Alegría pascual 

El evangelio de este día comienza con estas palabras: Transcurrido el sábado, María Magdalena, María (la madre de Santiago) y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús, Muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. (Marcos 16, 1-2).

Centremos por un momento nuestra atención en las primeras palabras, el evangelista señala un poderoso detalle: Transcurrido el sábado. Está situación es más que una condición de tiempo, indica ante todo el cambio que Cristo nos ha otorgado a todos los seres humanos. El Sábado Santo, entre otras cosas, es el símbolo de la experiencia de la muerte. El Sábado Santo contemplamos a Cristo muerto en su carne humana. El Sábado Santo manifiesta el poder de la muerte, y también del pecado, pues de algún modo parece someter al mismísimo Dios hecho ser humano. Pero ese sábado ha transcurrido, dice el evangelista; ese sábado ha pasado, ese sábado ha cesado, ese sábado ha sido atravesado por Cristo y ya no existe más para Cristo, porque Cristo, como les será anunciado a las valerosas mujeres que van al sepulcro, ¡ha resucitado! 

El anuncio de la Resurrección solo llega cuando ha transcurrido el sábado. El anuncio de la victoria que cambió el duelo de aquellas mujeres en estado de alegría espiritual y de anuncio de la Buena Nueva, ha llegado una vez ha pasado el sábado; es decir, una vez Cristo ha atravesado a la muerte. Aquél que fue atravesado por la muerte, también ha logrado atravesarla a ella y, finalmente, ¡la ha vencido! Por eso san Pablo ha afirmado con contundencia en la carta a los Romanos 6, 9-10, que hoy hemos escuchado: sabemos que Cristo –dice san Pablo-, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca morirá. La muerte ya no tiene dominio sobré él, porque al morir, murió al pecado de una vez para siempre; y al resucitar, vive ahora para Dios. Muchos han intentado y seguirán intentado callar esta verdad, pero nunca la lograrán eliminar. Porque la resurrección de Cristo no es una invención de la fantasía de unos locos religiosos, tampoco una idea descabellada de mentes poco formadas, menos una idea que forma parte del opio de los pueblos, o una manera de consolarnos mentalmente ante nuestra muerte, como muchas a lo largo de la historia la han llamado. La resurrección de Cristo no es una mera idea, es ante todo un don, una realidad, un hecho que manifiesta el amor de Dios. 

Por eso hoy nos alegramos, por eso hoy nos engalanamos con cantos, con flores y con los ánimos de la fe. Con los ánimos de la fe en Aquel que es vencedor de la muerte y del pecado. Con los ánimos de la fe en Aquel que es el vencedor de todo mal. La proclamación del aleluya que hemos vuelto cantar después de haberlo silenciado en toda la cuaresma y que hoy ha resonado de nuevo en el mundo entero, nos indica esta realidad. Es la Iglesia que alaba a su Dios, es la Iglesia peregrinante que une su voz a la voz de la Iglesia triunfante, alabando a Dios por la gloriosa resurrección del Señor, que es también prenda de nuestra propia resurrección. 

San Agustín por eso decía: «Ved qué alegría, hermanos míos; alegría por vuestra asistencia, alegría de cantar salmos e himnos, alegría de recordar la pasión y resurrección de Cristo,…Si estos días nos producen tan grande alegría, ¿qué sucederá aquel en que se nos diga: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino; cuando todos los santos se encuentren reunidos, cuando se encuentren allí quienes no se conocían de antes, se reconozcan quienes se conocían; allí donde la compañía será tal que nunca se perderá un amigo ni se temerá un enemigo? Henos, pues, proclamando el Aleluya; es cosa buena y alegre, llena de gozo, de placer y de suavidad» (San Agustín, Sermón, 229 B, 1-2). 

