Cuestión de impulsos

  
 Por P. Enrique Barrera

El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto (San Marcos 1, 12) 

Lo primero que Marcos pone de manifiesto es que Jesús es impulsado por el Espíritu de Dios: El Espíritu impulsó a Jesús (Marcos 1, 12). Queda claro que el actuar de Cristo no está fundado solo en los impulsos propios, sino en aquellos que, si bien son propios, están en consonancia con los del Espíritu de Dios. Con ello, Nuestro Señor Jesucristo, quería enseñarnos a todos los seres humanos cuáles son los impulsos que hemos de seguir y promover. Como seres humanos, hay en nosotros una gran cantidad de impulsos de muy variado tipo, muchos de ellos son muy nobles, pero también advertimos la maldad de otros, de allí la necesidad de siempre contrastarlos con aquellos que vienen de Dios. 

Muchas veces el pecado no está tanto en experimentar este o tal impulso, por perverso que sea, sino en seguirlo, en dejarnos llevar por él. Por la estructura que tiene nuestra voluntad humana, los impulsos son una realidad inevitable, pero lo que sí podemos evitar es que nos lleven a actuar siempre hacia nuestra propia destrucción, a dañar a los otros o al entorno en que vivimos. 

Que los impulsos pueden ser obedecidos o rechazados es algo palpable. No somos seres "programados" a un solo tipo de impulsos o solo a un determinado grupo de ellos, siempre estamos rechazando o aceptando una gran variedad de impulsos. El problema no es si podemos aceptar o rechazar impulsos, el problema es qué tipo de impulsos rechazamos y qué tipo aceptamos, porque allí comienza nuestra configuración personal y cristiana. En este sentido es un error psicológico y espiritual pensar que no podemos rechazar o aceptar nuestros impulsos. Más bien es lo que hacemos continuamente. 

También hay que evitar otro error más: pensar que todo impulso que rechazamos es por ser arduo y bueno, y que todo impulso que aceptamos es por ser fácil y malo. Ni todo impulso bueno es arduo, ni siempre todo impulso malo es fácil; sin embargo, vemos que nuestra tendencia es a seguir el impulso malo, incluso si cuesta. Baste recordar, a modo de ejemplo, cuántas renuncias, esperas y hasta sacrificios se hacen a veces para cometer algunos crímenes o para ejecutar planes que dañan a otros. Esto es notorio en los ámbitos de guerra o en los sistemas políticos totalitarios donde, lamentablemente, es algo muy común. Esto es porque nuestra naturaleza -no ha de olvidarse- está herida por el pecado original y nos dejamos llevar por impulsos malos, de allí la necesidad de aprender a discernir en nosotros cuáles impulsos vienen del Espíritu y cuáles de nosotros. 

El Espíritu impulsó a Jesús. Teniendo presente que nuestra naturaleza no siempre acierta con el bien y la verdad, los impulsos que nacen de nuestra naturaleza humana muchas veces no serán los más oportunos, por fuertes que sean e incluso si parecen muy “razonables”. Necesitamos llegar a conocer los impulsos que proceden del Espíritu, para ello se hace prudente no olvidar algunas claves que encontramos en la Sagrada Escritura, en la oración y en el consejo de los otros. 

Es de vital importancia que sopesemos si realmente estamos dejándonos llevar por los impulsos del Espíritu, que nos liberan y nos dejan en paz; o por el contrario, por los impulsos de nuestra naturaleza herida por el pecado, que nos convierten en esclavos de lo que decimos y hacemos y nos dejan intranquilos. Para ello puede servir hacer un examen sobre nuestras acciones y actitudes más recurrentes y sondear con profundidad quién las impulsa, si es el Espíritu de Dios o el “espíritu” del pecado original. 

Por último, no hemos de olvidar que «el Espíritu Santo nos pone en sintonía con el corazón de Dios, nos empuja a vivir de acuerdo con los valores del evangelio, y no según nuestros caprichos. ¿Cómo hace esto? De una forma que no imaginamos: ¡Impulsándonos a vivir como hijos de Dios y dándonos la libertad de los hijos de Dios! De esto hablan sobre todo las cartas a los Gálatas y a los Romanos. Estas cartas nos dicen que la persona conducida por el Espíritu no necesita normas externas, ni está sujeta a leyes que atan: a partir de Pentecostés disfruta de la libertad del Espíritu, que no es libertinaje, sino un nuevo modo de vivir al estilo de Jesús, una forma de orientar la vida, como Jesús, en el servicio a los demás. En esta nueva orientación de la vida tiene un fuerte peso el amor (Gal 5,14). Y es normal, porque si el Espíritu es el amor del Padre y del Hijo que se nos comunica, este Espíritu, que es amor, solo puede ofrecer amor y empujar a vivir desde el amor. En Gal 5,22-23 san Pablo dice que se nota cuándo en una persona está presente el Espíritu por su forma de vivir. Todos esos frutos pueden resumirse en el amor» (AA. VV, El impulso del Espíritu, Verbo Divino, 32-33). Dios nos ayude a dejarnos impulsar por su Espíritu.

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