El mandamiento del amor y las idolatrías contrarias


El problema del mandamiento del amor: ¿es el amor una obligación? 

El amor es el acto más noble que el ser humano puede practicar. Así, por ejemplo, el amor se advierte como más grande que el conocer, que la sociabilidad o el trabajo. El amor es superior a todo esto, porque de muy poco o nada -y hasta puede ser un mal- tener un conocer, una sociabilidad y un trabajo sin amor.

Un conocer sin amor te vuelve engreído y altanero, sin escucha y empatía para con el otro; una sociabilidad sin amor te hace egoísta y utilitarista, pues toda relación cae en lente del mero interés, y los otros importan solo en la medida sirven para los propios beneficios individuales; por último, un trabajo sin amor esclaviza y ultraja la dignidad humana, pues solo sirve quien trabaja, solo cuenta quien aporta, solo vale quien hace esto o aquello. De allí que se haga clave entender el amor como un mandato. Y como aquel que es el principal de todos.

Que el amor sea un mandato significa, no tanto el hecho de que sea algo que se obligue. Sería absurdo hablar de amor obligado. El amor verdadero, para que sea amor, ha de ser libre. Entonces, ¿qué significa que el amor es un mandamiento? ¿y el principal de todos?, puesto que ante la pregunta del escriba: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? (Marcos 12, 28), Nuestro Señor Jesucristo responde: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser […] Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Marcos 12, 30-31 ). El amor es para Jesús el mandamiento máximo.

Conviene aclarar que la palabra mandamiento aquí no significa obligar, significa necesidad. Sin amor el ser humano no puede verdaderamente desarrollarse, no puede ejercer ninguna virtud humana. Sin amor todo lo que se vive, se hace y se padece, se empobrece. El ser humano necesita del amor para vivir como tal y para desarrollarse. Pero podríamos preguntarnos: ¿si el amor es una necesidad, no es eso dejar de tener libertad? No, porque no toda necesidad quita la libertad, al menos no aquellas necesidades que nos sirven para vivir y crecer como lo que somos y estamos llamados a ser y a realizar en nuestra vida. El amor es un imperativo para el ser humano como imperativo le es respirar para vivir. Nadie que respira, por esa necesidad física de respirar, pierde su libertad. Lo mismo pasa con el amor. Necesitamos del amor como el pulmón necesita del aire, las venas de la sangre, el niño del aprendizaje primero, el físicamente débil del que tiene más fuerza. Porque sin amor el ser humano decrece, se afea y afea, se corrompe y corrompe, no crece, ni avanza, no alcanza su plenitud. Sin amor no puede vivir su trascendencia.

Así como la acción de respirar hay que hacerla siempre, pues de lo contrario hay muerte, así también la práctica del amor ha de ser perenne, sino el ser humano muere en su vida más profunda. No se trata de amar cuando solo se quiere o gusta, cuando conviene por placer o utilidad personal. El amor verdadero ama siempre, porque amar es comprometerse, es hacer el bien pasa lo que pase. Venga lo que venga. Amar es perdonar sin límites, sobre todo cuando los demás ponen límites por doquier. Amar no es querer al otro por el beneficio que obtengo de su persona, sino quererlo como lo quiere Dios, quererlo como es y ayudarlo a ser como está llamado a ser. Amar es existir para el otro y nunca dejar que el otro deje de existir para mí. Es vivir y desvivirse por el bien auténtico y no por el que se piensa que es el bien auténtico. Amar es revestir y vivir con sentido todo cuanto existe. Por eso es un mandamiento y es el primero de todos.

Las idolatrías versus amor a Dios y al prójimo: un aporte de San Óscar Romero 

Ahora bien, este amor del que nos habla Jesús no es el mismo amor propuesto por el mundo sin Dios. El amor propuesto por el mundo es un amor que tiene que ver más con el endiosamiento del sentimiento agradable, del placer egoísta o con la mera beneficencia individual. Contrario a esto, el amor propuesto por Jesús tiene como fundamento la escucha a Dios y al otro, de allí que lo primero que incluye la respuesta de Jesús es el recuerdo de la Shemá judía: «Escucha, Israel». Shemá, es decir, escucha, porque sin escucha es imposible entender y atender al otro; sin escucha no es posible amar a Dios ni al prójimo. ¿Y qué es lo que hay que escuchar? Hay que escuchar el fundamento de todo amor. Y es el siguiente: «el Señor nuestro Dios es el único Señor» (Marcos 12, 29; Deuteronomio 6,4).

Aquel que sabe darle su lugar a Dios, y no lo confunde con su creación o con uno de sus bienes, puede tener el orden de amor adecuado que todo ser humano necesita. De lo contrario, el ser humano es presa de una serie de esclavitudes del interior a las cuales la Escritura Sagrada llama idolatrías: el considerar como dios algo que no es dios. De aquí proviene todo desorden y todo ultraje a Dios y al hombre. Pues sin el fundamento de amor, no se ama con verdad.

En este sentido, en su homilía del 4 de noviembre de 1979, el santo arzobispo de San Salvador, San Óscar Arnulfo Romero, enseñaba que había cuatro idolatrías que hacían mucho daño al mandamiento del amor dado por Jesucristo a la humanidad. Y como estas idolatrías siguen siendo muy actuales, los traemos para nuestra consideración.

