Homilía de Nochebuena



Nace la Luz que disipa nuestras tinieblas 

San Pablo escribe en la carta a Tito 2, 11: La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres. Hoy celebramos parte de esta gran verdad: la Navidad es la manifestación de la gracia de Dios, manifestación de salvación para nuestras vidas. Es la razón principal de nuestra alegría en esta noche, es el motivo principal de nuestra celebración en este día de la Navidad. O al menos, debería serlo. 

Esta manifestación de salvación de Dios para los seres humanos siempre será necesaria, pues, aunque el ser humano reniegue, olvide, desprecie o niegue a Dios en su vida, la salvación que procede de Dios es la única que realmente salva, todas las demás salvaciones humanas siempre serán, aun cuando sean muy importantes, incompletas y limitadas. A esta necesidad de salvación que viene de Dios en parte se refiere la profecía de Isaías, cuando nos afirma con solemnes palabras: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció (Isaías 9, 1). Nuestra condición humana, mientras camina por este mundo, siempre estará necesitada de la manifestación salvífica de Dios, porque siempre caminará sobre ciertas sombras y tinieblas. 

Isaías remarca estas dos expresiones: El pueblo que caminaba en tinieblas, y también: sobre los que vivían en tierra de sombras. Para indicar que todos tenemos nuestras propias sombras y tinieblas. Nosotros somos ese pueblo del que habla la profecía, nosotros somos los que vivimos en esta tierra de sombras, ya que estas sombras y tinieblas pueden simbolizar algunas de las situaciones que estamos pasando, lo que estamos sufriendo, aquello que aún no acabamos de solucionar en nuestra vida, en nuestra condición de hija, de hijo, de padre, de madre, de esposo, de esposa, de profesional, etc. En definitiva, las sombras y tinieblas simbolizan aquello que nos quita la paz. 

Caminamos, sí, pero a través de nuestras propias sombras que a veces son personales, o tras veces familiares, y otras tantas de índole social o laboral. Estas sombras que necesitan luz pueden estar concretizándose en la vida de cada uno de nosotros de diverso modo. Eso que ensombrece mi caminar por este mundo puede ser una enfermedad padecida, un diagnóstico inesperado, un conflicto de pareja, una injusticia recibida, una inseguridad personal de la que no logro escapar, ese pecado recurrente en mi vida, o la duda de fe que me tortura, los posibles problemas de mi trabajo, la maltrecha economía familiar, las heridas interiores no sanadas, la incontrolable e incomprensible conducta del hijo o de la hija, la falta de apoyo y comprensión de los que considero cercanos, etc.

O en un plano más social, son también tantas las sombras por las que caminamos: el olvido y rechazo sistemático de Dios en las sociedades de hoy, la pérdida de las virtudes y valores morales en todos los niveles y ámbitos de las instituciones, incluso dentro de la Iglesia; la galopante y macabra danza de injusticias, muertes, marginaciones y abusos de todo tipo realizados en el día a día, la idolatría del sexo sin amor, la idolatría del dinero obtenido a cualquier precio, el terrible dominio de la mentira e hipocresía en las personas, instituciones, medios de comunicación y en ciertas autoridades, civiles o eclesiásticas; en fin, la corrupción de todo tipo y todo ámbito. Y así un largo etcétera de situaciones vividas y padecidas que llenan de tinieblas nuestro caminar por este mundo, de ahí la expresión profética de Isaías: El pueblo que caminaba en tinieblas. 

Pero la frase no termina allí, Isaías añade a la expresión El pueblo que caminaba en tinieblas una expresión llena de esperanza: vio una gran luz. Ese mismo pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Caminaba solo en tinieblas, pero desde la Navidad, ya no más. Las sombras no son lo único que camina con nosotros, también camina junto a nosotros una gran luz. Quizá este sea uno de los más grandes mensajes en la Nochebuena, en la Navidad: Que en medio de tantas sombras siempre hay una gran luz. Por grande y fuerte que sea la tiniebla, hay siempre una luz capaz de iluminarla. Y eso es lo que celebramos hoy: el nacimiento de esa luz que es Cristo, que ha nacido para indicarnos que siempre nace para nosotros la capacidad para afrontar todas nuestras sombras, hay una luz que nace y resplandece. Por eso el profeta Isaías dice también: sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció (Isaías 9,1). Por más grandes que sean o se hagan nuestras sombras esta Luz jamás dejará de resplandecer. Desde que Jesús nació en Belén, esta Luz, que es Cristo mismo, y que da sentido a todo, estará siempre. 

Es algo que ya nos recordaba san Oscar Romero: «Todas las noches de Navidad, aunque ya hayan pasado veinte siglos, el ángel sigue sintiéndolo como la gran noticia: "Os anuncio una gran nueva”. ¡El mundo se renueva por este germen que se ha injertado en la historia! Como quisiera, queridos hermanos cristianos, que asimiláramos esa noticia y la hiciéramos nosotros vivencia, testimonio, confianza, seguridad. Y que, a nuestro alrededor en vez de inspirar pesimismo, tristeza, psicosis, miedo, inspiráramos más bien la confianza del ángel: ¡Anuncio una gran noticia! Aunque vengan todas las catástrofes, hay renovación. Dios ha venido y el Espíritu de Dios hace nuevas todas las cosas» (Homilía, 24-12-79). 

