" Y fue tentado por el demonio" (Lc 4, 2)


Impulsado por el espíritu Jesús va al desierto. En Lucas 4, 2 leemos que en el desierto fue «donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio. No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre». Destaca en primer lugar el símbolo de los cuarenta días que significa preparación para algo muy importante, número simbólico que varias veces aparece en la Sagrada Escritura, de hecho, la Iglesia por eso se prepara en estos cuarenta días cuaresmales para la celebración de la Pascua, como la más importante de todo el año. Sin embargo, detengamos nuestra mirada interior en el hecho de la tentación. 

«y fue tentado por el demonio» 

Se dice que Jesús «fue tentado por el demonio». Texto impactante. Jesús deja que el demonio lo tiente, y con ello advertimos en toda su crudeza la encarnación: Cristo es verdadero hombre, pues todo hombre puede ser tentado por el demonio. Ningún ser humano escapa de la asechanza del enemigo, que, de un modo u otro, tienta de mil maneras y tiempos. Cristo hombre tampoco será la excepción. Por más que el ser humano haga por negar esta verdad del mundo interior, ella siempre termina manifestándose. Esto es así porque el mal no es una simple falta de control de la voluntad o de los afectos, tampoco una mera falta de desarrollo neuronal, o solo una deficiencia de la corporeidad humana, el mal es algo más complejo que todo lo anterior. De allí que un autor como C. S. Lewis escribiera con gran sutileza: «en lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero» (Cartas del diablo a su sobrino, prefacio). El demonio tienta al ser humano, por eso, si se niega tal hecho se termina sufriendo sus consecuencias nefastas más pronto de lo debido, pues se le deja de algún modo con vía libre; pero también, si el ser humano se deja llevar por su acechanza, cae en su trampa. Lo más prudente no es negarlo, aduciendo que no existe; ni exaltarlo demasiado, pensando en que su poder es como el de Dios, o incluso mayor, sino aceptar su existencia sin excesivo miedo para aprender de qué manera se ha de luchar contra él.

Por eso la Primera carta de San Pedro recomienda: «Sean sobrios y estén vigilantes, porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar, resístanle firmes en la fe» (1 Pedro 5, 8) San Pedro no invita a negarlo, sino a estar vigilantes a él. Tampoco dice que hay que temerlo o exaltarlo en demasía, sino en resistirle estando firmes en la fe. Es lo que también de algún modo queda demostrado en la actitud de Jesús ante el diablo. El Señor Jesús no huye, no niega la presencia tentadora del diablo, sino que la enfrenta, nadie enfrenta lo que no existe; ahora bien, tampoco lo exalta, por eso no se postra ante él (Lucas 4, 7-8), ni obedece su invitación de convertir las piedras en pan (Lucas 4, 3-4), ni de tirarse para que el Padre lo libre de su penitencia (Lucas 4, 9-12). Con todo esto Jesús confirma la autonomía del ser humano sobre el diablo, el ser humano unido a Dios no está llamado ser veleta del diablo. En Cristo, verdadero hombre y vencedor de la tentación, Dios enseña que el ser humano es capaz de vencer al enemigo. Dios unido al hombre, ese es Cristo, es capaz de vencer todo mal, por fuerte que éste sea, o por atractivo que parezca. En similar modo, el ser humano unido a Dios por medio de su ser, de su oración y cumplimiento de la ley de Dios, es capaz de vencer todo tentación del espíritu del mal.

