Bautismo y justicia

Por Pbro. Enrique Barrera



El Bautismo del Señor y el Mesías instaurador de la justicia 

En la fiesta del Bautismo del Señor, a partir de la profecía de Isaías, el Mesías es presentado como instaurador del derecho, de la justicia. El texto profético de Isaías señala que sobre el Mesías está puesto el Espíritu, para que promueva el derecho en las naciones (Isaías 42, 1); también dice que promoverá fielmente la justicia (Isaías 42, 3); que no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra (Isaías 42, 4); y que Dios lo ha llamado para hacer justicia (Isaías 42, 6). 

El tema de la justicia es un tema siempre actual, porque no hay época dentro de la historia en el que la justicia se aplique en modo pleno y perfecto. De allí que Jesús enseñe en su predicación que son bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia (Mateo 5,6), es decir, serán bienaventurados los que no se conforman con una justicia meramente humana, que tienen hambre de una justicia más perfecta, la que viene de Dios. De lo contrario, conformándose solo con la justicia de este mundo, el creyente puede caer o en un concepto muy imperfecto de justicia o en una corrupción de la justicia y del derecho. 

Dentro de esta lógica evangélica San Pablo reflexiona diciendo que el que ama no se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad (1 Corintios 13, 6). Con ello afirma dos verdades que se olvidan mucho en el ámbito del derecho humano, que la justicia es fruto del amor y que se funda en la verdad. No hay justicia sin amor y sin verdad. La justicia sin amor es venganza, la justicia sin verdad es corrupción de la ley. Por lo tanto, solo la justicia que brota del amor y se funda en la verdad hace bien al prójimo.

Conviene apuntar, por ello, que este derecho o justicia plena solo puede venir de Dios. Por lo mismo, la justicia que trae el Mesías no es meramente humana, porque tal justicia es a veces limitada, imperfecta y, en el peor de los casos, más que justicia es injusticia contra el mismo ser humano. Basta recordar cuántas leyes se han promovido, se promueven y se intentan instaurar a través de un derecho humano que no tiene presente en muchos casos la verdad del ser humano, su vocación última y su alta dignidad. Por eso son leyes que terminan dañando y corrompiendo al ser humano.

La justicia que busca instaurar el Mesías es la que se configura a partir del mandato de Dios. En este sentido hay que entender la frase de Jesús a Juan: haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere (Mateo 3, 15). Lo que importa es cumplir el mandato de Dios, cumplir la profecía que indicaba que sobre el Mesías vendría el Espíritu de Dios para manifestar al elegido, hecho que ocurre inmediatamente después de que Juan bautiza a Jesús. De este modo, el bautismo de Jesús indica una clave teológica: lo que desarrolla y salva al ser humano es la obediencia al mandato de Dios, esto es lo que manifiesta que somos hijos del Padre. Por eso al ser Cristo bautizado en el Jordán se presenta como siervo obediente, el siervo de Dios que se ofrece al Padre por la salvación del mundo y como Hijo agradable al Padre porque cumple su voluntad. 

Esta verdad desbanca la interpretación de nuestros hermanos separados que afirman que Cristo se bautizó grande para indicar que el bautismo no era para niños sino para adultos. Cristo no se bautizó para indicar eso. Cristo se bautizó a esa edad para indicar que se inaugura el tiempo de la salvación y de la liberación de modo más concreto, por eso los cuatro evangelistas presentan después de esta escena del bautismo a Jesús en su vida pública. Además, el bautismo de Juan no es el mismo que el de Jesús. El mismo Juan Bautista dice en Mateo 3, 11: Yo los bautizo en el agua, y es el camino a la conversión. Pero después de mí viene uno con mucho más poder que yo –yo ni siquiera merezco llevarle las sandalias–, él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego. Y también dirá el mismo Juan de Jesús: Yo no lo conocía, pero Aquel que me envió a bautizar con agua, me dijo también: Verás al Espíritu bajar sobre aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él (Juan 1, 33). El bautismo de Juan es un llamado a la conversión, el bautismo de Jesús nos incorpora a su vida de gracia por medio del Espíritu Santo, como dice Romanos 6, 3-11. No tienen, pues, el mismo objetivo y, consecuentemente, no son el mismo tipo de bautismo. 

Los derechos de Dios y los derechos humanos 

Ahondando en el tema de la instauración de la justicia que trae el Mesías, conviene recordar una idea muy audaz de San Óscar Romero. El santo salvadoreño en más de una ocasión habló de que era imposible respetar los derechos de los seres humanos si no se respetaban los derechos de Dios. Para san Óscar Romero, dentro de los derechos de Dios destacan sus mandamientos, los cuales deben ser respetados para que el ser humano sea también respetado y no violentado. 

Por ello pide a los sacerdotes: «que sean sacerdotes que defienden los derechos de Dios en medio de los hombres que son imagen de Dios» (28-5-77). Que no se dejen embaucar por leyes o autoridades que mandan cosas contrarias al derecho de Dios: «La autoridad viene de Dios y por eso la obedecemos, pero mientras se mantenga en los ámbitos de la ley de Dios. Si un sacerdote, por un espíritu servil, proclama que toda autoridad viene de Dios y que es respetable indistintamente la autoridad, manipula esa frase» (26-6-77). 

Enseñaba también que muchas leyes promulgadas en la sociedad al ir contra los derechos de Dios y, concretamente, contra la ley de Dios van contra el ser humano, y que, por lo mismo, no pueden ser obedecidas como tales: «Cuando una autoridad atropella los derechos de Dios, los mandamientos de la ley de Dios, por ejemplo: no matar, no torturar, no hacer el mal, esa autoridad ha pasado sus ámbitos. Es entonces cuando Pedro, apóstol que aprendió la doctrina de Cristo, le dice a las autoridades de Jerusalén: no nos es lícito obedecer a los hombres antes que obedecer a Dios» (26-6-77). 

También con esa sabiduría que viene de lo alto afirmaba claramente que no hay oposición entre Derechos de Dios y derechos del hombre: «no hay por qué poner una dicotomía entre los derechos de Dios y los derechos del hombre, como si el que habla de los derechos de Dios se olvidara de los derechos del hombre o viceversa. Cuando hablamos de los derechos del hombre, estamos pensando en el hombre imagen de Dios, estamos defendiendo a Dios» (9-10-77). Esto es así porque los derechos de Dios son fundamento de los derechos del hombre. Ir contra los derechos de Dios, resumidos en su ley, es ir contra el hombre mismo; e ir contra el hombre, es ir contra Dios.

De esto se desprende que el verdadero creyente debe estar atento cuando desde la sociedad o desde grupos políticos se quieren instaurar leyes contrarias al derecho divino, pues a la larga, eso no desarrolla al ser humano, por mucho que estén amparadas por el Estado o por organismos internacionales. En el fondo, no prima el ser humano, sino intereses mezquinos de algunos seres humanos en contra de Dios y del mismo ser humano.

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