigo de Jesús (Cfr. S. Juan 11); del entierro de Jesucristo, dirigido por José de Arimatea y Nicodemo (Cfr. S. Juan 19, 38-42). En todas estas escenas bíblicas se percibe ese respeto por los muertos, por su dignidad. Enterrar a los muertos, entonces, no es solo un gesto de amabilidad y de apoyo a los familiares. Es una obra de caridad que estamos llamados a practicar. Dicha obra manifiesta nuestro amor cristiano, tanto a los familiares y amigos del difunto, como al difunto mismo.

2 comentarios:

  1. Ven. Gracias a su persona. Bienvenida. Que la paz del Resucitado inundo su corazón y su vida. Bendiciones.

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