La primera es la idolatría del tener o de las riquezas. El santo salvadoreño enseñaba que «la idolatría de la riqueza que hace consistir la verdadera grandeza del hombre en “tener” y se olvida que la verdadera grandeza es “ser”», va contra aquella verdad evangélica que proclama que «no vale el hombre por lo que tiene, sino por lo que es». Además, consideraba que «mientras no se conviertan los idólatras de las cosas de la tierra al único Dios verdadero, tendremos en esos idólatras el mayor peligro de nuestra propia patria». Y es que para el santo obispo la idolatría de la riqueza trae consigo el subdesarrollo moral «que es la codicia, la avaricia, la envidia, el querer tener más, el querer subyugar a los otros bajo mi riqueza. En eso consiste el mayor subdesarrollo moral, porque la idolatría destruye al hombre y ofende a Dios».

Esto sigue siendo actual, la idolatría de las riquezas ha hecho que Dios y todo lo que tiene que ver con él sea despreciado. No importa Dios, no importa el ser humano. Parece que el hombre y la mujer busca llenarse solo de tener y tener, se ha olvidado de ser. La crisis del ser no es algo teórico o banal, es algo real y concreto. El ser humano, hecho para ser en Dios, busca llenarse con un consumismo embrutecedor en donde lo que importa es el ídolo del dinero y de los bienes efímeros. En tal situación es imposible un amor verdadero.

La segunda idolatría es el poder o seguridad. San Óscar Arnulfo Romero exhortaba: «el ídolo del poder, sobre todo, cuando ese poder se ha llamado seguridad nacional [...]Se desorienta la noble función de la Fuerza Armada que, en vez de servir a los verdaderos intereses nacionales, se convierte en guardiana de los intereses de la oligarquía, fomentando así su propia corrupción ideológica y económica […] Entonces tenemos la omnipotencia de esos regímenes, el desprecio del individuo y de sus derechos, la total falta de ética en los medios para lograr sus fines, la seguridad nacional, sarcásticamente se convierte en la inseguridad...».

El santo obispo se refiere a la seguridad de un estado puesta al servicio de un grupo,  pero en cierto modo esta seguridad es la pretendida también por el hombre de nuestros días, el cual quiere forjarse a espaldas de Dios. Una seguridad nacida de su orgullo y de su confianza puesta en sus bienes y alcances científicos. Una seguridad que no busca basarse en Dios, sino en el hombre y en lo que por él mismo puede alcanzar. Una seguridad así confía solo en sus fuerzas o naturaleza, y en tal postura no se puede amar, ni a Dios ni al prójimo, pues amar es confiar en el otro. Pero no se puede confiar en el otro cuando la confianza está en el propio poder o dominio que se pueda ejercer sobre los demás.

La tercera es la idolatría de la organización: «Lo hemos dicho mil veces: que la Iglesia defiende este derecho del pueblo de organizarse. Pero que, naciendo con fines tan nobles, se puede prostituir también en una falsa adoración cuando se absolutiza, cuando se considera como valor supremo la organización y ya se subordina a ella todos los otros intereses, aunque sean del pueblo. Ya no interesa el pueblo sino la organización. Son idólatras también». Si bien San Óscar se refería a las organizaciones populares, su doctrina es para todo tipo de organización que cae en el error colectivista. Así, por ejemplo, en nuestros días hay grandes organismos e instituciones internacionales, pero que lamentablemente en lugar de promover al ser humano, ideológicamente buscan no reconocer su esencia, no respetar su naturaleza, olvidándose con ello de la verdad de cada persona humana. O tras veces, parece que la persona individual es solo un número más de un sistema o de una organización, en la que importan más los proyectos que las necesidades de los sujetos individuales. Y esto pasa hasta en la misma Iglesia, se invierte más tiempo en la construcción de un templo que la atención a los enfermos; en la ejecución de un proyecto pastoral, que en la escucha de las personas; en que salga bien tal o cual actividad, que atender a las personas, etc. Es la idolatría de la organización que nos deja sin amor.

Por último, la cuarta idolatría denunciada por San Óscar Arnulfo Romero es la idolatría del sexo o placer. Decía el santo salvadoreño: «hay otros ídolos más vergonzantes que los que se acaban de mencionar, y son el ídolo del placer, el ídolo del sexo, el ídolo de los vicios. ¡Cuántos hombres están ahora al margen de todo lo que está pasando en la patria! No les importa el bienestar, sólo les importa el placer carnal, el darse gusto ellos, el egoísmo, el hedonismo. Todo esto, hermanos, es una idolatría tanto más perniciosa cuando más vergonzosa sea. Va acabando con la fidelidad de los matrimonios, con la nobleza de la fecundidad humana, con la grandeza de la maternidad de la mujer. ¡Cuántos sacrificios de los verdaderos valores a este ídolo del sexo y del placer!».

En nuestros días, esta idolatría ha encontrado tierra fértil en una campante y abusiva industria como la pornografía, y en una ideología antinatural y anticientífica como la llamada ideología de género. Aquí el sexo es desvinculado de su relación íntima con el plan familiar-procreativo, es desvinculado del amor. Para la ideología de género hay una gran diversidad de géneros, y en ellos se puede disfrutar con libertad, con tal de no ofender a terceros, del sexo sin restricciones y sin ningún tipo de norma moral. Aquí se busca el máximum del placer a toda costa, e incluso con la bandera de la tolerancia se escudan promoviendo leyes que obligan a los otros a promover y a no ir contra de esta actitud y mentalidad. Es el dios sexo, el ídolo del placer en su esplendor y defendido lamentablemente por algunos académicos con cátedras de universidad. Pero lo cierto es que también en esta visión tan fragmentada de la sexualidad el ser humano no ama ni a Dios ni al prójimo, menos a sí mismo. De allí que se haga necesario evangelizar en el amor verdadero. La propuesta de Jesús al hablar del amor como mandamiento se inserta en esta lógica.

P. Enrique Barrera

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