El Espíritu Santo y la Inclusividad



El Espíritu Santo: un espíritu incluyente 

En el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, se advierte una cualidad operativa del Espíritu Santo, la inclusividad. El Espíritu Santo es inclusivo, no excluyente. Así, por ejemplo, se dice que cuando bajó sobre los apóstoles, «se acercaron a ellos judíos de todas partes del mundo»(Hechos 2, 5), con este detalle se quiere indicar que el Espíritu Santo, si bien es dado en primer lugar a los apóstoles del Señor, eso no significa que sea solo para ellos, sino que es para todos los seres humanos. También el texto indica que «cada uno los oía hablar en su propio idioma»(Hechos 2, 6), porque no hay un idioma oficial al que todos deban recurrir, más bien todos son oficiales porque cada uno puede entender en su propia lengua y puede ser escuchado en su propio idioma. Basta que haya apertura del corazón.

En la actualidad, este detalle lo entendemos mejor cuando se habla de que el lenguaje a señas es un lenguaje inclusivo, porque es hablar para quienes no pueden hablar y escuchar como nosotros, y al hacerlo lo hacemos para ellos y como ellos lo hacen. También decimos que es lenguaje inclusivo para los ciegos el alfabeto braille, porque se habla para ellos y como ellos. De hecho, cuando estamos en un país que habla otra lengua nos sentimos incluidos si nos hablan en nuestro propio idioma y los demás se sienten incluidos y hasta valorados, cuando nos hemos esforzado para hablar en su lengua. Pues algo de esto hace el Espíritu Santo, habla el lenguaje de cada uno y por eso la admiración. En Hechos 2, 6-7 se dice que todos los que escuchaban a los discípulos llenos de Espíritu Santo quedaron «Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos, todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa?». Es la admiración que causa la capacidad comunicacional del Espíritu Santo entre los seres humanos. Es la admiración que causa la cercanía del Espíritu Santo. 

Un último detalle de esta inclusividad del Espíritu Santo, es que se presenta una lista de los lugares de donde han venido todos los que escuchan a los apóstoles. El listado no ha de entenderse como una sumatoria total de los pueblos existentes, sino como una geografía total de los pueblos conocidos. Por eso lo más importante es centrarnos en el hecho de que todos escuchan a los discípulos. El listado es el siguiente: «Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y, sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua». Si somos perspicaces notaremos que la gran Roma, capital del Imperio, pasa a ser una ciudad más en el listado y los lugares más alejados de la capital, los lugares marginales, son puestos incluso al inicio de la lista. Con ello se quiere indicar que El Espíritu Santo reúne a personas diversas vengan de donde vengan, porque el Espíritu Santo no juzga la importancia por la procedencia de lugar, sino por la apertura del corazón.

Ante el Espíritu Santo de Dios todos somos iguales. Porque el Espíritu Santo, el don más preciado de nuestro Señor Jesucristo y del Padre, es para todos. Ya en el libro del profeta Joel se anunciaba esta verdad: «Yo derramaré mi Espíritu sobre cualquier mortal» (Joel 3, 1). Confirmación de esta promesa es de algún modo la expresión del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando dice que «todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hechos 2, 4).

La verdadera inclusión y exclusión obrada por el Espíritu

De lo antes dicho se desprende un efecto práctico en la vida del creyente: quien tiene presencia del Espíritu Santo en su vida no excluye a los demás, porque donde se hace presente el Espíritu Santo no hay exclusión. Donde está presente el Espíritu Santo no hay marginación, desprecio, amenaza, prejuicio, o discriminación de la dignidad humana que posee cada mujer y cada hombre.

Y en esto debemos tener mucho cuidado como creyentes, porque ¡cuántas personas humanas despreciadas en nombre de nuestra fe! ¡cuántas personas humanas mal vistas en nombre de la fe! ¡cuántas personas olvidadas e incomprendidas en nombre de una fe que no es fruto del Espíritu Santo, de ese Espíritu que procede de Dios y que busca el bien para todos!