Y san Óscar Romero exultante de gozo afirmaba: «Esta es una noche de triunfo, una noche de victoria. Pero no una victoria que deja aplastados en el odio, en la sangre, a los enemigos. Las victorias que se amasan con sangre son odiosas; las victorias que se logran a fuerza bruta, son animales; la victoria que triunfa es la de la fe, la victoria de Cristo que no vino a ser servido sino a servir. Y el triunfo de su amor es este triunfo pacífico, el triunfo de la muerte no fue definitivo, es el triunfo de la vida sobre la muerte, el triunfo de la paz, el triunfo de la alegría, el triunfo de los aleluyas, el triunfo de la resurrección del Señor». (San Oscar Romero, Homilía, 25-marzo-78) 

Hoy pues nos alegramos, es la alegría que brota del Resucitado, la alegría pascual. Esta alegría no es tanto por lo que nos ha pasado o nos está pasando o por lo que nos pueda pasar, sino por lo que Jesús hizo, está obrando y hará en nosotros desde las gracias que nos ha ganado con su Resurrección, puesto que incluso el mal más grande, no ha tenido dominio total sobre él. Cristo resucitado nos está diciendo que todo mal pasa, que todo mal es vencido, que el mal no es definitivo para quien es obediente al plan del Padre Eterno. La luz del Resucitado lanza una luz inmensa a todas nuestras oscuridades, por tenebrosas que sean. Que la Resurrección de Cristo ilumina nuestras oscuridades significa que las puede cambiar; significa que, si bien muchas veces no las elimina, pues a Cristo no le elimino el sufrir ni el morir, sí nos ayuda a atravesarlas como le ayudo a Cristo a atravesar todo tipo de suplicio. 

Una alegría que compromete y dignifica 

Advertimos, pues, hermanas y hermanos que la alegría pascual no es mero sentimiento o estado de ánimo de nuestras almas. Si fuera así no sería una alegría profunda y no nos ayudaría a cambiar nada en nosotros ni en los otros. La alegría pascual brota de la fe en el Resucitado. Por eso también compromete la vida. El encuentro con la verdad que afirma que Cristo está vivo nos hace comprometernos. 

Es lo que de algún modo ocurre con aquellas singulares mujeres que van al sepulcro: el joven que se les aparece les indica: “ahora vayan a decirles a sus discípulos y a Pedro: “El (Cristo) irá delante de ustedes a Galilea. Allá lo verán, como él les dijo” (Marcos 16, 7) Inmediatamente de recibir la buena nueva de la resurrección y, sobre todo, de aceptarla en su interior, las mujeres reciben ya el primer encargo: ser apóstoles de la resurrección de Cristo ante los mismos apóstoles. La enseñanza es tan grande: las mujeres se convierten en las elegidas para anunciar en primicia la noticia más importante de la historia humana: que Cristo ha resucitado. 

Las mujeres del relato de la resurrección, aun cuando no son elegidas como apóstoles, tienen en primer momento la autoridad de anunciar la verdad de la Resurrección. Ellas son las que anunciaran e indicaran, ellas son las que enseñaran a los que luego también enseñarán a los demás. Ellas, sin ser autoridad eclesiástica, es decir, no son apóstoles ni elegidas como sacerdotes, pero serán las que les enseñarán a los apóstoles su experiencia con el Resucitado. La resurrección de Cristo, pues, rompe los esquemas, pero no para empeorarlos sino para mejorarlos. Las ideologías de los seres humanos suelen también romper esquemas, pero los rompen para empeorarlos y dejar, tanto a la mujer como al hombre, peor en muchos aspectos. Algunas veces parece que logran mejorar al ser humano en algo, pero al precio de perder otras realidades superiores y más nobles para la vida de cada mujer y hombre. 

La Resurrección de Cristo nos compromete a mujeres y a hombres, pero al comprometer nuestras vidas nos hace dignos de su confianza, valiosos en su plan, claves dentro de su obra redentora. Nadie como Jesús nos pide compromiso, pero nadie como él también nos ha dignificado como hombres y como mujeres. 

El Cirio Pascual como símbolo del compromiso sacrificado 

El compromiso de aquél que ha creído en la resurrección de Jesús tiene varias figuras en la Sagrada Escritura y se simboliza de muchas maneras en la liturgia de la Iglesia. Hoy, en esta noche santa, hay un símbolo muy elocuente: El cirio Pascual. 

