III TERCER DOMINGO DE CUARESMA: SED EN TIEMPOS DE CRISIS


El pueblo sediento de ayuda divina

El libro del Éxodo narra la escena de un pueblo angustiado y desesperado. El motivo: piensan que morirán de sed en el desierto. De hecho, el lugar donde sucedió tal escena fue llamado Masá y Meribá, la razón de este nombre lo dice el mismo texto del Éxodo: porque los israelitas se habían quejado y habían tentado al Señor, preguntando: ¿está o no está el Señor con nosotros? (Éxodo 17, 7).

El pecado de tentar a Dios tiene que ver sobre todo con la desconfianza. El tentar a Dios consiste en poner en duda tanto su poder como su acción en nuestras vidas, sobre todo cuando las cosas parecen difíciles de afrontar. El pueblo de Israel protesta porque siente, en su angustia, que morirá en el desierto por falta de agua. El pueblo cree que el poder de Dios no le podrá dar agua en el desierto y por eso duda mucho que Dios pueda actuar ante su situación de vida o muerte. La expresión que narra esta extrema situación se resume en las preguntas que el pueblo hace a Moisés, el elegido de Dios: “Por qué nos has sacado de Egipto?, ¿para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado? (Éxodo 17, 3).

Aunque es comprensible la angustia del pueblo de Dios, también hay que decir que el pueblo comete el error del olvido. El pueblo elegido olvida que Dios lo ha liberado del yugo opresor de Egipto y que del mismo modo puede librarlo de su sed. Olvida que Dios no actúa cuando el ser humano cree oportuna su actuación, pero actúa. La historia del pueblo de Israel es nuestra historia. Ante ciertas situaciones límites, ante dificultades extremas o ante amenazas reales somos muchas veces presas de la histeria o del pánico paralizante que nos impide actuar prudentemente para mediar la acción de Dios en la historia. Ante esto, no debemos olvidar que Dios está más presente que nuestra angustia, aunque a veces pareciera que nuestra angustia y miedo enfermizo es lo que está más presente en nosotros. Somos presa de un temor sin esperanza porque se nos olvida quién es Dios, se nos olvida su poder. El olvido de la acción de Dios en nuestras vidas suele ser muchas veces fuente de increencia.

Si bien debemos hacer mucho para afrontar el mal que nos aqueja, pues no se trata de esperar que todo lo haga Dios, no debemos tampoco olvidar que Si el Señor no construye la casa en vano trabajan los albañiles; si el Señor no protege la ciudad, en vano vigila el centinela (Salmo 126, 1). Cualquier mal ha de ser enfrentado con la actitud de confianza en Dios. No bastan solamente nuestras estrategias, nuestra ciencia, nuestras habilidades, nuestros eruditos análisis. Sin la confianza en Dios y sin invocar su ayuda, lo que el ser humano pueda hacer a veces será insuficiente y cuando sea suficiente, no le ayudará al ser humano a captar el mensaje de Dios en la dificultad vivida, y se perderá en su vanidad y ego crecido por lo alcanzado.

A veces cometemos el error, típicamente humano, de pensar que lo bueno que logramos es fruto de nuestra sola inteligencia y voluntad; sin embargo, la realidad es otra. Todo lo bueno que podamos hacer, en cualquiera de nuestros ámbitos, es en último término participación en la bondad de Dios y permisión de su bondad, no es solo el fruto de nuestros esfuerzos y dedicaciones. Es lo que recordaba san Ambrosio de Milán hablando de Dios como fuente de todo bien: «Éste es el bien que todo lo penetra, y todos en él vivimos y de él dependemos; nada hay que esté por encima de él, porque es divino; sólo Dios es bueno, por tanto, todo lo que es bueno es divino y todo lo que es divino es bueno; por eso dice el salmo: Abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente; de la bondad divina, en efecto, nos vienen todos los bienes, sin mezcla de mal alguno» (Sobre la huida del mundo 7, 44).

El pueblo de Israel cae en la trampa de fijar la mirada más en lo que ellos hacen, que en lo que Dios ha hecho y puede hacer por ellos. Ellos han salido de Egipto, ellos han caminado por el desierto, ellos son los que sufren el hambre y la sed, ellos son los que analizan la realidad y ven la situación crítica en la que se encuentran. Ellos, ellos... Su mirada está muy reincidente en ellos. Y no es que esto sea malo, el problema es que se fijan demasiado en lo que ellos experimentan, en lo que pueden y no pueden hacer por ellos; y al final, lo que tienen como resultado de tal mirada es frustración, protesta, reniego, desesperación. Histeria colectiva.

