HOMILÍA VIGILIA PASCUAL 2020


Por Pbro, Enrique Barrera



1. La vigilia de las vigilias

En esta solemne vigilia celebramos la Pascua de Nuestro Señor. Pascua puede significar pasión o paso. En esta noche santa se remarca sobre todo la idea de paso, el paso de la muerte a la vida, el paso de la decepción a la esperanza, porque la gracia de Dios es más fuerte que el pecado del ser humano, su amor más fuerte que nuestro egoísmo, la solidaridad divina más fuerte que nuestro individualismo mezquino. En definitiva, el bien más poderoso que el mal. De allí que la celebración de la pascua de Resurrección sea la fiesta más importante de todo el año, la que da sentido a toda celebración y vida cristiana.

Por eso san Gregorio Nacianceno llegó a decir con gran alegría espiritual sobre esta fiesta: «Pascua del Señor, Pascua; lo digo por tercera vez en honor de la Trinidad; Pascua. Es, para nosotros, la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades, que es superior a todas las demás, no sólo a las fiestas humanas y terrenales, sino también a las fiestas del mismo Cristo que se celebran en su honor, igual que el sol supera a las estrellas»[1].

Por su parte, San Agustín llamará a esta vigilia: «madre de todas las santas vigilias»[2] y también: «la más sagrada y santa de las vigilias…, para que la piedad humana celebre en esta solemnidad anual lo que la misericordia divina realizó una sola vez y no permita que el olvido la destruya»[3].

Sin embargo, ante la situación en la que nos encontramos por causa de esta pandemia, es casi inevitable preguntarnos ¿De qué nos sirve celebrar la Pascua de la Resurrección en un momento como en el que nos encontramos?

Para responder a esta pregunta son insuficientes nuestra sola razón y sabiduría humana, es necesario acompañar humildemente nuestra razón y sabiduría con el mensaje que procede de Dios, pues como dice el salmista:  toda declaración del Señor es cierta y da al sencillo la sabiduría (salmo 18, 8). Por eso cada uno de nosotros, con las palabras de la Escritura, invoquemos a nuestro Dios diciéndole: Envíame tu luz y tu verdad: que ellas sean mi guía (salmo 42, 3). Que la luz y la verdad que proceden de Dios sean nuestra guía para poder captar la luz que procede de su Resurrección.

2.Resurrección, fuente de perdón 

Comencemos diciendo que celebrar la Resurrección del Señor nos sirve para recordar que el efecto que provoca el pecado nunca será más poderoso que el efecto que viene de la gracia misericordiosa de Dios. Si bien es cierto que el pecado se muestra a veces muy poderoso y el mal que se desprende de él parece tener una terrible fuerza devastadora. También es cierto que el efecto de la gracia, que brota de la Resurrección de Jesucristo, tiene un poder mayor. Uno de los efectos más terribles del pecado es la muerte, pues como enseña san Pablo, la paga del pecado es la muerte (Rm 6, 23) y la muerte más terrible no es la biológica sino la del espíritu. De allí que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñara: No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno (Mateo 10, 28).

El efecto de la gracia es tan grande que no solo evita nuestra muerte eterna, sino que nos otorga una nueva vida. En cierto modo, cuando Cristo resucitó no volvió a tener la vida que tenía, sino que alcanzó una vida renovada, capaz de atravesar paredes y comer con sus discípulos (Juan 20, 19; Lucas 24, 36-43), de aparecerse a ellos de un modo nuevo, por eso les costará reconocerlo resucitado (Lucas 24, 14.16). Esto es así porque resucitar no es volver a vivir la misma vida sino alcanzar una nueva vida (1 Corintios 15, 35-44). De algún modo, el pecado triunfó y sigue triunfando a veces sobre el ser humano, pero la gracia de Dios ha triunfado y está llamada a triunfar aún más sobre el pecado del ser humano. Porque donde abundó el pecado sobreabundo todavía más la gracia (Romanos 5, 20). Y he aquí la primera gran verdad en esta fiesta de la Resurrección: ¡Cristo ha resucitado para perdonarnos!

3. La Resurrección de Cristo pone límite al mal

Celebrar la Resurrección del Señor nos sirve también para que captemos el límite del mal y de nuestros sufrimientos. Jesús sufrió hasta lo indecible, pero tal sufrimiento tuvo un fin, porque tenía un límite. La resurrección de Cristo no nos libera de inmediato de nuestros males, pero sí nos recuerda que tienen fecha de caducidad. Los males no son eternos.

El ser humano no solo experimenta males espirituales, también es asediado por males corporales. Allí están las catástrofes accidentales que en ocasiones le dan vuelta a la vida que ordinariamente llevamos o las catástrofes naturales como son los terremotos, inundaciones, enfermedades. Enfermedades como esta pandemia en la que nos encontramos y que nos tiene a muchos encerrados, a otros, saliendo para realizar su trabajo ante el riesgo del contagio. Una pandemia que puede estar causándonos un cierto grado de temor, de cansancio, y que seguirá provocando probablemente más sufrimiento y dolor. Pero esta pandemia ya tiene una fecha límite, no es eterna. Eterno solo es Dios. Ella tiene trazado su fin y nosotros unidos a Dios podemos ayudar a que su fin esté más cerca. Y esta es una segunda verdad de esta gran solemnidad de la Resurrección del Señor: ¡Cristo ha resucitado para ponerle fin a nuestros males!

