El mejor camino


San Pablo nos habla de un camino: «Ustedes, con todo, aspiren a los carismas más elevados, y yo quisiera mostrarles un camino que los supera a todos» (1 Corintios 12, 31). El cristiano está invitado a trascender su actuar humano. Si bien se puede alcanzar humanamente un cierto nivel de bondad, el cristiano ha de buscar elevar ese nivel de bondad. A esto se suma el hecho de que podemos vivir realidades muy nobles y buenas, pero que, si no recorremos este «camino» del que nos habla san Pablo, tales realidades tenderán a rebajar en su calidad, incluso podrían corromperse. De allí que el apóstol quiera mostrarnos ese «camino» para evitar tal peligro. 

Pero ¿Cuál es ese camino?, es el amor. Ahora bien, ¿por qué el amor puede ser comparado con un “camino”? Porque similar a como un camino ha de ser recorrido para llegar al encuentro con nuestro destino, el amor ha de ser «recorrido» (practicado, vivido) a lo largo de nuestra vida, ha de ser «recorrido»  en nuestras realidades para llegar al encuentro con Dios y con nuestros hermanos, y hacer posible lo que el papa Francisco llama hoy «la cultura del encuentro» , muy distinta a «la cultura del descarte» . En este sentido es que san Pablo se atreve a enseñar que aquello que poseemos, sabemos o hacemos, por muy bueno que sea, sino recorre este «camino» , es decir, sino está «trazado» por el amor que brota de Dios, no se convertirá en fuente de servicio y de comunión. Así pues, no basta tener, saber o hacer el bien, es menester revestir ese tener, saber y hacer de amor cristiano. Veamos cada una de estas realidades. 

El apóstol apunta en primer lugar: «Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que aturde» (1 Corintios 13,1). El hablar diversidad de lenguajes humanos y angelicales aparece aquí como signo de lo que se tiene. Ampliando el significado podríamos decir que pueden incluirse también todos los «teneres humanos»: tener cualidades, capacidades, habilidades, bienes materiales, dinero, fama, etc. La figurada expresión de que sin amor lo que se tiene se vuelve como bronce que resuena o campana que aturde viene a indicar tanto la corrupción del propio tener y el daño que a la larga se desprende de ella. El «tener» en sí mismo no es un mal, pero sin el amor cristiano pierde su bondad y se convierte en una amenaza. Se transforma en un tener egoísta, en un tener altanero, en una ostentación marginadora que aplasta, somete y hasta mata. Es el «tener» que pierde su finalidad de servicio y deja de ser herramienta para la comunión. Y aquí conviene no caer en una sutil trampa de pensar que esta advertencia es sobre todo para los que tienen más, sin duda que «al que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho» (Lucas 12, 48), pero eso no debe eximirnos del propio examen personal sobre este punto con toda seriedad y responsabilidad. Pensar que los que tienen que cambiar y corregirse son solo los que tienen más, es una cobardía y falta de responsabilidad. Pues todos tenemos algo y ese tener nuestro pueda que no esté recorriendo «el camino del amor». 

Luego se dice: «Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy» (1 Corintios 13, 2). Aquí profecía, ciencia y fe indican lo que se sabe. Profecía es hablar en nombre de Dios porque de algún modo se llega a saber su mensaje; ciencia es el don del Espíritu Santo por el que se conocen y juzgan correctamente las cosas humanas en su relación con Dios; y la fe es un conocimiento sobrenatural sobre la realidad. San Pablo pone de manifiesto que estos saberes, que son los más nobles, sin amor, no ayudan de mucho. Y si estos saberes más altos no ayudan sin amor, menos ayudaran los saberes menores a ellos, es decir, la ciencia humana, la experiencia, la sabiduría humana. Por eso el salmista llega a exclamar: «el Señor conoce los pensamientos del hombre, sabe que son un soplo» (Salmo 94, 11) y el mismo San Pablo lo recordará también: «Porque dice la Escritura: destruiré la sabiduría de los sabios e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes» (1 Corintios 1, 19). De modo que, sin amor, toda sabiduría natural o sobrenatural en el ser humano no ayuda, sino que empeora al mismo ser humano. La sabiduría sin amor se hace corrupta. Es la sabiduría vanidosa, soberbia, presuntuosa y llena de pretensión. Una sabiduría que se pone al servicio del interés egoísta, del mal. ¡cuánta sabiduría sin amor en el mundo! ¡cuánto daño se desprende de ella!¡cuánta división, desprecio, marginación en nombre de una sabiduría sin amor!¡ cuánta indiferencia hacia los otros, a pesar de tanta sabiduría y desarrollo de las ciencias! Es la sabiduría sin amor, es el conocer sin servicio y sin comunión. 

Por último, llegamos a un punto que es de algún modo desconcertante. San Pablo señala: «Ya podría yo repartir todos mis bienes, e incluso entregar mi cuerpo a las llamas; si no tengo caridad, de nada me sirve» (1 Corintios 13, 3). ¡Qué más bueno que entregar todo lo que uno posee!, ¡qué más bueno que entregarse a uno mismo en sacrificio!; sin embargo, si nuestras obras no recorren el camino del amor, no sirven. Pues el amor parece ser como la forma de su bondad. Las obras más nobles no siempre son las más espectaculares y grandilocuentes, sino aquellas que tienen mayor abundancia del amor que brota de Dios. El amor que promueve al ser humano en la verdad. En esto hemos de tener gran cuidado, pues muchas veces, si bien no hacemos el mal, hacemos un montón de obras aparentemente buenas, pero que, al hacerlas sin amor, sin que recorran el camino del amor que viene de Dios, se corrompen y terminan haciendo más daño que bien. ¡cuántas buenas obras hechas por mero cumplimiento!, ¡cuántas buenas obras hechas por vanagloria y soberbia! ¡cuántas obras buenas que han recorrido el camino de la hipocresía! ¡cuántas obras de caridad que tienen de fondo un afán malsano de protagonismo!¡Cuántas obras de los poderosos de este mundo que cubren su interés mezquino, con una aparente solidaridad! ¡cuántas obras con mero afán ideológico! ¡cuántas obras en nuestra Iglesia y sociedad con el mero afán de poder o de tener! La fuerza de la bondad no está en hacer sino en el modo en que se hace y la razón por la que se hace. Ya lo enseñaba el libro de los proverbios: «Es mejor un plato de verduras dado con amor que un buey gordo con discordia» (Proverbios 15, 17).

P. Enrique Barrera.

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