He aquí, por tanto, la gran actitud antes de hacer lo que nos toca hacer, aprender a confiar en Dios, aprender a esperar contra toda esperanza en su poder y actuación. Dios puede sacar hasta de las piedras el agua viva que necesita su pueblo. El mensaje es claro, Dios puede sacar el agua, que simboliza la vida y evita la muerte, de donde no se puede esperar casi nada: de la roca inerte. El ser humano necesita tomar conciencia de esto: forma parte de un pueblo sediento de la ayuda de Dios. De allí que ha de buscar insertarse en la escuela de la confianza en su Padre, de lo contrario, retardará la acción de Dios.

El Dios sediento de colaboración humana

El relato de la samaritana en el evangelio de san Juan 4, 5-42 es toda una pedagogía de la fe. Tanto en la narración del libro del Éxodo como en el episodio del evangelista vemos un hecho coincidente: la petición del agua. En el primer caso es el ser humano quien pide agua a Dios, en el segundo caso es Dios quien pide agua al ser humano. En el libro del Éxodo contemplamos a un pueblo sediento de ayuda divina. En el texto del evangelio contemplamos a Dios sediento de la colaboración humana.

Es de un profundo contenido simbólico la expresión de Jesús a la samaritana: dame de beber (Juan 4, 7). Siguiendo el hilo conductor de nuestra meditación, podemos ver en estas palabras la petición de Dios a la humanidad. La samaritana simboliza a la humanidad a la cual Dios se dirige en Cristo con una petición: dame de beber. El Dios que no necesita de nada aparece en esta escena necesitando. Al ser humano le cuesta entender semejante humildad de Dios, un Dios que pide, un Dios que pide porque tiene sed. Desde una interpretación más espiritual del texto, podríamos decir que esto es lo que provoca la admiración de la samaritana. Por eso una relectura espiritual de San Juan 4, 9: ¡Cómo! ¿Tú, que eres judío me pides de beber a mí, que soy samaritana?” podría ser: "¡Cómo! ¿Tú, que eres Dios me pides que colabore con tu obra a mí, que soy naturaleza humana?" La respuesta es que sí, Dios pide al ser humano no solo confianza en él, también colaboración con su obra a partir de la confianza que podamos tener en él.

La sed del ser humano es una necesidad necesitada, la sed de Dios es una necesidad querida. El ser humano no necesita de Dios porque quiere, necesita de Dios porque él es su fundamento. Dios, por el contrario, ha querido necesitar; necesita porque quiere necesitar de la colaboración humana para hacer presente su obra. Dios ha querido necesitar del ser humano porque lo ama.

Dame de beber dice Jesucristo. Dios actuará, pero también pide al ser humano su colaboración. Dios pide al ser humano el “agua” de la fe, para que pueda luchar contra cualquier tipo de mal o peligro; Dios pide el “agua” de la prudencia, para que podamos tomar con su ayuda la mejor decisión y no decisiones que nacen de nuestra angustia y desesperación; Dios pide el “agua” de la solidaridad, para que en lugar de estar discutiendo entre nosotros, viendo lo que nos divide, luchemos juntos a partir de los que nos une y podamos así enfrentar mejor cualquier mal que nos amenace; Dios nos pide el “agua” del altruismo, para que en medio de la prueba no caigamos en el egoísmo, pues cuando sufrimos algo, solemos olvidarnos de los otros o de los que están peor que nosotros; Dios pide el “agua” de la oración, la que nos da la sabiduría interior y por la que invocamos la acción de Dios en nuestras vidas; Dios pide el “agua” de la paz, esa que no la puede dar el mundo y que procede de la unión que nuestra persona puede alcanzar con Dios.

Y es que todo tiempo de crisis es tiempo de verdad. Porque solo en la crisis nos damos cuenta de verdad como es nuestra fe, qué tan fuerte es nuestra confianza en Dios, cómo es nuestra solidaridad con los que sufren. Para el cristiano, el mal no se convierte en oportunidad para aparecer como bueno, como suelen buscar muchos hombres y mujeres del ámbito político y social de nuestros días, sino en oportunidad para manifestar realmente la bondad. El mal que podamos vivir es una oportunidad para ejercer nuestra caridad y nuestra confianza en Dios. No tengamos miedo al mal, tengamos miedo a no amar a quien sufre y a desconfiar en el Amor; tengamos miedo a no saber colaborar con Dios contra el mal que podamos vivir o que otros puedan vivir.

Y nunca olvidemos que en Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17, 28) y esto es lo que nos puede hacer decir con gran confianza: «Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí, y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo. Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre». (Beato Charles de Foucauld)

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