A propósito de ser sanado

Por Pbro. Enrique Barrera



Humildad

Muchas veces la falta de desarrollo personal, los conflictos de grupo, o los abusos de poder están relacionados a una falta de cultivo de humildad. No todo problema es siempre una falta de estrategias adecuadas, o de una ausencia de conocimientos técnicos sobre algo, muchas veces la falta más basal es la pobreza de verdaderos actos de humildad. En este sentido, nos ayuda la pedagógica escena de Naamán el sirio. Se dice que Naamán “Bajó pues y se sumergió en el Jordán siete veces, tal como le había dicho el hombre de Dios. ¡Y después de eso su carne se volvió como la carne de un niño pequeño; estaba sano!” (2 Reyes 5, 14).

En este bajar de Naamán se indica una actitud básica para el desarrollo de la humildad. Bajar a lo más hondo de nuestro ser, para conocer quién realmente somos; bajar a lo más íntimo de nuestro ser, para no quedarnos en la exterioridad, en donde normalmente nos engañamos o nos engañan sobre lo que somos o necesitamos; bajar para romper con las mil caras de la soberbia y del orgullo que buscan anidar en nosotros.

Son populares las frases: “recibí un baño de humildad” o “les dieron un baño de humildad”. Naamán, al bañarse en el río Jordán, recibió un verdadero “baño de humildad”. Se convenció que lo dicho por sus sirvientes era más sabio que lo que él consideraba bueno y correcto (2 Reyes 5, 13-14). Naamán comenzó a sanarse cuando escuchó a sus siervos. Cuando tuvo la capacidad de abrirse a la verdad que procedía de Dios.

Como Naamán, nosotros debemos luchar por realizar nuestro propio “abajamiento” a las profundidades de nuestro interior, es allí donde encontraremos la sanidad que muchas veces buscamos fuera de nosotros, realizando acciones que en nada ayudan a sanar nuestra condición de enfermedad. Y no solo basta ser “bañados” en la humildad, cada uno puede preguntarse en qué necesita con más urgencia ser bañado por el “Jordán” de la gracia. Si la soberbia tiene mil caras la humildad puede manifestarse también de muchas maneras. Por eso probablemente el baño de humildad que personalmente alguno de nosotros necesite sea más bien un baño de orden, o un baño de justicia, o quizá un baño de mentalidad renovada, tal vez un baño de fortaleza, etc. Cada uno puede llegar a descubrir qué baño necesita, pero antes es conveniente hacer el “abajamiento”, es decir, la interiorización en lo más íntimo del propio ser y conocer con la ayuda de la gracia las necesidades más urgentes del propio espíritu.

Sencillez y santo rosario 

El siete tiene sus simbolismos en la Biblia, es símbolo de perfección, de plenitud. Naamán se baña por siete veces como se lo había indicado Dios por medio del profeta. ¿Qué significa este hecho? Siguiendo nuestra línea de reflexión podemos decir que significa la capacidad del ser humano de dejarse guiar por la sencillez de los caminos de Dios. Suele decirse que los humanos complicamos más de la cuenta las cosas. De hecho, la propuesta de Naamán era esa, irse a bañar a ríos más lejanos o hacer algo espectacular para alcanzar su sanidad. Dios le indica que ese no es el camino, el camino es la simpleza, la sencillez.

Un ejemplo sencillo en nuestra vida de piedad puede ilustrarnos al respecto. En este mes de octubre la Iglesia nos recuerda la importancia de una oración muy popular, que en nuestro afán de superioridad o por la falta de comprensión de la importancia de la misma la solemos despreciar, nos referimos al rezo del santo rosario. Oración que consiste en la repetición de la salutación angélica a la Virgen María para contemplar el misterio de la vida de Jesucristo nuestro Salvador. Hay diversidad de errores difundidos sobre esta oración. Algunos dicen que no tiene sentido estar repitiendo, otros que es muy aburrido, que es para gente que no ha alcanzado un nivel teológico profundo sobre la oración o la vida cristiana; hay quienes piensan que no tiene ninguna base bíblica y no faltan los atrevidos que llegan a decir que no es verdadera oración. Aunque esto último no debe extrañar, la ignorancia es atrevida.

