V Domingo del Tiempo Ordinario: El reto de ser sal y luz

Por Pbro. Enrique Barrera


El cristianismo, y concretamente el evangelio, contiene la doctrina más retadora de la historia. A medida nos adentramos en la profundidad de sus palabras, vamos advirtiendo que el evangelio procura hacernos seres inconformes en el buen sentido de la expresión, es decir, seres que no nos quedemos adormecidos en el estado actual de las cosas y de nuestra realidad. En esta lógica ha de entenderse la exhortación paulina a no caer en el cansancio de hacer el bien (2 Tesalonicenses 3, 13; Gálatas 6, 9), pues un creyente en Cristo no puede caer en la idea conformista de pensar que ya fue suficiente el bien que hizo. O la tremendamente retadora frase de Jesucristo: sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto (Mateo 5, 48), en donde el Maestro no pone límite en el camino de perfección y desarrollo de la personalidad, pues el santo ha llegado a ser tal porque no se ha conformado con el nivel de perfección que ha tenido en una determinada circunstancia o etapa, siempre busca mejorar, y esto mismo es lo que lo ayuda a vivir de mejor manera la gracia que viene de Dios. 

Ser sal, ser luz. Es el reto que nos plantea Jesús en el capítulo 5 de san Mateo. Con ello quiere indicar que la fe cristiana está llamada a incidir en el mundo y en la historia. Y en este sentido tengamos presente al menos dos enseñanzas claves. La primera es la que nos indica que la mejor manera de incidir no son las palabras, por elocuentes y eruditas que puedan ser, sino las obras. A esto se refiere san Pablo cuando afirma: cuando llegué a ustedes, hermanos, para anunciarles el misterio de Dios no me presenté con gran elocuencia y sabiduría, al contrario, decidí no saber otra cosa que de Jesucristo y éste Crucificado…mi mensaje y mi proclamación no se apoyaban en palabras sabias y persuasivas, sino en la demostración del poder del Espíritu (1 Corintios 2, 1-2.4-5). 

Los seres humanos tendemos casi de inmediato a dejarnos impresionar por las palabras elocuentes y aparentemente sabias, pero a la larga cuando hay ausencia de verdad en las palabras, éstas terminan perdiendo fuerza y sentido, dejan de ser sal y luz. Por eso san Pablo afirma que la fuerza viene de la presencia verdadera de Jesucristo y del poder del Espíritu, y como sabemos, ni Cristo ni el poder del Espíritu están siempre donde mejor se habla de la voluntad de Dios, sino donde mejor se vive la voluntad de Dios. He aquí un gran reto que encontramos los cristianos de hoy y de siempre: no basta solamente conocer intelectualmente a Jesucristo o hablar de él, es necesario también vivir los valores de su persona y doctrina. En otras palabras, el modo en cómo vamos a ser sal, que significaría la manera en que ayudaríamos a conservar lo bueno y a purificar lo malo de nuestro entorno y el modo en que vamos a ser luz, es decir, iluminadores de camino, es cuando nuestro actuar manifieste a Jesucristo y al poder de su Espíritu. 

El camino para lograr que nuestro actuar sea manifestación de Jesucristo está en el ejercicio activo de la justicia y de la caridad. A esto se refiere la profecía de Isaías cuando exhorta: comparte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo y no te despreocupes de tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora (Isaías 58, 7-8). La manera de ser luz para el otro es cuando no me despreocupo de su estado, cuando no soy indiferente a su necesidad y situación. Un cristianismo de capilla o de templo sin compromiso real para con los pobres es un cristianismo que, en lugar de ser luz, es engendrador de tinieblas; en lugar de ser sal, convierte sosos los ambientes, y, por lo mismo, colabora en que la realidad se degrade en espacios y tiempos de depresión y frustración. Ahora bien, el compromiso con los necesitados no ha de ser parte de un mero discurso sobre los pobres, sino acción concreta para ellos, solo así podrá ser verdaderamente luz. Es bajo esta perspectiva que el profeta Isaías expresa qué tipo de obras son las que nos hacen ser luz: si destierras de ti toda opresión, y señalar con el dedo, y la palabra maligna, si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del necesitado, surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía (Isaías 58, 9-10). 

La segunda enseñanza retadora que podemos destacar es la cuestión de que el cristiano está llamado a iluminar las realidades de este mundo. En un mundo que busca callar la fe cristiana y proscribirla como algo inútil, las palabras de Jesús nos incitan a que no caigamos en pensar también en lo mismo. Las palabras del Evangelio son una invitación a que no pensemos lo que quieren que pensemos, que somos raros o extraños por creer en lo que creemos. Por eso nuestra fe no ha de limitarse a ser sal y luz solo para nuestra propia persona, esto aparte de ser conformismo espiritual es egoísmo. Nuestra fe tampoco se ha de limitar a ser sal y luz para el ambiente de nuestra familia, incluso no se debe limitar a ser sal y luz para nuestra comunidad de creyentes o Iglesia, sino que ha de ser una sal y una luz con mayor alcance, dejemos que Jesús lo diga: ustedes son la sal de la tierra (Mateo 5, 13) Y también dice: ustedes son la luz del mundo (Mateo 5, 14). 

Explicando estos versículos del evangelio, san Juan Crisóstomo pone en boca de Jesús estas palabras: «vosotros no habéis de tener cuenta solamente con vuestra propia vida, sino con la de toda la tierra. A vosotros no os envío, como hice con los profetas, a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte, ni siquiera a una nación. No. Vuestra misión se extenderá a la tierra y el mar, sin más límites» (Homilía sobre san Mateo, 15,6). De modo que un cristianismo muy intimista, que buscara solo el bien del individuo sin mirar más allá de eso, sería un falso cristianismo. Por eso, si bien el primer paso es dejarse iluminar por Cristo hay que proceder luego a ser iluminadores en Él de los demás. 

Por otra parte, el ser sal de la tierra y luz del mundo, también indica que Jesús busca enseñar que nuestra incidencia no debe quedarse solo en los ámbitos estrictamente espirituales, eso sería caer es una espiritualidad cristiana desencarnada, incapaz de dar sentido y guía a las cosas de este mundo. Por eso es que Jesús dice que somos sal de la tierra, no del cielo, de lo espiritual; que somos luz del mundo, no somos luz de la patria celestial, no al menos mientras vivimos en esta historia. En esta historia, estamos llamados a ser sal y luz de las cosas de este mundo y de esta tierra. Teniendo presente esto se entienden mejor las palabras de san Óscar Arnulfo Romero, cuando enseñó: «la Iglesia no es extraña del mundo. Todo lo humano toca su corazón» (Homilía, 6-8-1977). Pues la fe cristiana no es una fuga mundi, sino un insertarse en las cosas de este mundo para darles la sal de la gracia de Dios y la luz de la verdad que procede de sus mandamientos.

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