II Domingo de Cuaresma



Los símbolos del fuego y la nube 

El primero de los símbolos aquí señalado aparece en el relato del libro del Génesis cuando Dios, en forma de fuego, pasa en medio de las mitades de animales para sellar la alianza con Abram: «Cuando se puso el sol – dice el Génesis–, hubo densa oscuridad y sucedió que un brasero humeante y una antorcha encendida, pasaron por entre aquellos animales partidos. De esta manera hizo el Señor, aquel día, una alianza con Abram» (Génesis 15, 17-18). Por otra parte, el símbolo de la nube lo encontramos en el relato del evangelio. Allí se nos detalla de que Pedro hablaba admirado al ver la transfiguración del Señor y que «no había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió» (Lucas 9, 34). El fuego y la nube manifiestan la compañía de Dios con su pueblo. Así queda plasmado en el libro del Éxodo cuando se nos dice que en el desierto «Yahvé iba delante de ellos señalándoles el camino: de día iba en una columna de nube; de noche, en una columna de fuego, iluminándolos para que anduvieran de noche como de día. La columna de nube no se apartaba de ellos durante el día, ni la columna de fuego de noche». (Éxodo 13, 21-22).

De modo que, tanto la nube como el fuego simbolizan la compañía oportuna de Dios para con su pueblo o para con aquellos que han decidido seguirle. Dios acompaña, nunca deja solo al ser humano y da su compañía en el modo en que el ser humano lo necesita. Si a los israelitas los hubiese acompañado como fuego en el día, los hubiese hecho perecer de calor, por eso los acompaña con fuego en la noche para iluminarles el camino y para protegerles del frío nocturno en el desierto. Del mismo modo, si los hubiese acompañado de noche con la nube, la muerte por frío hubiese afectado al pueblo elegido, más bien lo hace de día para evitar el calor excesivo con su sombra. La compañía de Dios es perenne, lo que pasa es que varía su modo según nuestras necesidades. Podremos sentirnos solos o solas, pero la verdad es que nunca lo estamos. Dios siempre camina con nosotros.

El símbolo del fuego aparece en la alianza con Abram para expresarle al patriarca que las promesas se cumplirán. Yahvé está con él, no lo deja ni lo dejará. Por eso él debe de cumplir la parte del pacto que le corresponde siendo fiel a Dios. El fuego, entonces, en la escena de Abram, significa compañía y presencia de Dios, pero también esa ley de la alianza que si es cumplida se convierte en luz para la vida del hombre, luz que le ayuda a caminar por los senderos oscuros de la propia existencia. Un antiguo comentarista bíblico, Dídimo el Ciego, escribía sobre esta escena: «puesto que la ley contiene recompensas y castigos, fue dada en medio del fuego para mostrar que a unos les proporciona quemaduras y a otros luz. En efecto, tiene doble poder: ilumina y al mismo tiempo quema. La ley dada quema a sus desertores e ilumina a los que la cumplen» (Comentario al Génesis, 233-234).

El símbolo de la nube que cubre a Pedro, Santiago y Juan también tiene que ver con la presencia o compañía de Dios. A los apóstoles los cubre la nube, porque era eso lo que necesitaban. Necesitaban refrescar su fe, pues muy probablemente habían comenzado a experimentar ciertas dudas, miedos, pues la situación entre Jesús y las autoridades judías se ponía cada vez más tensa. Por ello Jesús, antes de la pasión, se transfigura delante de ellos, para indicarles que él es Dios, que él está con ellos, que, aunque parezca que los deja, no los dejará. Su inminente muerte no los debe desanimar. De allí que San Ambrosio de Milán comentará esta escena diciendo que a los discípulos «la nube los cubre no con agua sino con fe» (Sobre el Evangelio de Lucas, 7, 19-20). La fe que necesitaban para darse cuenta de que no caminan solos.

