La parábola del Hijo Pródigo: las tres independencias

Por Pbro. Enrique Barrera



Independencia sin Padre

La primera forma de independencia es la que busca en un primer momento el Hijo pródigo. Podríamos llamarla independencia sin Padre. Muy propia de la época contemporánea. Es aquella forma de independencia en donde el hombre y la mujer quieren ser libres, pero sin Dios, sin el Padre. Es la independencia de Dios, porque se considera a Dios como obstáculo del pleno desarrollo humano. Muchos autores ateos lo han dicho: desde Feuerbach a Marx, pasando por Nietzsche y profundizándose en Freud; hasta llegar a un Paul Sartre. La sentencia de estos autores se puede resumir así: Si Dios existe, el ser humano no existe. Que significa, si existe Dios con sus mandamientos y normas, entonces el ser humano no puede ser plenamente libre, pues dependería siempre de lo que Dios le dicta.

Pero tal mentalidad no es nueva, la Escritura la pone ya de manifiesto, lo nuevo quizás sean las formas en que se plantea. Así, por ejemplo, Éxodo 32, 7-8 presenta el siguiente reclamo de Dios a Moisés: Anda, baja del monte, porque tu pueblo, el que sacaste de Egipto, se ha pervertido. No tardaron en desviarse del camino que yo les había señalado. El pueblo de Israel no quiere seguir los mandatos del Dios verdadero, piensa que desobedeciendo tales mandatos es auténticamente libre. Es más, el relato va más allá cuando añade: Se han hecho un becerro de metal, se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios y le han dicho: ‘Este es tu dios, Israel; es el que te sacó de Egipto’. El ser humano quiere erigir sus propios dioses, y los quiere erigir para “hacerlos” a su medida, para que manden lo que más le gusta y apetece, pues solo así piensa alcanzar libertad. Por eso, como el Hijo Pródigo, el ser humano busca “liberarse” del Padre, “liberarse” de Dios.

En la parábola del Hijo Pródigo también encontramos algo más. El texto señala: Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre dame la parte que me toca de la herencia’» (Lucas 15, 11-12). El hijo menor pide su parte, es decir, pide su autonomía, quiere ser libre, independiente. Pero esto no es lo malo, sino la manera en que quiere serlo. Quiere tener la parte que le corresponde, pero administrándola lejos de su padre. No quiere recibir recomendaciones, ni consejos, mucho menos correcciones de su padre. Tentación típica de nuestros días. Pensar que somos lo suficiente maduros y sabios para vivir sin Dios. El hombre de hoy, dicen muchos, ya no necesita de Dios, le basta la ciencia y la tecnología. Lastimosamente esto se lleva al plano social y si llegan a formar sociedades de espaldas a Dios, con leyes que no tienen en cuenta la ley de Dios. Pero al final, eso pasa factura. El hombre se adentra en su miseria indecible; y aunque sí se desarrolla, lo hace en la esclavitud de sus decisiones sin verdad. San Lucas lo muestra con carácter trágico: Finalmente recapacitó y se dijo: “¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! (Lucas 15, 17). Es el hambre de plenitud que el hombre jamás podrá saciar sin Dios, por más placer, dinero, poder, y ostentación que posea. Porque la independencia sin Padre, sin Dios, es a larga esclavitud para el ser humano.

Independencia sin amor

La segunda forma de independencia es la que pretende el hijo mayor de la parábola. Y puede tentarnos de modo muy sutil a los cristianos. La llamaremos independencia sin amor. Aquí no es que no se crea en Dios, al menos no en la teoría, aunque sí en la práctica. El hijo mayor está físicamente con el Padre, pero las actitudes de egoísmo y envidia para con su hermano, son solo algunos de los rasgos que manifiestan la soberbia y su falta de amor, porque no tiene una auténtica cercanía con el Padre, el cual es presentado en la parábola como el que es fuente y dador de amor y perdón. El texto evangélico expresa la dramática situación del hijo mayor con gran vivacidad literaria: El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’ (Lucas 15, 25-30).

El hijo mayor se cree libre de culpa por vivir físicamente en la casa del Padre, y por lo mismo, con la solvencia necesaria para acusar y juzgar a su hermano. Es la independencia típica de alguien que dice creer en Dios, pero que en el fondo no se nutre de Dios. Es la independencia típica de un alma que piensa que por cumplir normas, realizar ciertas acciones buenas, o por estar en la Iglesia, aun sin el amor que brota del profundo encuentro con el Padre, se es ya un buen cristiano. Bajo esta línea, el creyente se cree con la suficiente independencia para seleccionar de la fe aquellos mandamientos de Dios que más le agradan, desechando los que no agradan y los que en esta sociedad de hoy se consideran políticamente incorrectos (es decir, que ya no van con lo que las sociedades de hoy promueven). De este modo, el cristiano no ama de verdad, pues nadie puede amar sin la verdad total del evangelio. En términos de la parábola, uno se convierte espiritualmente en ese hijo mayor que, aunque vive en la casa del Padre, es decir, aunque forme parte de la Iglesia institucional o se considere cristiano, en el fondo no ama al Padre (que representa a Dios) y tampoco al hermano (que representa al prójimo). Hay una “vivencia” de fe, pero sin verdad.

