16 nov. 2016

Situaciones problemáticas


¡Quién en la vida no ha experimentado problemas! Desde nuestra primera infancia experimentamos problemas. Cuando éramos niños experimentábamos el sufrimiento por causas de diversa índole: por la pérdida de nuestro juguete favorito, porque alguien nos dijo o hizo algo que nos dañó, por la ausencia física de un ser querido, etc. Si bien es cierto que algunas de estas experiencias pueden ser demasiado infantiles, lo cierto aquí es que desde niños hemos experimentado situaciones problemáticas. Ante ellas cabían dos opciones: o bien afrontábamos, sobrellevábamos y hasta superábamos aquella situación, y con ello, terminábamos alcanzado cierto grado de madurez; o bien buscábamos escondernos, nos encerrábamos en nosotros mismos y nos hundíamos, y con ello, dábamos cabida en nosotros a un trauma más.

Y esto es algo que vivimos en diversa y mayor escala durante toda nuestra vida. A medida crecemos, seguimos experimentando situaciones que pueden quitarnos la paz, la tranquilidad, la serenidad. Conscientes o inconscientemente los problemas nos dañan y acongojan. En definitiva, nos quitan la presencia actuante de Dios, pues Dios no actúa en un alma acongojada. Pero como ya se dijo, ante los problemas solo caben dos opciones, dejar que nos hundan o debiliten; o hacer de ellos unas catapultas para crecer y fortalecernos.

La Sagrada Escritura nos invita a tomar la segunda opción. El apóstol Pablo después de experimentar sendos problemas y sufrimientos exclama: «la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2 Corintios 4,17). Es decir, el problema, por grave que parezca, no es lo más grande junto a nosotros. El problema no es para hundirnos sino para producir un caudal de gloria. Por otra parte, la carta de Santiago recuerda: «Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento». (Santiago 1, 2-3). De nuevo, la prueba es presentada no como fuente de desgracia sino de perfeccionamiento de la fe. También, ante un estado presente de tribulación o de problemas, la Carta a los Hebreos aconseja: «No pierdan ahora su confianza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitan paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hebreos 10, 35-36).

Y las citas pueden ser más. Y muchas veces no es que no lo sepamos, el problema es que solo lo sabemos. Nos solemos olvidar con facilidad que creer en Dios no consiste en conocer un cúmulo de verdades o dogmas, sino pensar, experimentar y proyectar la propia vida desde esas verdades. Necesitamos creer como hijos y discípulos, y no como meros alumnos. Solo así tendremos una fe que impregne pensamientos, sentimientos, actitudes y acciones.

La escritora holandesa Corrie ten Boom, que estuvo recluida y sufriendo en un campo de concentración nazi, llegó a decir: «Si miras al mundo, te afligirás. Si miras tu interior, te deprimirás. Pero si miras a Cristo, ¡reposarás!». ¡Reposar!, para saber vivir la tribulación. ¡Reposar!, para saber afrontar con Cristo. Reposar, que no significa de ninguna manera no hacer nada y dejarse aplastar, sino tomar conciencia de que todo es posible teniendo la mirada fija en él que fortalece nuestras debilidades: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4,13). Solo así podremos luchar con entereza y serenidad; solo así no nos hundiremos. Solo así podremos, incluso, hacer realidad el consejo paulino: «den gracias a Dios en toda situación, porque esta es la voluntad para ustedes en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5,18)

2 comentarios:

  1. Los problemas son, frecuentemente, las herramientas con las que Dios nos adapta para cosas mejores. gracias, un abrazo fraterno.

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  2. "Herramientas con las que Dios nos adapta a cosas mejores". ´Definitivamente. Me ha ce reflexionar el hecho que problemas llegamos a tener todos. Es una realidad tan universal que no puede existir solo por existir. Bendiciones. Un abrazo en en Señor.

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