Por eso conviene recordar que donde se promueve el odio, la envidia, la falta de consideración; donde se defiende la injusticia, la división; donde se justifica el pecado personal y social; donde no está presente este Santo Espíritu, se hace presente el espíritu que no es santo, es decir, el espíritu de la confusión y de la perversión; el espíritu de la muerte y de la guerra; se hace presente el espíritu idolátrico, que idolatra al propio cuerpo, al impuso sexual, al sentimiento, que idolatra la propia fama, las riquezas y la ostentación, incluso que idolatra la institucionalidad religiosa.

Por eso también conviene aclarar que cuando se habla de que el Espíritu Santo es inclusivo no debemos entender esta sana inclusividad con un mal sano “inclusivismo”, en el que muchas de nuestras sociedades actuales han caído. La inclusividad del Espíritu Santo no es “inclusivismo”, en el sentido de incluirlo todo. Porque, si bien nunca se ha de rechazar ni marginar la dignidad de una persona humana, siempre se ha de despreciar y rechazar el pecado, pues el Espíritu Santo no incluye el pecado, el mal moral. Y ¡cuántas veces en nombre del amor o de la misericordia se quiere justificar el pecado! ¡cuántos que se dicen llamar “cristianos” en nombre de los derechos humanos defienden crímenes como el aborto! ¡Cuantos en nombre de los derechos humanos defienden el propio desorden afectivo-sexual! ¡cuántos que dicen ser “cristianos” en nombre de una falsa noción de derechos sobre su propiedad promueven sociedades tan desiguales y con falta de oportunidades para los más pobres de nuestro mundo! Todo lo anterior es una serie de falsa inclusividad que no viene del Espíritu Santo, y por eso no santifica al ser humano y no hace progresar de verdad a nuestro mundo.

El Espíritu Santo es inclusivo, pero incluye lo verdadero y lo realmente bueno, porque el Espíritu Santo es el «Espíritu de la Verdad». Por eso sabe incluir desde la verdad, no desde ideologías o meras opiniones humanas, por actuales y justas que parezcan. De allí que el cristiano ha de tener cuidado de no confundirse. Ha de tener presente que el mundo, es decir, esa actitud contraria al Evangelio o de mala interpretación del dato revelado, no acepta la verdad dada por Dios. En este sentido es que Jesús asegura que el Espíritu Santo es «el Espíritu de Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce» (San Juan 14, 17).

Es lo que de algún modo nos enseña el apóstol san Pablo, cuando hablando de su predicación dice: «yo, hermanos, cuando fui a ustedes para darles a conocer el proyecto misterioso de Dios, no llegué con oratoria ni grandes teorías…Mis palabras y mi mensaje no contaron con los recursos de la oratoria, sino con manifestaciones de espíritu y poder, para que su fe se apoyara no en sabiduría humana, sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2, 1.4-5). La verdad no siempre viene con gran elocuencia y en grandes teorías como a veces suelen venir las ideologías que esclavizan la voluntad y la mente de los hombres y mujeres, pero es la verdad que libera (San Juan 8, 32). Pues «nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, y por él entendemos lo que Dios nos ha regalado» (1 Corintios 2, 12). Cuando no se tiene este Espíritu cuesta entender lo que realmente Dios quiere de nosotros y de nuestros semejantes. Cuesta entender que hay realidades, por muy promulgadas que estén a nuestro alrededor, que no pueden ser aceptadas.

Jesús alertó esto, cuando dijo: «En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho» (San Juan 14, 26). No es este mundo con sus medias verdades quien nos enseñará todo lo que necesitamos saber de lo más profundo de nuestro ser y nuestra finalidad, es el Espíritu Santo. Si bien conviene escuchar el tiempo presente y actualizar nuestra fe para estos tiempos modernos, eso no significa que haya que obedecer todo lo que nos dice este tiempo presente. Pues como aconsejaba san Pablo, consejo que no conviene olvidar, «los que viven según la carne no piensan más que carne, y los que viven según el Espíritu buscan las cosas del espíritu. Los proyectos de la carne están en contra de Dios, pues la carne no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede someterse» (Romanos 8, 5.7). Que el Espíritu santo renueve nuestra Iglesia, pero desde la verdad, pues no hay renovación auténtica sino nace de la verdad.

P. Enrique


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