Primer Domingo de Adviento



Adviento es la esperanza en la aplicación de la justicia. Esto queda manifestado en la expresión del profeta Jeremías al anunciar la venida del Mesías: En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra (Jeremías 33, 15). El Mesías es quien justifica y quien da la verdadera justicia a los seres humanos. Es decir, quien santifica por la aplicación verdadera de lo que es justo. De allí que esperar en el Mesías es esperar en un mundo más justificado y justo. Pero esperar en el modo cristiano tiene un particular significado, esperar es trabajar con la confianza puesta en la gracia de Dios para que todo resquicio de injusticia sea erradicado de nuestra vida y entorno.

Todos los seres humanos anhelamos justicia. Esto es así, por ejemplo, a escala personal-familiar, muchas de nuestras quejas o disgustos son porque tal persona no hizo lo que debía de hacer, no dijo lo que debía decir, no se comportó como queríamos que lo hiciera o como consideramos que debía hacerlo. Porque tal otra dijo algo que, según nosotros, no debía decir, y que, por lo mismo, nos hirió; o porque hizo algo que creemos que no debía haberlo hecho, etc. Pero esto no solo ocurre en el plano personal y familiar, lamentablemente la escala mayor está a nivel social. Hay tanta injusticia social, hay tanto lugares, ambientes de nuestro mundo que necesitan la presencia del Mesías, es decir, necesitan que se haga justicia en ellos. Nuestras tristezas muchas veces vienen a partir de estas injusticias sufridas o esparcidas a nuestro al rededor. Y si bien es cierto que es muy noble luchar contra la injusticia, hemos de ser conscientes de que tal lucha se puede revestir de una cruel venganza. Ante esta situación, la expresión «el Señor es Nuestra Justicia» (Jeremías 33, 16), quiere indicar de algún modo que el ser humano es incapaz de aplicar con verdad perfecta la justicia, pues quien es “Nuestra Justicia” es el Señor, el Mesías; sin embargo, eso no significa que se ha de esperar todo de Dios. Significa más bien que los parámetros a seguir para hacer justicia no son los meramente humanos, sino también aquellos que brotan de Dios. Es curioso cómo la historia de la humanidad confirma esta verdad. No son pocas las veces en que en nombre de la justicia para unos se han cometido injusticias para otros. Esto es así porque el ser humano juzga desde su mente, muchas veces enferma y limitada, de allí que ha de abrirse a un nivel de juicio superior, aquel que viene de Dios. Esto es juzgar las cosas, las circunstancias, las personas según Cristo, según Dios y no solo según el criterio humano.

Por otra parte, el tiempo de Adviento se presenta también como un tiempo de liberación: verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. (Lucas 21, 27-28). El ser humano es un ser libre y necesitado de liberarse. Hay realidades que siempre nos podrían terminar esclavizando (pensamientos, actitudes, personas, bienes materiales, etc.). En este tiempo de Adviento, como preparación para la venida del Señor, se nos exhorta a tener muy presente que se acerca nuestra liberación. Jesucristo es nuestra liberación. La liberación personal, espiritualmente hablando, no viene dada por la mera adquisición de una serie de actitudes del carácter, viene dada en primer lugar por la presencia de Cristo en la propia vida. A mayor presencia de Cristo, mayor liberación. En la medida Cristo viene más a mis circunstancias, situaciones, anhelos, problemas, mayor es mi libertad; de lo contrario, todo me termina esclavizando.

Ahora bien, para esperar bien esta liberación es necesario cuidar de nosotros mismos en el siguiente sentido: Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra (Lucas 21, 34-35). A este cuidado se añade también una actitud de continua vigía y oración: estén vigilando y orando en todo momento (Lucas 21, 36). Esperar y trabajar por la liberación no consiste, pues, en luchar solo contra los otros, aplicando la violencia física, la liberación cristiana consiste en primer lugar en luchar contra uno mismo y hacerse violencia a uno mismo. Porque la primera gran opresión es el pecado personal, de esta se desprenden todas las otras opresiones de las cuales el ser humano ha de liberarse.

P. Enrique Barrera

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