Lo cierto es que aquí vemos un ejemplo de cómo un cristiano docto o indocto cae en la trampa de pensar que lo sencillo no puede ser camino de grandes bienes. Naamán podría tener derecho a pensar: ¿y por qué tengo que bañarme por siete veces? ¿por qué repetir ese acto? si Dios es todopoderoso, ¿por qué no basta con una sola vez? De nuevo, aunque aparentemente, es más sencillo bañarse una sola vez y con ello sanarse, en el fondo no lo es. Porque en tal caso la sanación podía concebirse como fruto de algo mágico y espectacular, Dios no quiere dar a entender eso. Quiere hacer entender a Naamán, y en él a todo creyente, que la fe en la sanidad no es un acto mágico, sino fruto de un proceso continuo de interiorización y de encuentro con él.

De modo similar pasa con el santo Rosario, que parece tan despreciado incluso en ciertos sectores de la Iglesia, como si el repetir una oración vocal fuera algo malo. Sin embargo, el mismo Jesús hacía este tipo de oración en el que repetía palabras. El evangelio de Marcos dice que en la noche antes de padecer su pasión oraba intensamente de este modo: Se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras (Mc 14,39). Mateo, por su parte, lo dice con más precisión: "De nuevo se apartó por segunda vez a orar: “Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.” Volvió otra vez donde los discípulos y los encontró dormidos, pues se les cerraban los ojos de sueño. Los dejó, pues, y fue de nuevo a orar por tercera vez repitiendo las mismas palabras." (Mt 26, 42-44). En los momentos más críticos parece que la única oración que nos sirve de asidero es la vocal.

Porque como enseñaba la gran maestra de oración, Santa Teresa de Ávila “Que no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho” (4 Moradas 1,7). Y a Dios se le puede amar a través de esta sencilla pero profunda manera de orar. De allí que el Catecismo de la Iglesia no enseñe en el numeral 2704, que “la oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26). Por ello la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa”. Y añadimos, se convierte en un camino de sencillez, en camino de sanidad.

Volver a la inocencia perdida


Por último, terminemos con la reflexión de la última parte de 2 Reyes 5, 14. El texto termina con esta frase ¡Y después de eso su carne se volvió como la carne de un niño pequeño; estaba sano! El mayor milagro es encontrarse con Dios, la mejor sanidad es volver a él. Naamán queda limpio una vez se encuentra con Dios por medio de su obediencia. Más aún, la sanidad de Naamán es un símbolo de lo que puede ocurrir en la vida de la gracia del creyente.

Muchos de los dramas interiores del espíritu humano acaecen por pensar que una vez que se ha caído en pecados muy graves Dios ya no mirará con los mismos ojos, por mucho arrepentimiento que haya. Piensan algunos que Dios perdona pero que es difícil volver a ese estado de inocencia que teníamos cuando éramos niños. La culpa en este caso pesa más de la cuenta y nos puede llevar a perder la fe y la esperanza. Esto de algún modo podría llamarse la psicología del pecador sin gracia divina, cuestión que ya narra la parábola del hijo pródigo. El hijo pecador piensa que aun arrepintiéndose no merece ya ser considerado como parte de la casa del padre (Lc 15, 21). El padre corrige esa idea, no con discursos altisonantes sobre la caridad y el perdón, sino con hechos concretos que manifiestan su amor: le da un vestido nuevo, le coloca el anillo, hace fiesta, etc. (Lc 15, 22-24).

No hay que olvidar que buena parte del poder de Dios se manifiesta en la recreación por medio del perdón. Por eso, si grande fue la primera creación, mayor es la que viene desde su perdón. En la frase de 2 reyes 5, 14 resuena de algún modo tal verdad. Naamán vuelve a tener lo inimaginable, una piel tersa y pura como la de un niño recién nacido. Esto es signo de que el poder de Dios para sanar al ser humano es perfecto y total. Dios no da solo alivios, tiene poder de sanación plena. Pero mejor aún, esa sanidad de la carne en Naamán es el símbolo de la sanidad del espíritu, y la sanidad del espíritu existe cuando se restablece la inocencia. Nadie, solo Dios, puede restablecer la inocencia del ser humano.

Jesús había dicho que solo que se hace como niño entrará en el reino (Mt 18, 3) pero lo cierto es que no llegamos a tal grado de inocencia solos, él es el que nos hace así si no perdemos la confianza en él. Por eso la Iglesia ora litúrgicamente esta gran verdad cuando en la oración colecta del jueves de la segunda semana de Cuaresma reza de la siguiente manera: “Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrázalos en el fuego de tu Espíritu”. Dios nos devuelve la inocencia perdida. Cómo la piel de Naamán, nuestro espíritu puede llegar a recobrar su estado de gracia inicial, su inocencia. El amor, sana, y el principio de sanación viene de la inocencia que se recupera. Nunca perdamos la esperanza.

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