4. Resucitar es amar

Celebrar la Resurrección del Señor nos sirve, además, para entender que el camino para vencer la muerte y el sinsentido de la vida es el amor. La Resurrección de Jesucristo en este sentido se identifica con el amor. Resucitar es amar, porque amar es vivir. Grande fue que Cristo muriera por amor, por eso de sus labios salió aquella preciosa enseñanza: no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Juan 15, 13), pero igual o más grande es que Cristo resucitara por amor. El amor de Dios por el ser humano es tan fuerte y poderoso que ni siquiera la muerte pudo contenerlo, amarrarlo, dominarlo. De allí que, en el Antiguo Testamento, en el libro Cantar de los Cantares, se diga que es fuerte el amor como la muerte… ¿Quién apagará el amor? No lo podrán apagar las aguas embravecidas, vengan los torrentes, ¡no lo ahogarán! (Cantar de los Cantares 8, 6-7). Las aguas de los males no lo apagaran, las aguas del pecado no lo apagaran, las aguas del dolor no lo apagaran, las aguas de la desgracia no lo apagaran, las aguas de nuestros sufrimientos no lo apagaran, porque al final el amor vence todo, da sentido a todo lo que vivimos y sufrimos, porque el amor da vida. 

El mundo necesita aprender a amar para no crear estructuras de muerte, esta pandemia nos llama a realizar acciones concretas de amor para luchar contra la muerte, solo el amor engendra verdadera vida, vida con sentido. Por eso san Pablo aconseja: Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros (Efesios 5, 2). Y he aquí una tercera verdad que se desprende de la resurrección de Jesucristo: ¡Cristo ha resucitado para mostrarnos el poder del amor!

5. Resurrección y solidaridad

Celebrar la Resurrección del Señor nos sirve para entender que la solidaridad nos libra de la muerte y nos otorga vida. Cristo ha muerto y resucitado mostrando solidaridad por el ser humano. Ser solidario significa interesarme por el otro, prestar mi ayuda al otro, ser responsable con el otro. Hacer que mis acciones le sirvan a mi hermano y hermana. Esto es lo que hizo Dios Padre al entregarnos a su Hijo, Jesús murió por nosotros, para perdonarnos. Esta acción solidaria de Dios Padre, que ha entregado a su Hijo, es la que hace exclamar a san Pablo, con gran admiración: ¿Qué más podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Romanos 8, 31-32). Jesús también resucitó por nosotros. Dice 1 corintios 15, 21: Un hombre trajo la muerte, y un hombre también trae la resurrección de los muertos. Cristo es este hombre, él ha resucitado para que también nosotros resucitáramos por él.

Cada uno de nosotros, desde sus propias capacidades y medios, está invitado o invitada a manifestar la solidaridad con su prójimo. Cuando no somos solidarios como lo fue Cristo con nosotros, entonces es cuando nos hacemos daño, nos marginamos unos a otros, nos despreciamos, engendramos los distintos tipos de muerte: la muerte en nuestras relaciones de amistad, la muerte en nuestras relaciones familiares, la muerte que provoca la indiferencia, la muerte de la ayuda a los otros por estar muy centrados en nosotros mismos y en buscar salvaguardar solo nuestros intereses, etc.

Formar parte de una mentalidad de resurrección, y no de una mentalidad de muerte, es buscar qué puedo aportar para bien del otro. Durante esta situación de pandemia, podemos ser solidarios con los otros cuando hacemos cada uno nuestra parte: quedándonos en casa en la medida de lo posible, tomando las medidas higiénicas, ayudando a los más pobres de nuestro alrededor con acciones concretas no solo con nuestro discursos y análisis, valorando el trabajo de los trabajadores sanitarios, no viéndolos como seguros transmisores de virus solo por el hecho de ser quienes trabajan contra la enfermedad, agradeciendo a los que de un modo u otro trabajan para que no falte el alimento en nuestras casas, agradeciendo a aquellos que de un modo u otro buscan que se guarde el orden social en estos días, etc. Somos solidarios cuando somos parte de la solución y no agravadores del problema. ¡Cristo ha resucitado para enseñarnos que la solidaridad es fuente y protección de la vida!

6. Invitación final

Hoy hemos escuchado en la lectura del libro del Éxodo cómo Dios dirige su mensaje a su pueblo por medio de Moisés, diciéndole: ¿Por qué sigues clamando a mí? Diles a los Israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo para que los israelitas entren en el mar sin mojarse (Éxodo 14, 15). Son palabras que pueden actualizarse para nosotros. No es que el Señor pida que se deje de clamar su protección y misericordia, sino que el Señor nos sugiere también a nosotros ponernos en camino, hacer nuestra parte, eso significa ponernos en marcha para que esta cuarentena no se convierta en aislamiento, en egoísmo, en ocultamiento de nuestra fe.

Es el momento de manifestar nuestro ser cristiano con el que tenemos a la par, con nuestros seres queridos y vecinos, con nuestros compañeros de trabajo, con quienes nos encontramos en nuestros trabajos. Hoy en nombre del Dios que ha tenido poder para resucitar a Cristo desde su tumba, también Dios nos invita entrar en el mar de esta segunda fase de la pandemia con la fe puesta en el Dios que todo lo puede, sin mojarnos con el mar de la desesperación, sin mojarnos en ese mar de la indiferencia, sin mojarnos en ese mar del virus que nos acecha. Dios es más poderoso que la muerte, por lo mismo, más poderoso que cualquier virus. No lo olvidemos. Dios nos ayude a travesar el mar de esta pandemia. Que Cristo Resucitado haga resurgir nuestras vidas, nos dé una nueva vida, y que vivamos después de todo esto, de un nuevo modo nuestro ser cristiano.




[1] SAN GREGORIO NACIANCENO, Oración 45, 2
[2] SAN AGUSTÍN, Sermón 223 B
[3] Sermón 223 B, 1

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