Las dos transfiguraciones

Hoy también se nos relata la escena de la transfiguración de Cristo. Tal transfiguración es un grandioso portento. De hecho, el relato de Lucas tiene expresiones que lo manifiestan. Así, por ejemplo, nos dice que el rostro de Jesús «cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes» (Lucas 9, 29). Añade que quienes le acompañan en su transfiguración (Moisés y Elías), tenían también un gran esplendor (Cfr. Lucas 9, 31) y que los discípulos «vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él» (Lucas 9, 32). Es tan grande este portento, que el evangelista Lucas pone en boca de Pedro el deseo de quedarse en aquel lugar, pues era muy hermoso todo aquello (Cfr. Lucas 9, 33). En pocas palabras podríamos decir que este fue un hecho maravilloso. Sin embargo, hay que decir que, sin afán de quitar importancia a este momento de la vida de Jesús, esta transfiguración no es ni la más esplendorosa ni la que más manifiesta su divinidad, por lo mismo, no se puede decir que sea el momento más maravilloso de la vida de Jesús. Esta transfiguración, se ha dicho ya, tenía entre sus muchos objetivos fortalecer la fe de sus discípulos y era el preludio de la plena transfiguración de Cristo. Tal transfiguración plena se dará después de su pasión y muerte y se llama Resurrección. Allí es cuando Cristo manifiesta su divinidad con esplendor inigualable, pues solo Dios puede vencer la muerte, transfigurar un cuerpo muerto en un cuerpo con vida. Solo quien está impregnado de Dios cambia la figura temporal, que muere, por la eterna, que nunca muere.

En Cristo, pues, hay dos transfiguraciones, una por la cual volvió de nuevo a su estado humano normal, pues después de esta primera transfiguración la gloria de Dios parece ocultarse en su pasión y muerte, en su anonadamiento por amor. La otra transfiguración, en cambio, es permanente. Su gloria se manifiesta perenne con portento, pues una vez muerto, resucita de una vez para siempre. Es lo que dice el apóstol: «Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; desde ahora la muerte no tiene poder sobre él» (Romanos 6, 9).

De manera que estas dos transfiguraciones de Cristo tienen un fuerte elemento pedagógico para la vida del cristiano. En similar modo, el ser humano también está llamado a vivir dos transfiguraciones importantes en su vida. La primera transfiguración para el ser humano se llama conversión. Por la conversión a lo largo de su vida el ser humano va cambiando esas figuras interiores que no corresponden a la imagen de Dios con la que ha sido creado.

Cristo, en su primera transfiguración, nos dice San Lucas, «cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes» (Lucas 9, 29). Cristo cambio de aspecto y de vestiduras porque él no necesitaba cambiar en su interior nada, pues el «no cometió pecado» (1 Pedro 2, 22). Cristo cambió sus vestiduras externas para hacer ver externamente que él era Dios, pues en sus actos y actitudes ya lo hacía interiormente. En cambio, nosotros los seres humanos estamos llamados a cambiar, no tanto las vestiduras externas, sino aquellas vestiduras internas por las cuales llegaremos a manifestar en plenitud la imagen y semejanza de Dios en las que hemos sido creados. Por eso san Pablo aconseja: «Pónganse, pues, el vestido que conviene a los elegidos de Dios, sus santos muy queridos: la compasión tierna, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia. Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo. Por encima de esta vestidura pondrán como cinturón el amor, que lo hace todo perfecto. Así la paz de Cristo reinará en sus corazones, pues para esto fueron llamados y reunidos. Finalmente, sean agradecidos» (Colosenses 3, 12-15).

La segunda transfiguración comenzará a vivirla el ser humano en su juicio final, cuando sea juzgado con verdad ante el tribunal de Dios, y sea confirmado en santidad. Y la completará cuando resucite al final de los tiempos (Cfr. 1 Corintios 15, 20-23). Allí el cristiano que haya ejercido su proceso perenne de conversión será confirmado en gracia. Será huésped de Dios en su gloria para siempre y todo mal ya no afectará su propia vida porque como dice el libro del Apocalipsis: «él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será Dios-con-ellos; él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado.» (Apocalipsis 21, 3-4)



P. Enrique Barrera

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