A esto San Óscar Romero lo llamó la “mutilación del evangelio”. Por eso ante el mal de pensar que basta con una piedad espiritualista, basada en no hacer el mal y  en hacer ciertas oraciones, olvidando de manera farisea el compromiso real con quien necesita ayuda y justicia, el santo salvadoreño decía: «Yo creo que hemos mutilado mucho el evangelio. Hemos tratado de vivir un Evangelio muy cómodo, sin entregar nuestra vida, solamente de Piedad, únicamente un evangelio que nos contentaba a nosotros mismos» (Homilía, 19 de junio de 1977). Y para el otro mal de pensarnos como verdaderos cristianos por el hecho de ayudar socialmente al prójimo, pero con detrimento de la fe y de la búsqueda de unión con Dios, exhortaba: «Por más dichoso, libre y digno que se crea un hombre en esta tierra, pero sin fe para promoverse a la altura de aquel cielo donde seremos ciudadanos de Dios para siempre, será una promoción mutilada, sin un sentido trascendente. Por eso, el cuarto evangelio nos está ofreciendo en el símbolo del pan la verdadera liberación que arranca el pecado y la verdadera promoción que llega hasta la altura de hacernos hijos de Dios y ciudadanos de la eternidad junto a nuestro Padre Dios.» (Homilía, 19 de agosto de 1979). Porque tanto en una fe muy anclada en el cielo como en una fe muy anclada en la tierra no se ama ni a Dios ni al prójimo, aun cuando el creyente piense que así agrada a Dios.

Independencia con el Padre en el amor.

Por último, la tercera independencia es la que brota desde la relación con el Padre. A esta independencia la llamaremos independencia con el Padre en el amor. La mujer y el hombre no pueden ser verdaderamente libres e independientes sin el Padre, es decir, sin Dios. Dios es fundamento y fin del ser humano, o más bíblicamente hablando, su principio y fin (Apocalipsis 22, 13). Por eso solo en Dios encuentra su verdadera sentido y plenitud. Por más que el hombre se afane en negar esta verdad, la vida misma se la recordará de una u otra manera. Pues sus propios límites, la muerte de los seres que ama, la finitud temporal de los éxitos, la imperfecta justicia de este mundo, por más justa que sea, etc., son solo una muestra de que sin Dios el ser humano no es un ser pleno. El ser humano puede rechazar o no esta verdad, pero jamás borrarla de su existencia. Es lo que expresa la famosa frase agustiniana: «Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Las Confesiones, I, 1, 1).

Ahora bien, no basta solo tener presente lo que acabamos de apuntar, pues el ser humano puede saber que Dios es su fundamento, pero eso no basta. Para ser libre, autónomo y lograr una sana independencia el ser humano ha de amar todo en Dios y desde Dios; para ello, necesita vivir con amor los mandamientos de Dios. En la parábola, el amor del Padre para con sus hijos, ambos equivocados y sin verdadera independencia de sus pecados, es la clave más importante. El amor misericordioso del Padre regenera y hace libre al hijo pródigo. No basta con que el hijo se sepa culpable; no basta con que el hijo vuelva, es necesario que el Padre lo ame con un amor más grande que todos sus pecados juntos, y ese amor se llama perdón. Perdón que se concretiza en decirle: «tú sigues siendo mi hijo, jamás dejaste de serlo, fuiste tú quien te pensabas sin tal dignidad, porque tu esclavitud y falsa independencia te hacían pensar así». De igual modo, el amor del Padre busca liberar la esclavitud a la que el hijo mayor está sometido por culpa de la soberbia y del egoísmo: Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (Lucas 15, 31-32). El Padre quiere hacerlo entender que, amando a su hermano menor, lo ama también a él, porque con ello le enseña que, así como su hermano menor ha podido ser perdonado también lo puede ser él. Recordemos que el hijo mayor no cree en el perdón, porque quien no ama con profundidad no puede perdonar, pues el perdón es una forma más perfecta de amar. Por lo mismo, en la mente del hijo mayor ni él ni su hermano merecen perdón. En su mente piensa que él no merece perdón,  porque considera equivocadamente que no ha cometido pecado. El pecado es de otros, o si ha cometido alguno piensa que el mayor pecado es siempre de los demás. Actualizando esto podríamos decir que es cuando pensamos que el pecado es el de los que gobiernan mal,  de los que dirigen mal a las instituciones,  el de los corruptos, hipócritas, etc. Siempre el de los otros. El hijo mayor se cree muy independiente, auténtico, bueno, pero esa es su peor esclavitud. Según él, tampoco su hermano menor merece perdón ya que es un malvado y desagradecido; sin embargo, esta es otra equivocación, pues solo se perdona a quien falla y máxime si se reconoce pecador.

Por eso el padre le recuerda: Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo (Lucas 15, 31). Lo comienza llamando «hijo», aunque el hijo mayor piense que ya no lo es porque ha perdonado a su hermano pecador. De nuevo el problema no está en el Padre, está en el hijo. Es el hijo que al no liberarse de su egoísmo no se considera hijo, sino alguien despreciado. Lo mismo que piensa el hijo menor piensa el mayor, creen que el Padre no los ama. La razón en el fondo es la misma: ambos están en pecado y no han logrado la verdadera independencia, aun cuando así lo piensen. La expresión tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo significa principalmente que el Padre lo tiene siempre en su corazón, aun cuando el hijo mayor ni siquiera ame a su hermano. El Padre quiere hacerle entender que solo el amor da independencia, pues quien ama no se apega a nadie y a nada, pero está cerca de todo y de quienes ama; quien ama no es esclavo de nada ni de nadie, pero busca servir en todo y a todos. Quien ama en y desde Dios es independiente del egoísmo, aquel que margina y no convierte.

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