18 ene. 2017

Esfuércense


«Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán». (Lucas 13, 24) 

La salvación es un don. El don de Dios tiene que ver con la felicidad, pero no siempre con la facilidad. Esto incluso es así con los dones más grandes de la vida humana. Los hijos, por ejemplo, son un don maravilloso para los padres, pero eso no quita la inmensa cantidad de situaciones que en ocasiones se han de sortear para realmente valorarlos y vivirlos como lo que son: un don divino. Pues son un don, y por serlo, son también una tarea. La vida misma es un don, nadie ha comprado su propia vida. Sin embargo, cada uno es testigo que el don de la propia vida implica no pocos esfuerzos para desarrollarla como tal, y a muchos incluso, les cuesta una serie de grandes sacrificios el solo hecho de conservarla.

El esfuerzo del que habla Jesucristo tiene que ver con ese espíritu de fortaleza que no cede ante la adversidad; que no deja de perseverar ante la tribulación; que no se rinde nunca ante la caída; que no cae en la desesperación ante el error. Es un esfuerzo que nos adentra en la dinámica de lo más noble, permanente y verdadero. Nos saca de ese acomodamiento interior que no nos deja avanzar y lograr otros objetivos mayores. Que estuvo presente en los grandes personajes de la Historia de la Salvación: en la salida de Abraham hacia la tierra de Canaán cuando dejó la comodidad de su patria, familia, hábitat conocido; en la liberación de Israel que lideró Moisés para sobreponerse a la adversidad del faraón, al acostumbramiento del pueblo a su situación de esclavitud. Esfuerzo es lo que hubo también en la vida de los profetas, para no sucumbir ante las tentaciones de lo fácil y de lo políticamente correcto de su tiempo, y lograr así ser esa luz que iluminaba, ese brazo que daba ánimo, esa voz que hacía presente la cercanía de Dios. Esfuerzo hubo en los apóstoles para llevar la buena nueva ante un mundo totalmente paganizado. Y la lista puede seguir. El esfuerzo, pues, es lo que capacita al ser humano a dar el salto de calidad, a elevar de nivel su vida.

Es cierto que la salvación es un don, pero también es cierto que ese don no se puede recibir si no hay ese esfuerzo por estar capacitado para recibirlo. Vendría bien, por tanto, preguntarnos cuánto esfuerzo es el que ponemos en cada cosa que hacemos, en cada situación que vivimos, en cada lucha que tenemos. Recordando que «el Reino de los Cielos sufre violencia, y los esforzados lo arrebatan» (Mateo 11, 12).

1 comentario:

  1. Gracias, lo intentare con la gracia del Señor.Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa. Gracias un gran saludo.

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