Jesús enfrenta la tentación 

Por otra parte, que Jesús sea «tentado por el demonio» indica también su profunda identificación con el ser humano, incluso en sus limitantes espirituales, como lo es la posibilidad de ser tentado por el diablo. Se cumple pues aquello de que «se hizo semejante a los hombres» (Filipenses 2, 7), o como más preciosamente dice la carta a los Hebreos, «se tuvo que hacer semejante en todo a sus hermanos» (Hebreos 2, 17). Jesucristo es el hermano que se identifica con nosotros, con nuestras debilidades y límites para iluminar y trascender tales realidades. Pero es necesario hacer una puntualización, Cristo es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. En Cristo no hay pecado. Si bien sufrió la tentación, ésta se inserta dentro de aquello que optó sufrir por nosotros. Tuvo tentaciones, pero no cayó en tentaciones. Es lo que enseña la Escritura, por eso el escritor de la Primera Carta de Pedro afirma: «Cristo también sufrió por ustedes, dejándoles un ejemplo, y deben seguir sus huellas. El no cometió pecado ni en su boca se encontró engaño» (1 Pedro, 2, 22). De modo que el verdadero problema no es sufrir las tentaciones, el problema verdadero es caer en ellas. No debemos por ello ni desesperar, ni acomodarnos en las tentaciones cuando vengan y arrecien en nuestra vida, pensando que sería mejor no tenerlas, o que, como no podemos dejar de tenerlas, lo mejor es rendirse y seguirlas. Las tentaciones hemos de sufrirlas, pero sabiendo que ellas pueden hacernos fuertes, más humildes y así crecer en el Señor. Desde esta perspectiva nos exhorta siempre el texto de la Carta de Pedro: «Dios, de quien procede toda gracia, los ha llamado en Cristo para que compartan su gloria eterna, y ahora deja que sufran por un tiempo con el fin de amoldarlos, afirmarlos, hacerlos fuertes e inconmovibles» (1 Pedro 5, 10). 

Además, Jesús padece las tentaciones, pero ante ellas toma una postura ejemplar: las enfrenta con decisión. Esto lo hace para darnos a entender de que si el ser humano no enfrenta las tentaciones con decisión cuando estas tocan a la puerta de su vida, ellas se fortalecen o se terminan justificando, y con ello, se acaba por caer en ellas. Por eso, ante la sugestión diabólica, que incluso utiliza la palabra de Dios para tentarle, Jesús declara y pone en evidencia la falsedad del contenido de la tentación. La contraargumentación de Nuestro Señor desenmascara la mentira que procede del diablo. Toda tentación es una mentira, se presenta a nosotros como verdad, como lo correcto, de allí la importancia de enfrentar la tentación, de sacar a luz su error, de lo contrario, tarde o temprano terminamos aceptándola como si fuera verdad. ¡cuántas veces no nos ha pasado esto! Creemos en el momento que algo es lo mejor, lo correcto, y luego, al ver las consecuencias nocivas advertimos que todo era una mentira.

Ahora bien, Jesús cuando enfrenta la tentación no la vence por el mero hecho de enfrentarla. Enfrentar una tentación sin más es caer en ella. La clave de Cristo no es enfrentar la tentación, sino el cómo la enfrenta. ¿Y cómo la enfrenta? La respuesta está al inicio mismo del capítulo 4 del Evangelio de San Lucas. Allí se detalla que «En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio» (Lucas 4, 1-2a). La manera en cómo se enfrentó Jesús fue estando lleno del Espíritu Santo, es el Espíritu quien nos ayuda a discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo. De modo que en esta cuaresma, otro de los grandes trabajos interiores que hemos de hacer es dejar de llenarnos de todo aquello que no nos permite estar llenos del Espíritu Santo y que, por lo mismo, nos deja en una terrible oscuridad espiritual. La oscuridad de ser manipulados por el espíritu del mal, por el espíritu de la falsedad. A dicha oscuridad profundamente interior se refiere con dramatismo real el profeta Isaías cuando dice: «¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se creen sabios y se consideran inteligentes!» (Isaías 5, 20-21). La razón de lamento del profeta es porque en tal oscuridad el ser humano se adentra en su propia perdición: «Así como las llamas queman el rastrojo y como el pasto seco se consume en el fuego, así se pudrirá su raíz y el viento se llevará su flor junto con el polvo. Pues han rechazado la ley de Yavé Sabaot y han despreciado la palabra del Santo de Israel» (Isaías 5, 24). Pidamos pues, que esta Cuaresma acreciente en todos nosotros la capacidad de enfrentar al enemigo con la fuerza del Espíritu Santo; que en esta Cuaresma crezcamos en esa toma de conciencia sobre el gran amor que Dios nos tiene y por el que se ha identificado con nosotros incluso con nuestras pobrezas.

P. Enrique Barrera

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