VII Domingo del Tiempo Ordinario: Hechos para ser santos

 Por Pbro. Enrique Barrera
 

Llamados a la santidad. 

He aquí la tarea humana más importante. Desde cierta perspectiva no hay ningún trabajo, por grande que sea, que tenga comparación con el trabajo de santificación. No hay estudio, por noble que sea, que se parangone con el estudio interior que nos lleva a descubrir el camino de la santidad. No hay crecimiento ni desarrollo más importante que el desarrollo de la santidad. En el fondo, ante la santidad, todo lo demás es relativo, puesto que: ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? (Marcos 8, 36).

La liturgia de la palabra del séptimo domingo del tiempo ordinario, quiere recordarnos lo verdaderamente esencial en nuestra vida, pues a veces solemos olvidarlo con demasiada facilidad: estamos aquí para ser santos. Nada ni nadie debe alejarnos de alcanzar este gran objetivo, de lo contrario perderemos el rumbo en nuestra vida. Por eso el eje que atraviesa las diversas lecturas son una fuerte resonancia sobre el tema de la santidad.

El libro del Levítico transmite la petición de santidad de Dios a su pueblo. La santidad no es entendida como un privilegio sino como el fin normal de todo miembro del pueblo elegido: Di a toda la comunidad de los israelitas: sean santos, porque yo el Señor, su Dios, soy santo (Levítico 19, 2). San Pablo, por su parte, recuerda que nuestra dignidad no se basa ante los ojos de Dios por ser seres racionales, ni siquiera por ser imagen suya, sino por ser santuarios vivientes donde él quiere habitar: ¿No saben que son santuario de Dios y que el espíritu santo habita en ustedes?...el santuario de Dios, que son ustedes, es sagrado (1 Corintios 3, 17-18). Luego está la frase que el evangelista pone en boca de Jesús, la cual manifiesta que la lucha por la santidad debe ser sin tregua, pues la perfección a la que estamos llamados no tiene límites, debe ser como la del Padre: sean perfectos –dice Jesús- como es perfecto el Padre de ustedes que está en el cielo (Mateo 5, 48)

El concilio vaticano II hizo eco de esta verdad presente en la Sagrada Escritura y en las enseñanzas de la Iglesia a lo largo de la historia. El concilio enseñaba que «por estar provistos de medios tan abundantes y eficaces para santificarse, todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados, cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre» (Lumen Gentium n.11).

El lenguaje del concilio pone a consideración que la santidad es para todos y que es posible gracias a los medios tan abundantes que Cristo ha dejado en su Iglesia: su palabra, los sacramentos, los espacios de culto, el testimonio luminoso de los santos, las experiencias de tantas y tantos que han encontrado en Dios, no solo el sentido de sus vidas, sino la manera más audaz de evadir la mediocridad de la vida a través de la lucha por la santidad. A parte de eso están las infinitas gracias que a diario recibimos. Este domingo es una oportunidad para no olvidar para qué estamos aquí, estamos aquí para ser santos. A veces andamos centrados en tantas cosas, con tan poco silencio interior, tan presentes en mil y una cosa, pero tan ausentes de la verdaderamente importante: nuestra santificación.

Una actitud clave para la santidad 

La Sagrada Escritura nos presenta una actitud básica que hemos de promover en nuestro diario vivir si queremos trabajar por nuestra santidad. Esta actitud básica no tiene que ver con el amor abstracto, sino con el amor concreto hacia el prójimo. El cristiano no es cristiano por hablar del amor, sino por vivir en el amor; el cristiano no es tal por hablar de la bondad, de la justicia, de la paz, etc., lo es por vivir los valores del reino. Ser cristiano no tiene que ver tanto con un discurso sino con una vivencia. En este sentido es que el libro del Levítico añade a la petición de santidad, la petición de obras concretas de amor y justicia: no guardarás odio a tu hermano. Reprenderás abiertamente al prójimo y no cargarás con pecado por su causa. No serás vengativo ni guardarás rencor a tu propia gente. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19, 17-18).

El mundo se vuelve inhabitable muchas veces por falta de santos, por falta de cristianos que nos tomemos en serio esta responsabilidad. La santidad forja condiciones de habitabilidad en el mundo, por eso el papa Francisco nos recuerda que «en la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo» (Guadete et exsultate, n.33).

La actitud básica de la que hablamos tiene que ver con el amor, no obstante, no debemos olvidar con qué tipo de amor. Es con el amor de Dios. En este sentido, el evangelio se nos presenta, como siempre, muy retador. Las palabras del maestro son las siguientes: si uno te da una bofetada en tu mejilla derecha, ofrécele la otra. Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica déjale también el manto. Si uno te obliga a caminar mil pasos, haz con él dos mil. Da a quien te pide y no le des la espalda a quien te pide prestado. Ustedes han oído “Amaras a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores” (Mateo 5, 39-44). Con esto el Señor nos sugiere que no podemos tener una actitud mezquina al amar, hemos de buscar siempre dar más de lo justo. Esto es el amor. Por eso el amor es más noble que la justicia. La justicia da al otro lo que se merece, el amor da más de lo que el otro se merece. La justicia se queda en el nivel de lo básico, el amor trasciende al nivel de la perfección. Esa es la forma propia de la actuación de Dios, el que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mateo 5, 45). Aunque conviene decir, que nadie puede amar si ni siquiera es justo.

No son pocas las veces en las que solemos confundir el amor con nuestra mezquindad egoísta. Vamos poniendo límites al amor que estamos llamados a dar a nuestro prójimo y a Dios. Si hay un límite en el amor es el de la verdadera prudencia, pero la prudencia no impide amar, sino que te capacita para amar mejor y oportunamente. Por lo mismo, no hay límite que imponga cerco al amor. Los “cercos al amor” los inventamos nosotros cuando hablamos deslealmente de los demás, cuando juzgamos con desprecio a los otros en nombre de la denuncia del pecado, cuando nos excusamos en el pecado del otro para no hacerle el bien, para mirarlo de modo diferente, etc. ¡Cercos y más cercos! Cercamos al amor y lo hacemos habitar en el reducto de nuestros pensamientos interesados y mezquinos. Dios en su evangelio nos enseña algo muy diferente: ama siempre dando un plus, dando una cuota más. Pasa de lo que debes hacer a lo que puedes hacer de más por el otro y por tu entorno. Eso es lo que transforma. He aquí una actitud básica para trabajar la santidad en nuestras vidas.

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