Talvez no sepamos captar en un primer momento la claridad de esta luz, quizá tengamos que discernirla mejor, pero no hemos de olvidar esta gran verdad: siempre hay luz para nuestras tinieblas, por horrorosas que estas sean. El verdadero cristiano no debe caer en un optimismo ingenuo e irreal, en donde se piensa que todo irá iban, pero tampoco debe caer prisionero de un pesimismo humano que solo ve sombras y tinieblas, catástrofes y males por doquier. El cristiano sabe aguardar y esperar y no solo aguantar sus momentos y realidades de sombras, porque sabe que hay una luz que lo puede iluminar y transformar todo. Absolutamente todo. Y hoy, en la celebración de la Navidad, nuestra madre la Iglesia nos recuerda esto. 

El que hoy nace, y no hay que olvidarlo, será el mismo que morirá por cada uno de nosotros en la Cruz del Calvario, venciendo los poderes más nefastos, el de la muerte y el pecado. Por eso Isaías también exhorta: un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo del imperio (Isaías 9, 5). San Justino mártir reflexionaba esta profecía diciendo: «estas palabras aluden a la virtud de la cruz, que puso sobre sus hombros al ser crucificado» (Apología 1, 35, 2). De modo que este niño que hoy nace hoy es el mismo que ya nos ha liberado de los dos peores flagelos y tinieblas: el pecado y la muerte. Pecado y muerte han sido vencidos y lo mismo cualquier otra sombra que estemos atravesando, han sido vencidas desde que el niño Dios ha nacido, solo es cuestión de tiempo para que pasen totalmente. 

Jesús que nace es la ternura que salva al mundo 

San Lucas transmite el anuncio principal de esta Nochebuena, cuando nos comparte el anuncio del ángel a los pastores: No teman, -les dice el ángel- pues les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. (Lucas 2, 10-11)

En primer lugar, hay que decir que es algo muy grande lo que ha sucedido. Desde la fe, todos tenemos motivo para alegrarnos en esta noche. Este niño recién nacido que contemplamos no es solo de María y José. Nos ha nacido a todos. No es solo de unos privilegiados. Es para toda la gente. No olvidemos lo que nos decía también la Carta de Tito: La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres (Tito 2, 11). 

De allí que el ángel también les diga a los pastores, les ha nacido hoy a ustedes en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lucas 2, 11). Y he aquí otra clave importante, la invitación a no tener miedo, es porque ha nacido el Salvador. La paz que echa fuera el temor y la intranquilidad que traen nuestras sombras, son echadas fuera por un niño, un niño recién nacido. Esto es así porque la paz verdadera viene por el camino de la ternura. Quizá esta fiesta sea la más sentida socialmente hablando, porque lo que salva al mundo es la ternura. No son en primer lugar las grandes ideas, los depurados conocimientos intelectuales, ni la ostentación del dinero y de los bienes, tampoco el poder de este mundo ni el prestigio ante los hombres lo que salva al mundo, todo eso sin ternura es puro vanidad y dañoso, porque la ternura es otra manifestación del amor verdadero. 

La ternura se confunde en ocasiones con niñería; otras veces se la confunde con una blandura de la voluntad, incapaz de forjar algo; y otras tantas, con el sentimentalismo dulzón. Pero eso no es la verdadera ternura, al menos no la que contemplamos hoy en Navidad, en donde destaca la ternura del niño Dios, que nace por voluntad salvífica del amor del Padre Eterno; la ternura de su Madre, la Virgen María, que lo envuelve en pañales y permanece fiel; la ternura de san José, que no deja solos ni a María ni a Jesús porque sabe acompañar y servir. En el pesebre de Belén contemplamos la ternura de Dios que nada tiene que ver con la niñería caprichosa, con la blandura incapaz de compromiso, mucho menos con el sentimentalismo inoperante. Esto es así porque la ternura de Dios es la expresión más serena, bella y firme del amor. 

La ternura salvífica del niño Dios es la gran lección para nosotros en la Navidad. El mundo comienza a salvarse a través de la ternura del niño Dios. Por eso la gran señal para distinguir al Salvador del mundo es en primer lugar contemplarlo hoy como niño en un humilde pesebre: Esto les servirá de señal: –dice el ángel a los pastores- encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Lucas 2, 12). La salvación no inicia con la ostentación de un ejército militar poderoso, tampoco en la fanfarronería del lujo de los que tiene mucho dinero, mucho menos en la altanería miope de algunos que se consideran grandes intelectuales, tampoco en la pretensión moralista de creernos mejores que los demás. La salvación inicia en un pesebre y con un niño que no puede ni siquiera hablar ni valerse por sí mismo. 