El cirio pascual simboliza a Cristo resucitado, que irradia su luz de perdón, de gracia, de sentido a todos los seres humanos de todas las épocas. El cirio pascual es símbolo de Cristo que ha resucitado. Pero también es un símbolo humilde y hermoso que nos indica que Cristo es aquel que ilumina nuestras vidas. La luz de este cirio pascual nos ha iluminado ante la oscuridad de esta noche. De similar manera, Cristo ilumina con su palabra y vida las noches de cada hombre y mujer, de cada familia, de cada sociedad. Solo con su luz podemos seguir caminando sobre las noches de nuestra vida: la noche de la enfermedad, la noche de la división, la noche del olvido, las noches que causan nuestras guerras, pleitos, la noche de la injusticia, la noche de la muerte, la noche de la indiferencia, en fin, de todas las noches que sufre el ser humano. Jesús lo dijo de esta manera: Yo soy la luz del mundo, el que me siga, jamás caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8, 12). Cristo es el verdadero cirio espiritual que ilumina nuestras noches. 

Pero fijémonos aún en otro detalle. Este cirio pascual representa también a Cristo que ilumina a los seres humanos a partir de su sacrificio. Si nos fijamos en el cirio pascual, vemos que el cirio nos ilumina en la medida se derrite; el cirio pascual da su luz en la medida se desgasta. Con este elemento, la liturgia de nuestra madre la Iglesia quiso representar que Cristo nos ilumina desgastándose por nosotros. Este es su compromiso. Nosotros estamos llamados realizar lo mismo, pues él dijo en san Mateo 5, 13.16: ustedes son la luz del mundo… debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo. Ser luz para Cristo es hacer buenas obras. 

Pero todos sabemos que hacer el bien no siempre es fácil, porque comprometernos con el bien es comprometernos con la verdad y el amor; y tanto la verdad como el amor exigen sacrificio. Como nosotros ya sabemos Cristo murió por amor, y también murió por la verdad. Con esto queda en evidencia que ser luz no es tarea fácil, y más aún en nuestra época en donde no se entiende qué es amor, pues al amor se le confunde con el sentimiento, con la emoción, con el placer, con pasarla bien. Muy pocas veces con el compromiso, con la lucha. La verdad también está en crisis, por una parte, porque se niega su existencia, muchos dicen que no hay verdades absolutas; dicen que solo hay opiniones, que todo es relativo, que todas las opiniones valen igual, pues todos somos iguales. Por otra, pareciera que nos encanta vivir más en la mentira y de la mentira, quizá sea por el miedo a la verdad, por lo que la verdad nos exige. En las redes sociales, en los medios de comunicación y en nuestros ambientes hay diversas formas de mentiras: la que se dice, la se vive. Pero la mentira o las meras opiniones no construyen, a la larga destruyen, hacen tanto daño; el falso amor no construye, también destruye y daña tremendamente. Por eso en esta noche santa se nos invita a todos a hacer una opción por iluminar, como Cristo lo hizo: a través de la entrega sacrificada en el amor y en la verdad. Solo así nos convertimos en agentes de la resurrección de Cristo. 

Ya san Oscar Romero hablaba algo de esto cuando decía: «Este trabajo de la Iglesia supone luchas sangrientas, conflictos dolorosos; pero son parte de la Pascua de Cristo, una Pascua que no estará cumplida plenamente sino hasta que Cristo vuelva …este cirio es la figura de Cristo, es la Iglesia que ilumina la noche con la luz de Cristo». (San Oscar Romero, Homilía, 25-marzo-78).

 Que esta luz radiante nos anime, impulse y nos haga conscientes de nuestra vocación a convertirnos, como las mujeres del evangelio, en apóstoles de la resurrección de Cristo. Él vive y nos acompaña en esta tarea.

Post a Comment

Bienvenido o Bienvenida a Gaudiumlux.Tus comentarios nos enriquecen.Déjanos aquí tu opinión. Gracias