Esto así porque cuando entendemos que la ternura no es blanda, sino fuerte, firme y audaz. Creativa y transformadora de la realidad. La verdadera ternura siempre promueve, impulsa, sostiene, salva. Es lo que hace hecho Dios haciéndose niño. La fuerza, firmeza y audacia del amor de Dios se nos manifiesta hoy en el niño nacido en Belén. El texto de san Lucas recuerda un detalle referente a lo que hace María con el niño después de que nació. Dice san Lucas: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada. (Lucas 2,7). Gesto, que está demás decir, es tierno en sumo grado, pero que deja una enseñanza impresionante. Jesús que está en el pesebre porque no hubo espacio en la posada, no solo indica el hecho de que Jesús se identifica con una clase social pobre o con los marginados de este mundo, eso, aunque es profundo, sería todavía insuficiente y vendría a ser una interpretación y visión más sociológica que espiritual y teológica. Dios yace en un pesebre como niño, para indicar que la salvación es para todos porque en último término, todos somos pobres y necesitamos de salvación a través de la ternura. Es algo que ya san Jerónimo en su obra titulada Sobre la Natividad del Señor, de algún modo afirmaba, cuando decía: «No halló morada alguna en el Sancta Sanctorum que refulgía de oro, piedras preciosas, sedas y plata; no nace entre oro y las riquezas, sino entre el estiércol, es decir, en un establo (pues en todo establo hay estiércol), donde se hallaban nuestros vicios más inmundos. Entre el estiércol nace para levantar a quienes en el estiércol se encontraban. Según aquello de la Escritura, alza del estiércol o basura al pobre (salmo 113, 7)» (Sobre la Natividad del Señor). 

Y alguien podría decir, “no, yo no tengo estiércol, por qué dice eso padre, estiércol tienen los grandes corruptos, los que pudiendo hacer el bien no lo hacen, los criminales y asesinos”. Pues sí, esto también es verdad, pero lo que pasa es que el pecado y el estiércol interior del que habla san Jerónimo está en todos, en unos de un modo en otros de otro, en unos más visible, en otros menos visible, en unos es evidente y en otros se reviste con los ropajes de la aparente caridad, justicia o santidad. Por eso san Pablo en Romanos 3, 23, dice: todos pecaron y están destituidos de la gracia. La putrefacción más asquerosa es la del corazón, pero está no siempre se nota, porque las exigencias de generosidad, del perdón, de la paciencia, de la humildad, de la obediencia no las tenemos todo el tiempo, pero cuando tocan a nuestra vida ahí vemos cuán putrefacto esta nuestro corazón, cuán herido y dañado está nuestro interior, cuán limitado es nuestro amor, nuestra capacidad de perdón, cuán pobre es nuestra capacidad de ayuda. Porque cuando tenemos una exigencia de perdón ante alguien que nos ofendió gravemente ¡vemos cuánto nos cuesta perdonarlo!, cuando tenemos una exigencia de paciencia ante un problema o enfermedad ¡vemos cuánto nos cuesta mantener la paciencia!; porque cuando tenemos un gran éxito o un gran fallo y necesitamos humildad ¡vemos cuánta humildad nos falta para aceptar adecuadamente cada situación! Y todo esto manifiesta la pobreza del corazón. De allí que la frase de san Jerónimo sea tan verdadera: «Entre el estiércol nace para levantar a quienes en el estiércol se encontraban». Porque la ternura del niño transforma. 

En esta Navidad. Dios nos hace por eso una invitación a la ternura, recordando que es la auténtica ternura la que inicia la salvación. Es más, entre nosotros los seres humanos la ternura hace fuerte el amor y enciende la chispa de la alegría en la adversidad. Gracias a ella, toda relación deviene más profunda y duradera porque su expresión no es más que un síntoma del deseo de que el otro esté bien. 

La ternura encuentra también un espacio para desarrollar su extraordinario valor en los momentos difíciles. Expresar el afecto, saber escuchar, hacerse cargo de los problemas del otro, comprender, acariciar, cultivar el detalle, acompañar, estar física y anímicamente en el momento adecuado, son actos de entrega cargados de significado. Y es que en el amor no hay nada pequeño. Esperar las grandes ocasiones para expresar la ternura nos lleva a perder las mejores oportunidades que nos brinda lo cotidiano para hacer saber al ser amado cuán importante es para nosotros su existencia, su presencia, su compañía. La ternura implica, por tanto, confianza y seguridad en uno mismo. Sin ella no hay entrega. Y lo más paradójico es que su expresión no es ostentosa, ya que se manifiesta en pequeños detalles: la escucha atenta, el gesto amable, la demostración de interés por el otro, sin contrapartidas. Es el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura, las relaciones afectivas crean las raíces del vínculo, del respeto, de la consideración y del verdadero amor.

Que el niño Dios nos ayude a iniciar nuestra salvación a través del camino de la ternura. ¡¡¡Feliz Navidad!!!

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